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La creación literaria desde dentro

Cada acto de esta cita palmera es una isla dentro de una isla, que nada en un océano común

La creación literaria desde dentro

La creación literaria desde dentro

Cada uno de los actos literarios enhebrados en la programación del Festival Hispanoamericano de Escritores es una isla dentro de una isla, un viaje al centro de la creación literaria en lengua hispana, donde las aguas propias regresan siempre a un océano común por el que ayer nadaron cientos de miradas bajo el cielo de La Palma.

Pero el hilo que cosía la pluralidad de eventos en la tercera jornada del encuentro de Los Llanos, que sumó cinco mesas redondas, dos firmas de libros y tres programas de radio en directo, amén de las sobremesas y excursiones donde se sellan los recuerdos, podría leerse a través de esta reflexión del poeta chileno Raúl Zurita, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana el pasado 8 de septiembre, sobre el papel de la fascinación poética: “Tan importante es lo grandioso y lo cotidiano (...). En cada movimiento están contenidas todas las sinfonías del mundo. El arte es un recordatorio del asombro permanente”.

Diálogos

La primera radiografía de la palabra iluminó el Parque Antonio Gómez Felipe antes de la hora del segundo café bajo el título Qué estamos contando. Por qué, con los escritores Fernando Javier León Rodríguez, Blanca Riestra, Marta Robles y Raúl Tola, con Sarah Kuźmicz como moderadora. Y quizás la escritora gallega Blanca Riestra, Premio Ateneo de Sevilla por Últimas noches del edificio San Francisco, apuntara hacia una posible respuesta -si estas son posibles- al segundo interrogante del epígrafe: “En el principio fue el verbo”.

“El componente mágico del mundo está ligado a la palabra desde que el mundo es mundo. Y por eso los escritores tenemos mucha responsabilidad”, manifestó. A este respecto, la autora quiso subrayar que la creación literaria debe armonizar siempre contenido y fondo, “la estructura y el lenguaje, con independencia de lo que estamos contando, es parte de lo que estamos contando, ese es el reto”.

El reloj de Los Llanos de Aridane marcaba el mediodía cuando este reducto ajardinado pasó la página a la disección de la poesía y el relato con una alineación formada por Yolanda Castaño, Juan Carlos Chirinos y Bruno Mesa, con Valeria Correa Fiz como conductora. Aunque este fuera un acto íntimo, como suele suceder en poesía sus respectivas lecturas poéticas cortaban el silencio del parque, apenas el rugido de unos coches en la Carretera a Puerto Naos.

El lleno absoluto ayer corrió a cargo de Andrea Abreu y Jorge Eduardo Benavides

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Correa Fiz inauguró el diálogo con una defensa de estos géneros minorizados, como apuntara Yolanda Castaño, unidos por la brevedad y la tensión evocadora. La argentina, que cultiva ambos terrenos, citó a su paisano Jorge Luis Borges como máximo exponente en el dominio de ambas artes, con la referencia del objeto de El Aleph como símbolo del punto exacto desde el que observar el infinito: hermosa metáfora de la literatura. Esta alusión al hecho de narrar desde el centro o desde los márgenes propició un debate en torno a si la literatura escrita en Latinoamérica o Canarias se corresponde con “una visión alephiana” o “de la periferia”.

La poeta Yolanda Castaño defendió que “la poesía es la lengua de los márgenes”, porque su esencia de libertad se desmarca continuamente “los discursos del centro”. En cambio, el venezolano Juan Carlos Chirinos manifestó que, en consonancia con la máxima borgeana de que “el universo es un laberinto”, “no existen ni en el centro ni la periferia, porque cada uno es su propio centro, y escribir es ubicarse en el centro”. Le secundó el tinerfeño Bruno Mesa: “El texto genera el centro, que es lo que genera una realidad que es la que conforma el mundo”. “Pero tenemos la obligación de crear una mirada diversa y muchas realidades en la literatura, no leer solo una esquina de la estantería de la literatura universal”. En esta línea, el también tinerfeño Iván Cabrera Cartaya apuntó que “lo importante no es desde dónde escribes, sino lo que escribes, como refleja El Aleph, que permite ver el infinito desde cualquier punto”.

La primera mesa de la tarde gravitó sobre Libros de “no” ficción. Contar la realidad, en las voces de Yolanda Arencibia, José Luis Correa, Anelio Rodríguez Concepción y Carlos Santos Gurriarán, conducida por Raúl Tola. Pero el lleno absoluto corrió a cargo del diálogo intergeneracional sobre La verdad de las historias a cargo de la escritora tinerfeña Andrea Abreu y el peruano Jorge Eduardo Benavides -los escritores Mónica Ojeda y Santiago Roncagliolo engrosan las bajas de esta edición-, moderado por Eduardo García Rojas. Ambos brindaron un interesante vis a vis en torno al proceso creativo desde las vivencias de una prometedora debutante y un multipremiado veterano, donde los dos han utilizado la isla de Tenerife como “espacio novelable”.

Abreu explicó que “el concepto de verdad que hay en mi literatura es el de jugar, como hizo Cortázar”, a lo que Benavides añadió que “la verdad es como la isla de San Borondón: una ilusión o elemento mágico difuminado entre la realidad y la ficción, y atraparlo es como querer encender la luz para ver la oscuridad”. En relación a la filiación biográfica de su exitosa Panza de burro, la joven tinerfeña admite que “me preguntan mucho cuánto hay de verdad en mi novela, pero yo no sé quién fui en la infancia”. “Siempre nos creamos un relato de la persona que somos y en literatura lo llevamos al límite”. Le respondió Benavides que “los escritores somos nuestras biografías, pero también nuestras lecturas”. “A partir de eso queremos contar algo absolutamente cierto, que es una obra de arte cuando trasciende en el tiempo, y es verdad cuando alguien lo siente como propio”.

La última mesa, El editor y sus autores: editar y ser editado, con las editoras Olga Martínez y Valerie Miles, y los autores Marcelo Luján, Juan Carlos Méndez Guédez y David Toscaa, puso el broche a la jornada cuando las estrellas comenzaban a forrar el cielo.

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