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Réquiem por las víctimas del destripador

El ensayo ‘Las cinco mujeres’, de la historiadora Hallie Rubenhold, redime a los cadáveres del más célebre asesino victoriano

Réquiem por las víctimas del destripador

Londres, año 1888. Entre el 31 de agosto y el 9 de noviembre, al menos 11 mujeres perecen brutalmente degolladas en las callejuelas del barrio de Whitechapel, en el East End, la mitad oriental y depauperada de la ciudad. Los más reputados investigadores llegan a la conclusión de que solo en cinco de los casos cabe la certeza de que los crímenes hayan sido perpetrados por el mismo delincuente (de ahí que se las conozca como las “cinco víctimas canónicas”). El pánico se apodera de la capital británica, entonces el ombligo del mundo, y comienza a forjarse la leyenda en torno al asesino en serie más célebre de la historia, Jack el Destripador, un malvado evanescente e insondable -jamás le echaron el lazo-, un ser que adquiere un aura sobrenatural -como Drácula o Frankenstein, dos criaturas de ficción-, el protagonista de un macabro cuento gótico elevado a la categoría de mito, de icono pop con chistera y capa. Se han escrito carretadas de tratados para intentar esclarecer su misterio y, sin embargo, han tenido que pasar 130 años para que alguien se digne a poner la lupa sobre los cadáveres: la historiadora Hallie Rubenhold (Los Ángeles, 1971) lo hace en Las cinco mujeres. Las vidas olvidadas de las víctimas de Jack el Destripador (Roca Editorial).

Nombres sin vida

Conocíamos los nombres de las víctimas: Mary Ann Polly Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Se sabía que el asesino rebanó la garganta de las cinco y que a cuatro de ellas les arrancó las entrañas. En la infinitud de libros publicados en torno al monstruo, se las despachó a todas con la etiqueta de prostitutas desesperadas, sucias y malhabladas, “piltrafas empapadas en ginebra”. En una conversación telefónica desde Londres, donde Rubenhold se instaló hace tiempo para especializarse en el periodo victoriano (1837-1901), la autora reconoce que también ella se acercó al objeto de su estudio con ese prejuicio encima al empezar a trabajar en un ensayo sobre la prostitución en el siglo XIX. “Lo que me encontré fue justo lo contrario -asegura-. Solo existen pruebas de que dos de ellas ejercieron alguna vez como prostitutas”. Se trata de Mary Jane Kelly y de Elizabeth Stride, si bien esta última había trabajado como criada en una casa cerca de Hyde Park y llegado a regentar una cafetería propia.

Durante 130 años se despachó a las degolladas como “prostitutas” sin pruebas en tres de los casos

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Vidas terribles

La historiadora comenzó a exhumar la memoria de estas mujeres, a las que dedica el libro, para devolverles la dignidad, para dejar de cosificarlas. Tres años de remover en archivos y parroquias, partidas de nacimiento y matrimonio, fichas policiales, listados de asilos para pobres, las temibles workhouses, más cerca de la cárcel que de la beneficencia (que se lo pregunten al pobre Oliver Twist, uno de los grandes personajes de Dickens). Rapaban las cabezas por los piojos, separaban a las madres de los hijos, y había que trabajar duro para ganarse las gachas de avena.

Las autopsias concluyeron que las cinco mujeres murieron mientras estaban tumbadas o recostadas -Mary Jane falleció en su propia cama-. Y en al menos tres de los casos, subraya la autora, “se sabía que las víctimas dormían en la calle y que en las noches en que murieron no tenían dinero para ir a una pensión”. En este punto, Rubenhold da un paso al frente y, con cierto riesgo narrativo, pasa de puntillas sobre las terribles mutilaciones que sufrieron: Jack The Ripper evisceró a cuatro de las cinco. Seccionó hígados, algún riñón y úteros con tal precisión en el corte y presumibles conocimientos anatómicos que se llegó a especular con la posibilidad de que el asesino fuera un cirujano demente. Hipótesis hubo para todos los gustos: se señaló a los judíos, que llegaban a Londres huyendo de los pogromos en la Europa del Este; que si un marinero, que si un carnicero, que si una banda de extorsionistas... A la historiadora no le interesan ni la identidad del criminal ni la casquería.

Indefensión

“Lo que más me sorprendió durante la investigación fue la extrema indefensión de las mujeres, la poca ayuda con que contaban en los peores momentos, cuando se encontraban en el filo del precipicio”. La sociedad victoriana, prosigue la autora, estaba diseñada para concebir que una mujer sin un hombre constituyera un “elemento superfluo” y “castigaba” a las que se salían del redil por no ser buenas madres, esposas o hijas. Para las chicas pobres, entrar en el servicio doméstico suponía el pase de oro; si no, el empleo en una fábrica, o más comúnmente, la costura, la lavandería o encolar cajas de cerillas apenas reportaba chelines suficientes para alquilar una habitación apestosa con un colchón infestado de chinches. Durante el siglo XIX, se calcula que una población flotante de 70.000 personas pululaba por Londres sin saber a ciencia cierta dónde pasarían la noche. En el caso de las mujeres, la carencia de un hogar las emparentaba con el comercio sexual.

Hallie Rubenhold subraya que tres de los informes forenses desaparecieron -”¿nadie le dio importancia al hecho en 130 años?”, se pregunta-, de manera que las lagunas del relato se rellenaron con rumores, suposiciones infundadas y los reportajes amarillos que publicaban los periódicos, en un momento de expansión de la prensa y de un público lector ávido de historias. Las fake news fueron un invento victoriano.

El vínculo de la tragedia

Si existe un factor que vincule a las cinco víctimas no es la prostitución, sino la tragedia. En sus vidas se entreveran infancias demasiado cortas, un embarazo tras otro por falta de anticonceptivos, hijos que nacen muertos, hijos que enferman, pobreza lacerante, peleas, palizas de los maridos y, sobre todo, el alcohol. Annie Chapman, casada con un cochero privado, un puesto con buen sueldo y privilegiado entre la servidumbre, llevó una vida de clase media, con las fotos de sus hijos en la repisa de la chimenea, hasta que el trago y el infortunio se cruzaron en su camino.

El estricto código de la moral victoriana no dejaba más espacio a la mujer que convertirse en el ángel del hogar o en una puta, no había término medio. Pero la autora se pregunta en el libro: ¿podía considerarse prostituta a la “joven trabajadora de una fábrica que se acostaba con los chicos que la cortejaban y le hacían regalos”? Y la que, a cambio de dinero, “masturbaba ocasionalmente” a los hombres detrás del pub, pero que no tenía relaciones con ellos, ¿lo era? Y la mujer que vagabundeaba y “accedía a acostarse con un hombre porque de otro modo se sentía amenazada y sola”, ¿era también una ramera?

Algunos ripperólogos del Reino Unido han atacado a Rubenhold por haber metido la nariz en su cortijo -su cottage, mejor dicho- sin pertenecer al círculo sagrado, por afearles el hecho de que jamás hubieran prestado atención a las víctimas. Pero el ensayo, magnífico en la ambientación de la época, ya ha recibido el prestigioso galardón Baillie Gifford. Un libro oportuno en la época del MeToo, ahora que los editores se desviven por descubrir historias sobre mujeres contadas por mujeres.

LAS OLVIDADAS

Entre verano y otoño de 1888, ‘Jack el Destripador’ asesinó y mutiló al menos a cinco mujeres en uno de los barrios más pobres de Londres: Mary Ann ‘Polly’ Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly. Se las tildó de “prostitutas”, sin evidencias y aun cuando algunas de ellas estaban alfabetizadas y habían llevado una vida de clase media. Un tridente infernal une sus biografías: pobreza, tragedia y alcohol. 

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