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Sociobiología y altruismo

Sociobiología 
y altruismo

Sociobiología y altruismo

¿Qué es el altruismo? La disciplina que más nitidez resolutiva ha prestado a la explicación del altruismo es la sociobiología, formalizada por Edward O. Wilson en 1975, en Sociobiology: The New Synthesis, aunque el término ya había sido utilizado desde 1948 por el etólogo John Paul Scott. Se define el altruismo como la acción de un individuo en favor de otro individuo de su misma especie, incluso poniendo en peligro su vida, lo cual, en principio, parecería ir en contra de la supervivencia. La explicación que se da desde la sociobiología es que este comportamiento se integra en el individuo que lo lleva a cabo como resultado de la pulsión evolutiva del grupo de individuos, ya que, aunque se pierda por el individuo sacrificado la capacidad de reproducir los genes a una próxima generación, se está ayudando al colectivo, a otros individuos de la misma especie, con lo que el objetivo común, la supervivencia del genoma, está conseguido.

Los suicidios kamikazes, o los infanticidios femeninos, con diversas hipótesis, serían consecuencia de actos de altruismo sociobiológico de los individuos. En 1960, el biólogo evolutivo británico William Donald Hamilton completó matemáticamente el mecanismo socioevolutivo, aunque vinculándolo al parentesco cercano, siempre que el beneficiario reciba un beneficio superior al del costo que implica para el altruista. Ejemplos puestos por Hamilton lo fueron las abejas obreras, quienes se sacrifican por el bien de la colmena más que los zánganos, ya que estos son causantes de la reproducción sexual, en tanto que ellas son meros números con idéntico genoma.

Pues bien, como en las fórmulas dinámicas de los modelos presa-depredador, en las que se advera que una expansión de presas produce una expansión de depredadores, también ocurre que una expansión de caracteres altruistas produce individuos con una fuerte dependencia grupal, dispuestos a declararse occisos o vencidos ante el mandato social. El altruismo, pues, no es un hecho empático per se, sino que está inserto en el comportamiento grupal como un mecanismo socioevolutivo que pide a unos individuos que sacrifiquen su vida o su comodidad existencial por otros, y no por evanescentes causas justas, sino por supervivencia estratégica en el conjunto de seres de la misma especie. Interesa conocer que el anarquista Piotr Kropotkin estudió la ayuda mutua, en su El apoyo mutuo: un factor en la evolución (Londres, 1902), y basándose en sus estudios etológicos en los animales de Siberia, elucubró que lo que hoy se denomina altruismo, la cooperación y la ayuda mutua, era tan eficiente para los grupos de individuos como la competencia y la lucha mutua.

Donde hay crisis de inmigración también surge un negocio que arranca plusvalías de la inacción estatal para solucionarlo

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Estudios más actuales de sociobiología evolutiva definen el altruismo como una apomorfia, un comportamiento nuevo, el de la aversión al trato desigual, como han propuesto Sarah Brosnan, profesora de la Universidad de Georgia, y sus colegas, que consideran que el altruismo se encuentra en tres linajes emparentados: los cercopitecoideos, ceboideos y hominoideos, aunque Edward O. Wilson y Bert Hölldobler, con anterioridad, en 2005, lo habían detectado también en himenópteros y humanos, seres alejados taxonómicamente entre sí, y pertenecientes a clados distintos. El funcionamiento casi maquinal del rasgo altruista involucra la liberación cerebral de endorfinas, opiáceos endógenos, que se expanden produciendo altas dosis de bienestar ante un comportamiento altruista. La evolución, saltando al ser social, ha vinculado esa capacidad de felicidad intracerebral al altruismo, a fin de hacer que la percepción de igualdad de los congéneres sea, por la vía del autoplacer altruista, un recurso psicogenético exitoso para la población de los individuos en los que se desarrolla.

Y ahora a nuestro ejemplo: la reproducción de las ONGs es un efecto socioevolutivo entre los humanos, y quienes se aprovechan de ese, por así decirlo, instinto social, son las ideologías explotadoras de la lástima, normalmente plasmadas en la masa izquierdista. Los expertos saben que hasta enero o febrero de 2021, pulularán por las calles de Canarias unos 25.000 inmigrantes ilegales norteafricanos y subsaharianos, como previamente lo han hecho por Lampedusa, Lesbos, o el sur de Europa. En la calle porque la legislación aplicable prevé que no se puede quitar la libertad a alguien que formalmente solo ha conculcado una ley administrativa. Otra cosa es que empiecen a delinquir conforme al código penal y sólo entonces les corresponda ir perdiendo lentamente la libertad en función de sus actos. Entre tanto, la población pacífica de habitantes lugareños aguantará como pueda esa presión vital colectiva, como los mártires cristianos soportaban que los animales los devoraran en los teatros sin moverse, o los llevados al cadalso no se inmutan hasta caer ahorcados o guillotinados. Es la acción intracerebral de las endorfinas y oxitocinas que produce el altruismo. Efecto sociobiológico por el cual una población en su nicho ecológico permite ser presa de otra población que invade pero se interpreta que busca refugio. Estas derivas poblacionales se deben a muchos factores: la expansión de la ruina producida por las políticas ante la pandemia vírica, la guerra geolocalizada en las fronteras de Marruecos, Argelia y Mauritania, el interés por la minería de aguas archipelágicas y algún sinfín de motivos más que se hurtan a la población en general para que no se enfurezca, siendo que, de natural, el altruismo sociobiológico amansa las reacciones. Sin hacer prospectiva sobre lo que puede pasar, sí constatamos una tensión social inesperada, como dicen en América: ya la gata se subió a la batea. En todo movimiento inesperado de grandes poblaciones surgen necesidades que los políticos, ocupados en su propia situación, solo saben paliar acudiendo a gestores externos. Allí donde hay crisis de derivas poblacionales e inmigración también surge un negocio que arranca plusvalías de la inacción estatal para solucionar los problemas. Y como en la serie cinematográfica Suburra, dirigida por Stefano Sollima, una ciudad gentrificada, Roma, con políticos, eclesiásticos y mafiosos, hace negocios milmillonarios con las afluencias masivas de inmigrantes. Esa es, la venida de las ONGs externas, como las moscas verdes a la miel, la constitución de servicios que van a favorecer las invasiones, apoyadas en el fenómeno sociobiológico del altruismo, que produce xenofilia y torrentes de endorfinas intracerebrales ante los Open arms y termina ocurriendo que unas poblaciones vienen y expulsan a otras poblaciones que están, transformando su nicho ecológico. Y la vida sigue.

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