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Canarismos

Pícamelo menudo que lo quiero pa (ra) la cachimba

Pícamelo menudo que lo quiero 
pa (ra) la cachimba

Pícamelo menudo que lo quiero pa (ra) la cachimba

El folclore como conjunto de tradiciones, fiestas, ritos, devociones religiosas, mitos, leyendas y dialecto reflejan la noción de un pueblo sobre la vida; a su vez son manifestación del modo de ser y rasgos dominantes que definen a esa comunidad desde un punto de vista antropológico o psicológico. Las peculiaridades dialectales que forman parte de la tradición oral, sobre todo los dichos, son también definidores de la propia visión del mundo e idiosincrasia del hombre canario. En efecto, los dichos tradicionales en particular (entiéndase: refranes, modismos, giros, frases hechas, aforismos, locuciones, etc.) dejan entrever los aspectos identitarios que conforman esa idiosincrasia. Uno de ellos es la socarronería que en el isleño se esconde detrás de una aparente candidez y mansedumbre. Aspectos estos que se reflejan –seguramente mejor que en ninguna otra– en la frase que comentamos.

La expresión “pícamelo menudo que lo quiero pa(ra) la cachimba”, con fina ironía pero sin llegar al escarnio, se revela como una bofetada sin manos a quien mantiene una actitud oscura o falaz, y muestra la suspicacia que inspira el sujeto a quien va dirigida la frase. Sus usos más comunes se dan en contextos tales como cuando se escucha un discurso poco claro, enrevesado, hasta resultar ininteligible (del que “no se entiende ni papa”). En tal caso equivaldría a decir: “A ver, ahora explícamelo clarito para que yo lo entienda”: “pícamelo menudo…”. Por ejemplo, cuando el arquitecto (y este es verídico) se dirige al maestro albañil en la obra y le da instrucciones recurriendo a una serie de explicaciones redundantes y tecnicismos inusuales en el argot.

Acabada la plática, el albañil que lo escucha con paciencia, exclama: “Ahora píquemelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba”. O lo que cuentan de un alcalde de cierto municipio (también veraz), hombre poco instruido que no destacó nunca por su brillantez intelectual precisamente, del que se comentaba que desde que llegó a la alcaldía había cambiado por completo el modo de expresarse.

Quien lo conocía de toda la vida –decía– que “parecía que hablaba con el diccionario en la mano”, recurriendo a voces poco o nada usuales, de lo que resultaba un discurso cargado de circunloquios, cultismos y tecnicismos forzados, y en definitiva, enredado y confuso. La gente salía de su despacho preguntándose: “¿Tú le entendiste algo de lo que dijo?, pues yo tampoco”. Pues “pícamelo menudo para entenderlo”. Otra uso frecuente se da cuando alguien está escuchando monsergas –casi siempre de un político que “dora la píldora”– y se da cuenta que intentan “tomarle el pelo”, entonces va y larga socarrón: “Pícamelo menudo que lo quiero pa’ la cachimba”. Lo que expresa esa desconfianza que suscitan las personas propensas a engañar o “a pegársela a alguien” (“¿A mí?, ¡A mí no me la pegas!”). En tal caso es intercambiable por un “¡échate otra!”. Es decir, que “no se lo cree ni él (mismo)”.

En sentido recto se refiere a picar bien “menudito” (‘fino’, ‘pequeño’) el tabaco o “picadura” para preparar la pipa o “cachimba” para fumar. Lo que tiene el alcance metafórico de que “se pueda fumar”, “que sea fumable”, que se pueda creer, que sea creíble, “masticable” (que se pueda “tragar”). De hecho, la voz castellana “infumable”, además de a un tabaco de pésima calidad que no se puede fumar, hace referencia también, en sentido coloquial, a un discurso que “no hay por dónde cogerlo”, impresentable, de pésima calidad, un tostón. Vamos, que hay que “picarlo menudito”.

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