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Amigo, maestro y amante

‘Galdós enamorado’ recrea desde la ficción y la comedia la relación sentimental y epistolar que mantuvieron Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán

Emilio Gutiérrez Caba y María José Goyanes

Emilio Gutiérrez Caba y María José Goyanes LP/DLP

“Muy ilustre amigo y maestro”. Con esta expresión encabezaba la novelista Emilia Pardo Bazán (Coruña, 1851 - Madrid, 1921) una de sus primeras cartas al escritor Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 - Madrid, 1920) en abril de 1883. Entre ellos se cimentó una relación epistolar y sentimental que permaneció oculta, clandestina.

Casi un centenar de cartas remitidas por Pardo Bazán, y que forman parte de los fondos de la Casa Museo del escritor en la capital grancanaria, documentan este pasaje amoroso, con relatos subidos de tono por parte de Bazán conforme fueron pasando los años. El afectuoso “amigo y maestro” de los comienzos daba paso a expresiones como Miquito amado o Ratonciño mío, por citar algunas de ellas.

La relación entre la escritora de noble cuna, dramaturga y activista por los derechos de la mujer, y el autor de los Episodios Nacionales, es el punto de partida del montaje Galdós enamorado, segunda producción propia del Teatro Pérez Galdós este año, en colaboración con Euroescena, que llega en diciembre en el marco del Bieno Galdosiano, tras la puesta de largo de El último viaje de Galdós, tercera apuesta del Laboratorio Galdós, con dirección de Mario Vega; y a falta de presentar Fortunata y Benito, de Laial Ripoll, el 18 de diciembre.

“Es una suerte que podamos recuperarlo y llevarlo a buen puerto. Hemos estado todo el año con ello, y ha sido un ir tocando madera para intentar llegar a este punto donde nos encontramos”, explica el director salmantino Alfonso Zurro, en lo que es su primera dramaturgia sobre Pérez Galdós. El teatro capitalino, tras varios aplazamientos por la pandemia, prevé estrenar Galdós enamorado los días 3 y 4 de diciembre, con una posterior itinerancia por las Islas y Península.

“Esto es un invento”

Es la primera vez que Zurro trabaja a Galdós con proyección escénica. El dramaturgo reconoce que tiempo atrás “me propusieron hacer una versión de Doña Perfecta, pero se cayó”, y que no fue una empresa fácil hilvanar este Galdós enamorado. “Esto no es una versión de una de sus novelas -puntualiza-, es un invento que surge a partir de la historia que todos conocemos de la relación sentimental que mantuvieron oculta, que en su época no se conoció, entre Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán”.

La obra pivota sobre esa relación epistolar oculta, “que se conoció bastantes años después, como todo el mundo sabe, casi 50 años después de muertos los dos, por las cartas que teneis ahí, en la Casa-Museo Galdós”. La correspondencia de Pardo Bazán a Galdós es la puerta para profundizar en la relación, pero la ecuación estaba incompleta. “Las de Galdós a ella no han aparecido, y no sabemos nada de la otra parte”, señala Alfonso Zurro. Con estos elementos le parecía “difícil y harto complejo” trenzar la dramaturgia con “la visión de ella, pero no la de Don Benito”.

Escuchar a los personajes

Al segundo intento, Zurro se atrevió con el texto porque, como señala, “al final siempre nos mueven las dificultades, al menos en esta profesión, en cuanto más difícil, el intento es más atrevido”. Decidió que lo mejor era trabajar en “una dramaturgia para contar y escuchar a los personajes, y sobre todo inventar mucho, fabular. He seguido el rastro de los dos”.

Al igual que hacía Galdós, el director quiso también “inventar historias” en este relato “que luego pueden ser verdad, mentira, que pueden ser ciertas o no, es otra cuestión, nosotros las dejamos en el escenario sobre todo para que el público disfrute”.

Este Galdós enamorado esquiva los lugares comunes y populares por los que transita la vida y obra del escritor. En este sentido, Alfonso Zurro detalla que “he hecho algunas cosas de autores o personajes de tiempos pasados y me preocupa bastante no caer en la hagiografía de los personajes, que empiezas y parece que lo cuentas como si fueran unos santos, pues no es así. Y cuando te pones a hacer una dramaturgia de un personaje como éste, ya me pasó con un proyecto con Juan Ramón Jiménez, hay que tener cuidado”.

¿Cómo situaba a los personajes y de qué manera hablaban entre si?. “El primer problema con el que me encontré era meter a Benito y a Emilia; y el segundo y que me pareció atractivo y un poco detectivesco, qué pudo haber pasado con las cartas de Galdós?, afirma Alfonso Zurro .“¿Cómo hablaban ellos de estos asuntos y dónde ponía a Don Benito y a Doña Emilia?”, eran algunos de los interrogantes.

Sin bigote

El espacio temporal era otro, al igual que la caracterización de los dos personajes. Ahí están Emilio Gutiérrez Caba y María José Goyanes, a los que no costó convencer. “A ellos los convenció el productor Salvador Collado, y entraron rápido en el proyecto”, recuerda el director y dramaturgo.

Así, la vejez se difumina, prescidiendo de un encuentro en Madrid, ya mayores, “cuando ha terminado su historia”, en favor de un escenario casi onírico. “Están en una irrealidad, en una especie de ficción, en un limbo, en otro tiempo, con sus diálogos y las propuestas que hacemos sobre qué pudo pasar con esas cartas”, sentencia el director.

El bigote de Don Benito también se desecha en favor de un joven escritor, porque según el director, “hay cosas que son buenas dejarse arrastrar por ellas y me dejé arrastrar en la inventiva de algunas novelas”. De ese juego salió casi una comedia. “Desde la comedia podemos ir a otros lugares”. Un razonamiento que tiene que ver con los protagonistas: “tenían una gran inteligencia, y cuando se produce una relación tan apartada del mundo, descubres que los dos tenían que ser muy divertidos”.

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