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Cine / Ibértigo 2020 / 'Nuestras madres'

Con voz propia

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Ibértigo pasa hoy el ecuador de su l8ª edición con el filme guatemalteco Nuestras madres, del actor, guionista y director César Díaz, otra de las cinco óperas primas presentes este año en el festival que nos acerca, con hondura, elegancia y sobriedad, al drama de los millares de desaparecidos que provocaron las diversas dictaduras militares bajo las que estuvo gobernado el país durante décadas. La película, ganadora de la prestigiosa Cámara de Oro en el pasado festival de Cannes y de la Mención Especial del Jurado en La Habana, cuenta además con un reparto excepcional capaz de transmitir toda la verdad y el dolor que arrastran sus personajes desde que el odio y la intolerancia empezaron a marchitar sus precarias vidas.

En el año 2013, en pleno proceso a los jefes y oficiales responsables de las matanzas indiscriminadas de campesinos, van aflorando testimonios sobrecogedores de ciudadanos secuestrados y torturados, de viudas víctimas de violaciones execrables, así como la terrible visión que ofrecen centenares de cadáveres apiñados en fosas comunes repartidas a lo largo y lo ancho de todo el territorio nacional. Pero Díaz no solo no cae en las trampas emocionales que acechan a cualquier director y guionista que intente denunciar hechos tan infames, sino que enriquece su propio planteamiento del conflicto examinando las profundas heridas morales que fustigan su existencia tras tantos años de humillación y desprecio.

De ahí que el foco argumental se ponga más en la amarga experiencia personal vivida por las víctimas que al desarrollo de un juicio sumario del que todos sabemos de antemano cuáles son sus resultados. Tan es así que el relato, contado con mano firme, no fluye, como dictan los estereotipos, a golpe de emociones más o menos explosivas y por tanto manipulables sino, por el contrario, entrando directamente en la espesa memoria personal y colectiva de un pueblo que aún continúa buscando reparación y justicia y la consiguiente revisión de los episodios más infames y sangrientos que jalonan su larga historia.

Sorprende, no obstante, que un tema tan recurrente en cualquier debate sobre regímenes totalitarios en Iberoamérica, no se haya convertido en una de las líneas de combate de tan interesantes cinematografías, de ahí que nos llame especialmente la atención que Díaz, de 42 años, haya elegido tan vidrioso asunto para su debut en el campo del largometraje, y que lo haya hecho con la precisión, valor y objetividad de quien es plenamente consciente de la importancia y trascendencia del material que tiene entre sus manos, un material delicado y sumamente comprometido que, una de dos, o te esfuerzas por mostrarlo como un escenario del horror sin privarnos de los detalles más escabrosos o, como lo ha hecho Díaz, lo transformas en un sutil instrumento de denuncia política donde los procesados aparecen siempre fuera de plano, invisibles, aunque no así sus aborrecibles fechorías como adalides de la represión y el crimen. Lejos de ofrecernos imágenes que, sin duda, hubieran galvanizado la atención automática del espectador más convencional, el director guatemalteco se revela como un formidable explorador de la memoria y del silencio, indagando a fondo en la realidad de unos sucesos que hablan por sí mismos.

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