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Cuando el enemigo son los pliegos

La ley de contratos del Estado mide la solvencia de un arquitecto según sus trabajos recientes

Cuando el enemigo son los pliegos

Cuando el enemigo son los pliegos

La arquitectura es la única disciplina que mezcla técnica con arte: razón con emoción. Pero eso los pliegos administrativos y técnicos de los concursos que sacan las administraciones públicas no lo suelen tener en cuenta.

Tampoco tienen en cuenta los tiempos de la arquitectura, lo que se tarda en encontrar la mejor solución y el ciclo de vida de los edificios, que en el caso de la arquitectura debería ir absolutamente contra la obsolescencia programada, ni de los arquitectos ni de las obras de arquitectura.

El tiempo en arquitectura es importante. Hay proyectos, citemos uno conocido por todos, como la Sagrada Familia donde el tiempo es eterno, se empezó en 1882 y no ha finalizado aún, y si se fuera a contratar ahora por la vía pública ya Gaudi, si siguiera vivo, todo esto es una construcción teórica, no sería considerado apto para realizarla, ¿por qué? Porque la Ley de Contratos del Estado de 2017 establece que como solvencia de un arquitecto no valen sino los edificios que haya diseñado o realizado en los últimos 5 o 3 años (esas son las dos cantidades más de moda en los pliegos españoles). Afortunadamente hay pliegos, como algunos polacos (el ejemplo más actual es el concurso para el centro de música de Cracovia) donde se admite una experiencia de 20 años, ¿de verdad alguien piensa que Gaudí no habría sido capaz de acabar su propia Sagrada Familia aunque hubieran transcurrido más de 5 años entre una fase y otra? Gaudí es solo un ejemplo, pero podemos poner otro, hipotético. Si Frank Gehry, autor del Museo Guggenheim que, con su acierto, cambió la faz de Bilbao para siempre, se hubiera querido presentar, por ejemplo, a rehabilitar el Parque Viera y Clavijo de Santa Cruz de Tenerife, no habría cumplido con la solvencia exigida en el pliego, porque no tiene obra de rehabilitación en los últimos tres años: ¿es eso lógico? Para mi no lo es, y si es así para dos gigantes de la arquitectura internacional, imaginen como puede ser para el común de los mortales. Por eso creo que una de las urgencias más acuciantes para que la profesión de arquitecto no termine por desaparecer, es cambiar la Ley de Contratos del Estado de 2017 en ese punto en concreto, aunque no solo en ese, en muchos más relativos a la propiedad intelectual, a los honorarios, a los modificados, pero que trataremos en otro momento.

Pero cambiar una ley en estos tiempos es complejo y tardará, y no obstante con la propia ley existente, los funcionarios que redactan los pliegos podrían ser mucho más creativos a la hora de interpretarla y ampliar con esa creatividad las oportunidades reales de las pymes locales de la profesión, es decir de los pequeños despachos de arquitectos de cada comunidad autónoma. A veces los pliegos son peores que la propia ley, más duros, cuando lo natural sería todo lo contrario. Las directivas europeas prescriben que se permita a las pymes locales poder participar en igualdad de condiciones en las licitaciones publicas, que las grandes empresas, pero lo cierto es que para los arquitectos cada vez es más difícil no tener que formalizar UTEs (uniones temporales de empresas) que luego son difíciles de manejar. Por supuesto todo esto tiene matices, pero la incertidumbre y la complejidad de la actualidad que estamos viviendo debería servir de guía a los redactores de pliegos de arquitectura para permitir la vida de las pequeñas empresas.

La arquitectura ha perdido su discurso. Ha perdido la defensa apasionada que hacían de ella los colegios de arquitectos, y esto lo señalo con nostalgia y con pena, pues ahora el arquitecto ya no puede ser ni un inventor de lenguajes, porque no le dejan, porque no hay tiempo para la integridad de las obras que conllevan fases y fases (un ejemplo cercano lo tenemos en las numerosas fases que ha tenido por ejemplo el Parque del Drago de Icod) ni como inventor de la ciudad, porque tampoco le dejan, por la complejidad sin límites de las normativas urbanísticas. Hace falta más independencia de los arquitectos si queremos seguir teniendo ciudades de calidad, ciudades para vivir.

Dulce Xerach Pérez Abogada y doctora en Arquitectura. Investigadora de la Universidad Europea

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