Todos tenemos nuestra historia de los cuentos.

En mi modesto caso particular, si he ensayado en mi vida la tarea de narrar, o de contar por escrito, es porque hubo en mi infancia extraordinarios narradores orales que me hicieron creer que la vida era infinita, y que todo era posible.

Uno de esos narradores fue mi madre, que me contó el cuento de Genoveva de Brabante, gracias al cual le tomé un enorme afecto a las vacas, a las cabras, a todos los animales que dan cobijo y alimento, y que salvaron a Genoveva de Brabante, mi heroína de entonces.

Mi madre debió escuchar ese cuento en las habitaciones viejas de su casa, en medio de las plataneras del Puerto de la Cruz, a principios del siglo veinte, cuando en esa zona de la isla era aún el siglo XIX, o antes.

Pero ella me dijo que a su alrededor siempre estaban contando historias, haciendo cuentos y recuentos, y que todo lo que sabía lo había aprendido en esas tardes larguísimas en las que no se movían ni las hojas de los árboles.

La otra fuente de mi aprendizaje de los cuentos era un hombre que había en la platanera que estaba al otro lado del barranco, enfrente de mi casa, en el barrio de La Asomada, también en el Puerto de la Cruz.

Un amigo del Instituto suele decir que lo que él considera que es mi vida literaria (si la tengo, que no estoy muy seguro) se reduce, en gran parte, a lo que sucedió en el patio de mi casa. No es exactamente así. Fue en realidad en esa platanera donde se conjugaron los cuentos aprendidos por mi madre con los cuentos inventados por aquel hombre fantástico que se llamaba Antonio.

Él se sentaba a mi lado, en la atarjea, miraba a lo lejos, golpeaba la yerba con una caña, y empezaba a contar. A veces explicaba cómo se podían aparear los camellos con los tractores, hasta dar de sí animales extraordinarios que sólo nosotros podíamos imaginar en aquel preciso instante.

Antonio me contaba vuelos imposibles que yo me creía siempre aunque los elementos voladores fueran de la contundencia de los elefantes enrazados (él lo decía así) con los gusanos de seda que él mismo guardaba en algún lugar de su casa.

Habité en medio de esas fantasías, hasta que a mi casa llegó el primer libro de cuentos, que era un libro de cuentos para niños que nos envió un tío desde Venezuela. El cuento se titulaba Gustavito tenía un centavito, que entonces era un título muy apropiado, pues el dinero, el que había, el que nos hacía resistir a los que vivíamos en los alrededores del barranco, venía mayormente de Venezuela.

Algún tiempo después vino el segundo libro que hubo en mi casa, una historia de fotos (y textos) sobre una niña sueca que vivió junto a nuestra casa y que se llamaba (y se llama) Tamara. En el cuento, que había escrito su madre, Anna de Laval, la niña se llamaba Trulsa, y el título es lo primero que aprendí en una lengua extranjera, Trulsa ös mormor, que significa Trulsa en casa de la abuela, si no estoy equivocado?

Todo eso pasó por mi cabeza cuando Ernesto Rodríguez Abad y Cayetano Cordovés llevaron el otro día su admirable colección de cuentos al Espacio Canarias en Madrid. Editan desde Los Silos, en Tenerife, en el silencio mayor de la isla, donde Ernesto puso en marcha hace años su extraordinaria contribución a la divulgación del cuento oral (y escrito), y han dado a la luz una colección magnífica, verdaderamente emocionante por su calidad, que titulan Diego Pun. El nombre, inolvidable, hace honor a un personaje enloquecido y seguramente genial que descubrió en Los Silos el viejo, y entonces perseguido, Viera y Clavijo.

Los primeros volúmenes, al menos los que presentaron en el Espacio Canarias, son ¿Qué cabe en un libro?, de Ilan Brenman (narrador) y Fernando Vilela (ilustrador) y El elefante y la margarita, de Emilio Lome (narrador) y del ilustrador Luis Vicente. Pensé, mientras los presentaron, en la larga tradición surrealista de Canarias, en los cuentos de Rafael Arozarena, en los poemas de Pilar Lojendio (la madre de María Teresa Mariz, por cierto), en las metáforas de Pedro García Cabrera, en algunas de las incursiones de Pedro Lezcano, en poemas de Arturo Maccanti, en la sencillez con la que la poesía se mezcla con la imaginación de los niños (de lo que imaginan los niños) y me di cuenta de que aquel narrador oral que era el Antonio de mi niñez era en definitiva un poeta que me regalaba metáforas como las que ahora regalan Ernesto y Cayetano a través de su editorial de nombre tan hermoso como evocador, Diego Pun?

Háganse con los libros si quieren contarse historias que les lleven a lo más hondo de la vida, que es lo que no se puede decir sino cuando uno es (o se siente) niño.