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Exposición

Mantenerse a flote

Los restos del naufragio que ocupan el Museo Barjola, con la obra de Adelaida Arteaga, son “una metáfora visual de la posibilidad de resiliencia de la que tanto se habla, de un espacio para resurgir tras el hundimiento”

Instalación ‘Cosas que pasan’, de Adelaida Arteaga Fierro.

Instalación ‘Cosas que pasan’, de Adelaida Arteaga Fierro.

“Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufrago. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano” Clarice Lispector. ‘Las aguas del mar’

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Podríamos pensar que, a priori, las “cosas que pasan” son fruto de la continuidad misma de los días, de la rutina del tiempo que se sucede; sin embargo, este año voraz nos ha puesto sobre la mesa que la sucesión de acontecimientos puede verse truncada por algo más fuerte que nuestra previsión. Esas “cosas que pasan” son las que nos han arrancado de nuestra rutina y nos han hecho pensar en el presente (y desde luego en el futuro) como algo que vivir con intensidad en cada momento, valorando lo que cada segundo vital tiene de único. Este seísmo emocional que estamos viviendo no es ajeno a la producción artística y se palpa en cómo los y las artistas también lo están abordando en sus obras. Así lo presenta Adelaida Arteaga Fierro (Tenerife. Islas Canarias) en esta exposición cuya instalación ocupa la capilla del Museo Barjola hasta diciembre. Se trata de un trabajo que ella y yo iniciamos hace muchos meses en distintas conversaciones y que ha cambiado, necesariamente, con la nueva realidad que vivimos. Ahora, esos restos de naufragio que ocupan el museo gijonés son una metáfora visual de la posibilidad de resiliencia de la que tanto se habla últimamente, de un espacio para resurgir tras el hundimiento.

Señala la filósofa Alicia Puleo en su libro Claves ecofeministas la posibilidad de un mundo más justo, basado en un jardín ético con nuestro entorno, con la naturaleza y con los compañeros de viaje que cohabitan en ella con nosotros, los animales. En la obra de Arteaga Fierro no falta también este análisis de esa balsa de la Medusa como referencia al barco a punto de hundirse en unas aguas turbulentas; Puleo plantea que esa humanidad pide auxilio a la isla que se ve al fondo de la obra de Géricault como una señal de haber destruido ese entorno natural y que nos conduce al naufragio; sólo la Tierra (con mayúsculas) puede salvarlos. En esta línea de reflexión debemos leer el trabajo de Arteaga Fierro, una artista que ha tenido siempre muy presente su contexto cercano y que ya en proyectos anteriores, como Política íntima había explorado la tensión entre el encierro y los espacios mismos, entre lo público y lo privado, en esa sutil línea que separa lo que puede ver cualquiera y lo que forma parte de nuestra intimidad. Desde cabañas con horcones tomados de su contexto en Canarias a pilares de madera apoyados en paredes, la organicidad del material no es casualidad sino fruto del deseo de no separarse de lo que le une a la tierra.

Volver a la tierra

En el trabajo plástico de Arteaga Fierro se palpa una conexión muy especial con su contexto canario, al que rinde un tributo muy personal en esta obra, aludiendo no sólo con los materiales empleados sino con referencias de su propia historia, como si esta balsa fuera la isla misma donde vive la artista. Los horcones de madera abrasados por la artista, que formaron parte de una instalación anterior, fueron tomados en los cultivos de plataneras, donde se usan habitualmente para sostener la planta de esta fruta. La referencia a las islas es evidente: estos brezos, propios de los bosques de laurisilva, se usaban tradicionalmente como combustible para los barcos, lo que ocasionó la disminución de estos montes en aquellas islas cuyos puertos tenían una mayor actividad.

La cuidada factura que se palpa en la composición instalativa tiene, de por sí, varios momentos de lectura para quien se acerque a ella, desde la primera impresión como balsa a la deriva, sólidamente dispuesta en la capilla del Barjola, a una lectura pausada en cada detalle, en cada pequeño elemento que tiene su propia historia. Encontramos cabos de amarre marinos, utilizados en labores de pesca, que Arteaga Fierro rescata de las playas, abandonados ya a su suerte en el mar y los incorpora en la pieza junto a redes de pesca y boyas marinas. Este ejercicio de reparación y puesta en valor retoma un procedimiento de trabajo que ha investigado en series anteriores, donde apuesta por la economía circular y el reciclaje de materiales que tengan su propia historia incorporada a la que ella quiere darles. Hay, por tanto, dos relatos paralelos en esta obra: la de los objetos antes de ser artefactos artísticos y la nueva lectura que la artista les infiere. La tragedia global de la emergencia climática nos arroja datos tan preocupantes como que los microplásticos se encuentran ya en todos los mares, incluido el Ártico, y que llegan así a los estómagos de peces y aves marinas. En un intento por recordarnos que la balsa está a la deriva, que parece hundirse pero que clama por sobrevivir, Arteaga Fierro recupera estos elementos, comunes en cualquier playa, y nos hace partícipes de esa necesidad urgente de cambio. La artista vuelve a recoger materiales y a darles un nuevo valor en el contexto artístico, ¿no es esa, finalmente, una de las metas del arte… su capacidad de sublimar el objeto para convertirlo en metáfora, en poesía visual que hable más allá de su utilidad primera? Decía Agnès Varda que el ejercicio de creación era un trabajo de espigadora, recogiendo los trozos de lo real, convirtiendo ese bricolaje de realidad en algo nuevo, con un nuevo sentido; algo de esto hay aquí, en estos objetos convertidos en talismanes que se alzan en la capilla del Barjola para guiar otro futuro posible. Resulta, además, paradigmático, que todos los elementos que se presentan en Cosas que pasan son traídos de un lugar anterior, de una historia previa. Así, los más de 800 frascos que sostienen la balsa fueron recopilados por más de una veintena de personas que ayudaron a crear la instalación, aportando sus frascos.

Quizá los objetos menos “comunes” que vemos en la instalación son los tejidos, como los salvamanteles y servilletas que vemos en el centro: son parte de la historia de la artista, creados por su madre y su abuela, recuerdos personales dispuestos ahora ante la mirada del público. Estos encajes elaborados por las mujeres de su familia para adornar el hogar, así como las maletas y los pequeños objetos que han formado parte de trabajo de Arteaga Fierro en diferentes ocasiones, como mirillas, herramientas, etc. representan esa necesidad de soltar lastre que la acompaña desde el colapso global producido en marzo de 2020, con una pandemia imparable.

Esta balsa sostiene ese profundo cambio que estamos viviendo pero es también la balsa de quienes cruzan el Mediterráneo para llegar a Europa, de los que se lanzan al Atlántico y llegan a las Canarias; hay una presencia de los náufragos constante, aunque no los veamos a simple vista. Alguien ha pasado por aquí, alguien ha dejado la maleta, las telas, de alguien son esas radiografías que asoman entre los horcones… cualquiera de nosotros podríamos ser esos náufragos. No es, sin embargo, una lectura catastrofista o finalista de una barca a la deriva sino un mástil que, con toda su potencia, se convierte en un faro en la capilla del Barjola y que nos invita a tomar partido, a reconducir el viaje para volver a tierra, para no perecer y tomar un rumbo hacia el futuro. Decía Walter Benjamin que al ángel de la historia, aquel Angelus Novus de Paul Klee, una tempestad le empujaba “incontenible hacia el futuro” y que volvía “la espalda mientras el cúmulo de ruinas ante él va creciendo hasta el cielo”1; aquí la tempestad es el presente que nos arroja a un futuro donde nos queda actuar, ser agentes activos del cambio de rumbo la balsa.

En Cosas que pasan Arteaga Fierro vuelve de nuevo a su interés en reflexionar sobre la ética humana frente a su contexto cercano y lo lleva más allá, planteándonos preguntas sobre lo que nos ha llevado hasta aquí, sobre este presente de nueva normalidad que hemos tenido que asumir forzosamente pero sobre el cual no hemos recapacitado aún suficientemente. ¿Qué relación hemos establecido con nuestro medio natural? ¿Cómo hemos olvidado nuestra responsabilidad con el planeta, con los bosques, con los mares? Señala la artista que Cosas que pasan es una metáfora de “nuestra incapacidad de parar y ahora, con este parón obligado, recapacita sobre lo inesperado, la adversidad y sus consecuencias. La balsa representa el mundo que ahora habitamos y que ha dejado de ser una urbe de cristal para convertirse en una superficie en la que el caos es la norma”.

Esta balsa de la Medusa que ocupa ahora la capilla del Barjola es ese espacio emocional sobre el que subirnos para ser nosotros quienes levantemos la mano hacia tierra, como en la obra de Géricault, pidiendo ayuda. Estos restos de este naufragio no son solo una cosa que haya pasado sino que nos permiten reaccionar antes del hundimiento final. Esta balsa es, en sí misma, una estrategia para continuar, un faro que guía el cambio posible. La propuesta artística de Arteaga Fierro es decidida y apuesta por el arte como lugar para pensarnos y estar a tiempo de transformar nuestra realidad cercana, nuestra ética con el planeta… convertir el aislamiento en agencia y la barca que se mueve a expensas de las olas, en un buque que capitanee el cambio.

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