Todos los relojes de la casa permanecen detenidos en la misma hora, tal y como los dejó José Saramago. Marcan eternamente el momento preciso en el que se conocieron el escritor y su mujer, Pilar del Río. Pero el tiempo, ese gran obstinado, siguió cayendo por el reloj de arena. Sin embargo, la eternidad ha elegido hacer un hueco en su reino para el portugués. Por eso dijo ayer Pilar que A Casa, el hogar de ambos en Lanzarote desde 1993 convertido ahora en un museo inaugurado ayer, "mantiene el espíritu de Saramago" y permite "seguir respirando con él". El autor dejó dicho en la presentación de Las intermitencias de la muerte que poco se puede decir de alguien que cruza la Laguna Estigia más allá de "estaba y ya no está". Parece seguro que no pensaba en sí mismo, no al menos en su legado.

Esos segundos que se apresuran hacia no se sabe nunca muy bien qué lugar han quedado congelados en esta casa-museo de Tías. La cocina, como en tantas otras familias, era uno de los grandes corazones de la casa. Allí hacían café portugués y disfrutaban de los atardeceres de Lanzarote, donde los días no acaban, sino que se incendian hasta que solo quedan las cenizas de la noche, horas después de que un velo de luz irreal cubriera los Ajaches, las montañas más antiguas de Lanzarote, expuestas a la vista del maestro. "A veces estábamos aquí hasta las cinco de la mañana, hasta el amanecer", rememoró ella en un recorrido por este memorial de la historia de amor entre Saramago y la isla. En la puerta de la nevera quedan notas, incluso una pegatina de Hiperdino, que convive con cuadros de amigos, como un Tapies cercano, un grabado sobre papel pautado, porque pensaba el luso que la música era vital para el equilibrio de este universo.

Abrazado a un árbol

En una de las salas se ve un pequeño dibujo. Muestra a un hombre abrazado a un árbol. Representa a su abuelo, el mágico Jerónimo Melrinho, el señor que cuando presentía a la muerte acercándose a su granja de Azinhaga decidió despedirse de la arboleda a cuya sombra había crecido. Su abuela, Josefa Caixinha, se despidió con otras palabras que también eran un canto al hecho de estar vivos. "El mundo es tan bonito y me da tanta pena morir...". Saramago viene de esas raíces. Al final se vuelve a trazar un círculo. "Saramago también es Lanzarote. Nadie podrá separar a Saramago de Lanzarote porque es una relación muy enraizada", subrayó ayer Pilar. Y el alcalde de Lisboa, una de las autoridades presentes en el acto, recordó que el jardín situado frente a la sede de la Fundación José Saramago en la capital portuguesa estará presidido por un olivo de su pueblo natal y una inscripción con una frase de Memorial del convento: "Y no subió a las estrellas porque pertenecía a la tierra".

Más tierras

Los visitantes podrán contemplar a partir del lunes el cuadro de César Manrique, la primera adquisición artística de Saramago en Lanzarote. No conoció a uno de los grandes hacedores de la isla, pero lo admiró siempre. También hay obras de otro artista local, Ildefonso Aguilar, al que prologó uno de sus catálogos y que trabaja con tierra volcánica, procedentes de esos paisajes que le transformaron en un luso hechizado por la obra del fuego sobre esta tierra quemada.

Hay más tierras, más polvo, más terreguero en este recorrido. El jardín... Se lo contó una vez un taxista, un descendiente de la familia que vendió el solar a la pareja. El solar era un antiguo arenado agrícola arado por un camello, un animal tan socarrón como surrealista. Hoy, junto a otros árboles, está plantado allí un olivo traído desde Azinhaga. Cuenta Pilar que el propio Saramago lo trajo entre sus piernas en el avión.

Queda también a la vista la estancia en la que Saramago dejó de estar para estar para siempre. El dormitorio, con un retrato en la mesa de noche del matrimonio. Alguien podría pensar que allí también se pararon los relojes. Pero el tic tac de Saramago sigue resonado, como lo hacía la Hermes, la vieja máquina de escribir y contar.