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“Luis Benítez Inglott, ‘Pío Cid’, relata cómo crece Canarias”

“Luis Benítez Inglott, ‘Pío Cid’, relata cómo crece Canarias”

Santiago J. Henríquez Jiménez coordinó el suplemento Cartel de las Artes y las Letras de Diario de Las Palmas entre 1988 y 1990. Autor, entre otras, de varias monografías sobre Tomás Morales, en marzo de este año sacó a la luz el libro titulado El papel vale más. Crónicas de Luis Benítez Inglott con el seudónimo Pío Cid. Recoge una muestra de lo que es el amplio legado periodístico que el abogado Luis Benítez Inglott (Las Palmas de G. C. 1895-1966) brindó a los lectores entre 1958 y 1965. Dividido en tres partes claramente diferenciadas, el estudio que completa las primeras páginas del libro aporta detalles no solo sobre su vida, sino sobre las características literarias más llamativas de su obra, así como detalles sobre el contexto social y político de España y Europa. La segunda parte está íntegramente dedicada a las crónicas. Se trata, en este último caso, de la reproducción de un número elevado de artículos que definen muy bien cuál era el estilo narrativo de Luis Benítez Inglott, su singular capacidad de observación y los temas que fueron motivo de interés para el incansable Pío Cid. Los efectos sociales y económicos motivados por la pandemia de la Covid-19 han hecho retrasar la presentación de dicha recopilación hasta los últimos meses del presente año. El actual desconfinamiento ha posibilitado el acercamiento a un columnista desatendido que conecta con la mejor tradición española del género en la prensa escrita, recuperado ahora por Santiago J. Henríquez con la preceptiva excavación de hemeroteca.

¿Cómo surgió originariamente la idea de aunar esta interesante selección de crónicas de Luis Benítez Inglott?

Digamos que de varias maneras. Para empezar, entre 1988 y 1991 estuve al frente de Cartel de las Artes y las Letras. Recuerdo que, por aquel entonces y, desde el equipo de redacción que guiaba el Diario de Las Palmas, quise dedicar uno de aquellos suplementos a los mejores cronistas de la isla de Gran Canaria y su capital. Más allá de las conocidas crónicas de Alonso Quesada, Domingo Doreste, Juan Manuel Trujillo o Luis García de Vegueta. Tuve la ocasión de encontrarme con dos narraciones de un tal Pío Cid tituladas Modernismo y Recuerdo de Rubén Darío. La publicación de la primera de ellas tenía fecha de 9 de mayo de 1960 y, la segunda, de 10 de febrero de 1961. En un principio no supe identificar quién podría ser Pío Cid aunque sí recordaba, por los buenos consejos que había recibido de mis profesores de literatura, al Pío Cid de Ángel Ganivet y la publicación de su Idearium español en 1906. El encuentro con las referidas narraciones se produjo en la redacción del diario, el descubrimiento del autor, Luis Benítez Inglott, fructificó posteriormente al hallar un mayor número de textos y narraciones referidas a los hechos que acontecían en la Isla entre los años cincuenta y sesenta.

¿Qué más encontró en sus averiguaciones sobre el personaje?

Revelada su identidad, me interesé por su poesía, más bien, por lo que Joaquín Artiles y Francisco Quintana escribían de él en Historia de la literatura canaria. Me agradó saber que, una vez finalizados sus estudios de Derecho en la Universidad de Oviedo, pasó unos años viajando y conversando con tertulianos de todo tipo entre Madrid y París. Claudio de la Torre y su hermano Miguel le introdujeron en el Madrid de los intelectuales patrios, entre los que se encontraba un joven García Lorca acompañado de otras promesas de la poesía española como Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y Antonio Machado, este último, mucho más evolucionado y conocedor de la bohemia madrileña. En otras palabras, quiero decir que, con el tiempo, todo se iba armonizando de alguna manera: primero una crónica, luego un poema, más tarde un libro de crítica literaria sobre algunas de las figuras más importantes que ha dado la literatura insular desde sus orígenes y, por último, saber de su hermano Miguel, su amigo Claudio de la Torre y el posterior desarrollo de su vida dedicada al derecho y a las cosas que en derecho se producían dentro y fuera de Canarias.

“En sus crónicas hay una interpretación final de las cosas que ocurrían aquí, en el resto de España y en Europa”

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¿Qué le llevó a elegir a un personaje de Ganivet como pseudónimo? ¿Existía alguna afinidad con el considerado para algunos precursor de la Generación del 98 y para otros miembro de pleno derecho?

Se trata de una interesante pregunta ya que, precisamente, en la primera columna de El papel vale más titulada ¿Quién soy yo?, con fecha de 1 de octubre de 1958, Luis Benítez Inglott hace referencia a la historicidad, el uso imaginativo y naturaleza biográfica de Pío Cid, al menos, en todo aquello que se refiere a los reajustes, cuestionamientos y reclasificación del realismo finisecular contra el que se alzaron los modernistas. El Modernismo, conviene recordar, no fue solo un asunto en el que la belleza y la representación simbólica de la hermosura justificaban por sí solas dicho movimiento, sino la predilección por escribir relatos, poemas y otras narraciones de marcado signo autobiográfico. La subjetividad del “yo” y la producción literaria que gira en torno a los propios escritores se estudian hoy en día como si la literatura fuese un viaje hacia el propio conocimiento. En este sentido, Ángel Ganivet se recreó tanto en Pío Cid como, posteriormente, el cronista Benítez Inglott con el fin de ganar, en términos del citado entrenamiento modernista, en ejercicio personal o, como tantas veces repite el propio Pío Cid en la obra ganivetiana, “en mi experiencia individual”.

“Al leer los artículos no fue difícil darme cuenta de que su principal proyecto era la literatura, como ocurría con Ganivet”

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¿Qué importancia tuvo Luis Benítez Inglott hasta el punto de permanecer tantos años al frente de una columna de opinión como ‘El papel vale más’?

Su trabajo fue siempre continuado y persistente. Con el seudónimo Pío Cid, su labor se extendió casi ininterrumpidamente desde el 5 de octubre de 1958 hasta el 18 de diciembre de 1965, fecha de su última crónica, Adiós a César. Luis Benítez Inglott fallecería apenas tres meses y medio más tarde, el 2 de abril de 1966. Para este libro he seleccionado cuatrocientas crónicas publicadas en Diario de Las Palmas a lo largo de aquellos años. En cada una de ellas y en el marco de la psicología insular de aquel entonces, encontramos una implicación personal del cronista, un procesamiento de la información y una interpretación final de las cosas que ocurrían aquí, en el resto de España y en Europa. Dicho esto, en el presente volumen se incluyen también los datos de aquellas otras crónicas que no pudieron ser finalmente seleccionadas por diversos motivos: impresiones borrosas, omisión de líneas, corrimientos de tinta, deterioros del papel, ejemplares difíciles de manejar... pero la verdadera historia de sus crónicas es que hoy en día se cuentan por miles, que es evidente su fecunda labor literaria y que el público lector de finales de los años cincuenta y primera mitad de los sesenta le seguía cada tarde con el periódico en las manos debido, en nuestra opinión, a su peculiar manera de canalizar y transmitir aquellas cuestiones que, hazañosas o no, eran provenientes del mundo real.

A propósito de ese discurso referencial enriquecido con toda clase de convencimientos que caracterizan, como usted dice, las reflexiones de Luis Benítez Inglott ¿existe en el cronista algún tipo de inspiración particular relevante?

Al ir leyendo, una detrás de la otra, las crónicas que iba recuperando del inspirado Pío Cid, no fue difícil darme cuenta de que, al igual que ocurre en Los trabajos del infatigable creador Pío Cid de Ángel Ganivet, el principal proyecto de Luis Benítez Inglott, era la literatura, es decir, identificarse él a sí mismo con la literatura. De ahí que en sus crónicas podamos encontrar no solo episodios, ideas, desengaños, sucesos, vivencias, relatos, o circunstancias que le identifican de manera notable con su época, sino toda clase de relatos sobre el léxico de las islas, comentarios sobre cuando Canarias pudo ser inglesa, memorias sobre la generación del 98 y el Modernismo europeo, alusiones a la Guerra Fría, recorridos por la historia de las ideas y de la estética en la filosofía clásica, análisis sobre la antropología social y el proceso de transformación económica de Canarias, recensiones sobre sus últimas lecturas y toda clase de aproximaciones a lo que él consideraba composiciones imprescindibles.

Con la idea de centrarnos en este sentido creativo que parece caracterizar la obra periodística de Luis Benítez Inglott ¿qué destacaría de su labor como escritor? ¿Existe algún cliché literario que nos pudiera ayudar a definirle?

Luis Benítez Inglott se licenció en Derecho, participó en la segunda guerra de Marruecos originada por la sublevación de las tribus del Rif, perteneció al Ilustre Colegio de Abogados de esta ciudad, ejerció como jurista en múltiples ocasiones, desempeñó el cargo de Letrado Consistorial siendo alcalde Federico León García y, lo que yo creo a todas luces interesante, es que supiera agruparse en los primeros años del siglo XX con escritores de edades próximas, intereses comunes, estilos literarios similares y revistas que, con el tiempo, le hicieron evolucionar en el cronista que hoy recuperamos.

Después de este trabajo de búsqueda, averiguaciones y estudio sobre su obra periodística ¿cómo podríamos valorar su columna, su firma y ese empeño, por lo que usted dice, consolidado de realidad y de aproximación valorativa hacia aquella realidad insular de los años cincuenta y sesenta?

La cosas han cambiado mucho desde entonces. En El papel vale más. Crónicas de Luis Benítez Inglott con el seudónimo Pío Cid incluyo una serie de referencias que apuntan hacia todo tipo de modificaciones que se han producido en Canarias en los últimos años. Precisamente la importancia que tienen las crónicas de nuestro Letrado Consistorial radica en el relato que hace sobre cómo se iba gestando ese proceso de crecimiento en Canarias que ahora observamos. La natalidad, lenta y progresivamente, aumentó, se construyen hospitales y viviendas, los núcleos urbanos se rediseñan con la intención de parcelar el suelo y diseñar el ancho de las calles para el paso de los vehículos. Los extranjeros que se ven deambulando por la ciudad provienen de Inglaterra, Suiza y Alemania… Mientras todo esto ocurre, en 1960 asistimos en Europa a la segunda ola feminista; en 1962 Francia, Inglaterra y los Estados Unidos ponen en órbita el satélite Telstar; en 1964 Los Beatles publican A Hard Day’s Night, en 1963 asesinan al Presidente Kennedy en los EEUU y, a partir de 1964 en Canarias la publicidad anima a los canarios a renovar nuestra tecnología doméstica, cambiar radicalmente la moda y atrevernos a reformar el hogar que, en otras palabras, en justo lo que muchos de nosotros seguimos haciendo en la actualidad

¿Se puede decir que el columnista es una figura que quedó olvidada por el desarrollo de su periodismo en el franquismo?

No soy experto en Ciencias de la Comunicación pero, por todo aquello que haya podido leer para darle fondo a mis clases de literatura inglesa y el relato norteamericano en la Facultad, creo, si se me permite hacer algunas observaciones, que detrás de cada periodista represaliado ha habido otro que ha actuado como delator. Quiero decir que, durante el franquismo, los columnistas serviles o de uniforme, todos aquellos que se dedicaron a convencer a los ya convencidos, no sirven de mucho en la actualidad ya que, los estudios que hoy tienen un mayor predicamento editorial no se valen de la prensa franquista sino del periodismo reivindicativo, que lo hubo, sobre todo, a mediados de los sesenta, y de aquellos que supieron aprovechar el advenimiento de la nueva ley de prensa e imprenta de 1966 que, en una país en proceso de cambio, suponía tan solo una apertura “de cara a la galería” ya que la verdadera libertad periodística no llegaría hasta la muerte de Franco. En el caso del cronista Benítez Inglott, enviado a los campos de concentración de Fyffes y Gando junto a otros intelectuales canarios por orden de la rebelión militar en los años anteriores al estallido de la Guerra Civil, el oficio de cronista responde a una serie de funciones combinadas que, en su caso, y en el ejercicio cronístico de la profesión, son parecidas a las de un investigador -recuérdese, por ejemplo, la publicación de nuestro futuro cronista en 1927, Instituciones primitivas del derecho en Gran Canaria-, un diplomático, un consiliario, un observador, un oyente, un participante o un historiador oficial, que todas esas son capacidades del Pío Cid de Ganivet, designado en una demarcación local.

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