Suscríbete desde 1,50 €/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Arqueología

Betancuria: la fe en la piedra

Una intervención arqueológica para el rescate del Convento y el papel histórico de la Villa

Un arqueólogo excava en la cimentación del Convento, en Betancuria.

Un arqueólogo excava en la cimentación del Convento, en Betancuria.

Pasar por Betancuria y no hacer una foto de la iglesia conventual de San Buenaventura es como ir a París y no buscar con la mirada la Torre Eiffel. Es algo obligado de ver y sentir. La ruina, en su soledad, ha tenido, con las recientes excavaciones arqueológicas una nueva oportunidad de retomar el papel que tuvo en Betancuria.

Siempre fue un convento pobre, con pocos frailes, siendo su existencia un termómetro de la situación económica y política de la propia isla. No tuvo nunca la pujanza de espacios semejantes ubicados en entornos urbanos como Las Palmas de Gran Canaria o Santa Cruz de La Palma, ambas ciudades beneficiadas de la actividad portuaria y comercial.

Pero no podemos pensar en el convento como un elemento monolítico e inmutable. Conocemos al menos tres conventos o momentos constructivos claros y que se explican a su vez por las circunstancias políticas que se vivían.

Un primer convento tras la bula papal de Benedicto XIII, que permite su creación y la búsqueda de fondos para su construcción (1416). Se justifica su presencia en la Isla por la necesidad de tener una plaza fuerte que permitiera la evangelización del resto del Archipiélago. Debemos tener en cuenta que islas como Gran Canaria, Tenerife o La Palma todavía no se habían conquistado y que los franciscanos eran la avanzadilla de los europeos que llegaban casi en tropel. Aunque también debemos decir que se preocuparon tanto de evangelizar como de proteger a los indígenas de los atropellos de piratas y conquistadores con resultado diverso.

Imagen aérea de la Iglesia del Convento de San Buenaventura. Al lado, los restos la sede conventual. Tibicena

De hecho, Betancuria fue escenario menor de uno de los capítulos del Cisma de Occidente, con la existencia de un doble papado. Tal que en 1424 el papa Martín V elevó a la Iglesia Matriz de Santa María de Betancuria como catedral hasta que le fue retirada tal dignidad siete años después.

El segundo gran momento, se configura bajo el dominio de la isla de mano de Diego de Herrera y su mujer Inés Peraza, quienes consolidan el primer convento existente. Enterrándose el señor de la isla, una vez muerto, en su iglesia conventual. Será en esta etapa en la que San Diego de Alcalá se vincula al Convento y a la aparición de la Virgen de La Peña, patrona en la actualidad de la isla de Fuerteventura.

Finalmente, el marqués Fernando Arias y Saavedra, allá por 1670 ayuda a reconstruir la iglesia separándola del risco que tanto daño hacía por las humedades que conllevaba. El siglo XVII es un momento de auge de Fuerteventura, constituida como uno de los graneros de Canarias.

El Convento, sin embargo, se fue apagando a la par que Fuerteventura y su Villa. El siglo XVIII significó el inicio del declive de este espacio que termina por fenecer con las desamortizaciones de las propiedades de la Iglesia. Así, ya en 1821 el convento no solo está cerrado, sino que diferentes vecinos aprovecharon para desmontarlo parcialmente y venderlo, como ocurrió con sus suelos fabricados en ladrillo. Sin embargo, la estructura se mantuvo en pie durante todo el siglo XIX, siendo visitado por viajeros y curiosos, como el bioantropólogo francés Verneau. Ya con las primeras décadas del siglo XX los techos caídos de la iglesia se vendieron, aprovechándose muchas de las maderas para varias casas de la zona.

El lugar, antes de las excavaciones. Tibicena

Y después el Convento esperó. En 1960 el profesor Serra Ráfols se quejó del estado en que se encontraban los restos de Betancuria, aunque se refería a la iglesia conventual, ya que el resto de arquitecturas habían desaparecido. Pocos años después Roberto Roldán Verdejo, magistrado llegado a Fuerteventura en la década de los 60 del pasado siglo, inicia una serie de intervenciones con la idea de rescatarlo del olvido. Sin embargo, las actuaciones fueron puntuales y sin el rigor hoy exigido. Tras estos trabajos, del Convento solo quedó la Ermita de San Diego y la iglesia conventual que con sus grandes arcos todavía en pie parece sostener el cielo azul de Betancuria. Pero este retrato cambió en 2018 con el apoyo de la Dirección General de Patrimonio Cultural, con Miguel Clavijo al frente, a un equipo de profesionales de la arqueología que sabían que debajo de las sombras de los algarrobos allí plantados quedaba todavía mucha historia.

Así fue como tras meses de trabajos el equipo se tropieza con muros todavía en pie, suelos empedrados, derrumbes de muros encalados, restos de la plaza que no se conocían, accesos truncados o los restos de la comida y de las vajillas domésticas de los frailes. Todo estaba allí, solo había que buscarlo.

¿Podremos identificar esos tres grandes momentos? ¿Fue quemado el convento tal y como dicen algunos autores por el pirata Xabán Arraéz en 1593? ¿Queda algún testimonio de la ermita inicial del siglo XV?

decoration

Aquella excavación llevó a esta. Donde ya con la experiencia adquirida buscamos respuestas a preguntas no hechas previamente: ¿Podremos identificar esos tres grandes momentos? ¿Fue quemado el convento tal y como dicen algunos autores por el pirata Xabán Arraéz en 1593? ¿Queda algún testimonio de la ermita inicial del siglo XV? En este momento, la directora de Patrimonio del Gobierno de Canarias, Nona Perera, lo ha tenido más claro. Cristalino. Su apoyo ha sido incontestable, ampliando la excavación debido a los buenos resultados obtenidos y promoviendo la continuidad de las investigaciones para el futuro.

Y es que es difícil sustraerse de la belleza de la ruina y de su poder evocador. Imaginarnos el agua corriendo por los canales descubiertos, pensar en los parterres desenterrados como elementos que ayudaron a ensalzar unas creencias basadas en el amor a la naturaleza, nos conmina a repensar y a invitar a que todas las administraciones e instituciones posibles se coordinen en la recuperación de este espacio.

Intentar traer al presente el antiguo pasado conventual, sin estridencias ni artificios. La ruina se revelará y se hará lo necesario, casi de forma quirúrgica, donde menos será más, recuperando su armonía con la naturaleza que la acogía. Ahora toca protegerla y mimarla ¡Que sus 604 años bien se merecen un respeto!

SEIS CLAVES SOBRE EL VESTIGIO

1 El convento de San Buenaventura es el más antiguo de Canarias. Sus inicios se remontan a 1416.

2 Se conoce por la documentación investigada que tuvo 13 habitaciones, además de un refrectorio y una cocina-granero.

3 Las excavaciones actuales han sacado a la luz parte de lo que fue el claustro del convento usado en su última fase (siglo XVII).

4 La iglesia conventual mantiene parte de su suelo intacto.

5 El equipo arqueológico cree haber localizado parte de los restos de la iglesia primitiva.

6 El espacio conventual tiene un potencial enorme para transformarse en un punto turístico y cultural de primer nivel.

Ermita de San Diego. Tibicena

Germen de ‘Le Canarien’, la crónica de los señores

Betancuria debe su nombre al normando Juan de Bethencourt, quien la fundó junto con Gadifer de la Salle en 1404. El valle de Betancuria fue el primer asentamiento de la isla. Desde la Conquista, Betancuria se convirtió en la capital de la isla y sede de diversos órganos. La crónica y diario de campaña de la expedición extranjera se recoge en Le Canarien, editada y modificada en forma de, al menos, dos versiones a partir de unos manuscritos originales de los frailes franciscanos Jean Le Verrier y Pierre Boutier, cronistas de la expedición y capellanes de Béthencourt y La Salle, respectivamente. Se trata de la primera documentación escrita sobre la Conquista y la única información disponible sobre el modo de vida de los nativos isleños a la llegada de los primeros conquistadores.

Se conocen dos versiones del relato escrito por Jean Le Verrier y Pierre Boutier: el códice Egerton 2709 y el códice Montruffet. El primero de ellos, conocido también como texto G , fue adquirido por el Museo Británico en 1888 y conservado en la Biblioteca Británica. Es la versión más antigua conocida de Le Canarien -elaborada entre 1404 y 1420-, atribuyéndose la misma al propio Gadifer. Es la más breve de las versiones (aproximadamente la tercera parte del texto B), dividida en 70 capítulos en las ediciones modernas. Los hechos históricos descritos comienzan con la partida de la expedición de conquista de La Rochelle el 1 de mayo de 1402 y finalizan con la construcción del castillo de Baltarhais o Valtarajal, en Fuerteventura, en 1404. Critica la actuación de Béthencourt durante la campaña de Conquista, atribuyendo la mayor parte de los esfuerzos puestos en la misma a La Salle.

La versión de Jean V de Béthencourt, el códice Montruffet o texto B, fue redactado entre 1488 y 1491 y atribuido a Jean V de Béthencourt, sobrino del conquistador. El manuscrito fue donado a la Biblioteca Municipal de Rouen tras la II Guerra Mundial, donde se conserva. Es la más extensa de las versiones, estando dividida en 88 capítulos en las ediciones modernas. Contiene 84 viñetas y los hechos descritos comienzan con la partida de Béthencourt desde su feudo normando de Grainville-la-Teinturière en 1402 para iniciar los preparativos de la campaña de conquista y finalizan con su muerte en 1422 tras regresar a dicha población (en realidad, entre 1425 y 1426).

MARCO A. MORENO BENÍTEZ es LICENCIDADO EN HISTORIA ES CO-DIRCTOR DE LA EMPRESA TIBICENA. ARQUEOLOGÍA Y PATRIMONIO. EMPRESA QUE LLEVA MÁS DE VEINTE AÑOS TRABAJANDO Y DESARROLLANDO PROYECTOS PATRIMONIALES EN TODA CANARIAS.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats