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Letras

Gonzalo Moure Trenor: “El trabajo de los bibliotecarios del Sáhara es fundamental en los niños”

“El trabajo de los bibliotecarios del Sáhara es fundamental en los niños”

“El trabajo de los bibliotecarios del Sáhara es fundamental en los niños”

Gonzalo Moure Trenor nació en Valencia en 1951, ha trabajado como periodista y como guionista de televisión. Desde que dejó el periodismo, hace tres décadas, ha escrito más de cuarenta libros en los que profundiza en el ser humano y en su relación con la naturaleza. En 2017 fue galardonado con el Premio Cervantes Chico “por la extraordinaria calidad literaria del conjunto de su obra y por su amplia y brillante trayectoria profesional”. Asimismo es uno de los fundadores de la Asociación Escritores por el Sáhara-Bubisher, que ha construido y mantiene cuatro bibliotecas en los campos de refugiados de Tinduf. 

Un día cualquiera iba usted caminando por la ciudad de Las Palmas, observó a un padre pasear de la mano de su hija y nació Mi lazarilla, mi capitán. ¿Qué supuso para usted esa escena?

Ternura, primero. Y también una tremenda historia cotidiana que merecía ser mirada, primero, y contada, después. Fue en marzo del año pasado. Los vi caminando por el Parque de San Telmo, había ido a Las Palmas a trabajar con la Asociación Española por la lectura (AELE), dentro del programa Escribir como lectores. El padre era ciego y la niña tenía un parche en un ojo. No me cupo duda: el padre llevaba a la niña al colegio, pero también ella “le llevaba”, era su lazarilla. Rebosaban alegría, pura belleza. Esa misma noche, en el avión de vuelta a la península, escribí el borrador. Y nada más presentarlo a la editorial me dijeron que adelante, entusiasmados.

Por lo que las historias están ahí, latiendo en las calles, esperando a ser contadas…

¡Claro! Hace unos años publiqué otro álbum, El arenque rojo, en el que no había palabras. Solo doce escenas consecutivas de un parque con mucha gente: niños jugando, adultos, un músico, alguien escribiendo, alguien leyendo… Parecía que no pasara nada, pero si empezabas a mirar con un poco de profundidad, veías que allí había muchas historias. Era una propuesta para el “lector”, para que él mismo “escribiera” en su mente aquellas historias. Así que para Mi Lazarilla, mi Capitán, hice lo mismo, pero en un parque real: miré y… escribí.

Mi lazarilla, mi capitán refleja el mundo interior de los niños, sus miedos y sus sueños. ¿Qué queda en usted del niño que fue?

¡Mucho! Gracias a tu pregunta recuerdo ahora que mi madre fue mi “capitana”, que me llevaba a los parques, sí, pero que mientras yo jugaba ella escribía preciosas historias de un bosque de hoja caduca. Por la noche me las leía, y de aquella magia de las palabras nació mi pasión por la literatura, mi deseo de llegar a ser escritor. Así que en este álbum están Lazarilla y Capitán, pero también estamos ella y yo, caminando de la mano por las calles de Valencia… Creo que escribir sobre niños y jóvenes es también hacer un ejercicio de memoria, ser capaz de convertirte en el protagonista, “ver” a través de sus ojos, sentir el latido de su corazón desde el tuyo.

La lectura del álbum ilustrado invita a hacer un viaje por los sentidos. ¿Cree que con los estímulos digitales vivimos desconectados de nuestra esencia?

Desde luego. María Girón, a la que elegimos para hacer las ilustraciones, ha impartido una lección magistral en este libro. Por un lado está lo que dice la niña, y eso es lo que le mandé. Pero fue ella la que entró en el corazón de Lazarilla, y pobló su mundo de animales, convirtió el parque en una selva, el paso de cebra en un puente sobre un río… Así que puedes leer el libro, sí, pero puedes perderte en todos esos detalles, tan ricos, tan sabrosos. Y el álbum se convierte exactamente en eso: contra la prisa y la inmediatez, la mirada profunda, sin prisa, al ritmo real de la vida.

Con la publicación del libro no terminó la historia. Usted buscó a los verdaderos protagonistas y contactó con ellos. ¿Por qué?

¡Porque se lo debía! Ellos, sin saberlo, me habían dado una hermosísima historia, así que tenía que intentar devolverles algo, aunque solo fuera el álbum… Fue un trabajo detectivesco, hasta que di con la bibliotecaria del Colegio Iberia la que me confirmó que sí, que tenía que ser esa niña, cuyo padre… Para mí fue emocionante, a más no poder, hablar con ellos. Y que me dijeran cuánto se parece lo que yo imaginé a la realidad de su vida. La niña real no es “casi ciega”, como en el álbum, pero lo demás es así: ella es la lazarilla de él, que a su vez la lleva al colegio. Estaban (están) felices por haber inspirado esta historia.

¿Qué le supuso conocer la historia real que previamente se había imaginado?

Emoción, sí, pero también la confirmación de algo que siempre he creído y que es la columna vertebral de todo lo que he escrito: la literatura no es una cuestión de imaginación, sino de mirada, de curiosidad. Luego, sí, puedes usar la imaginación, pero como una herramienta. Y con ella escrivives, haces de la literatura algo vivo, real. Puede que lo que escribas no sea exactamente la realidad, porque es otra posibilidad de la propia vida, y con esas ficciones haces del ser humano algo más rico, más completo. Y es que la literatura es el laboratorio del hombre.

Usted tiene una estrecha relación con el Sahara. ¿Qué opina de lo que está ocurriendo?

Sí, llevo 25 años viajando a los campamentos, y trabajo allí con los niños y jóvenes. Y por eso conozco de sus labios y corazones la tremenda orfandad que supone un exilio de 45 años, la indiferencia de los que fuimos sus “dueños”, la injusticia, el dolor de que haya más de doscientos mil saharauis en los cementerios del destierro, que murieron sin poder volver a la tierra que los vio nacer. Después de tanto olvido, a quién le puede extrañar que recurran a una guerra que la ONU reconoce como legítima, cuando no piden nada que no esté en sus derechos, como el de decidir su futuro en un referéndum. La guerra, que es algo doloroso y que nadie quiere, se detiene en el mismo instante en el que la ONU diga que sí, que se va a celebrar ese referéndum.

¿Dejarán de ser los eternos olvidados?

Por unos días. La lucha del pueblo saharaui, desde el año 1991, cuando por fin se les prometió el referéndum, ha sido ejemplarmente pacífica, como la huelga de hambre de Aminetu Haidar en Lanzarote, como la resistencia diaria de los saharauis bajo la ocupación y la negación de su cultura y sus tradiciones. Hay saharauis con largas condenas, incluso cadena perpetua, por haber participado en el campamento de la dignidad en Gdeim Izik, en El Aaiún. Y nadie se acordaba de ellos. Han tenido que recurrir a la guerra, empujados por la potencia ocupante de su tierra, para que se hable del conflicto. Pero la diplomacia trabaja ya para enterrarlos de nuevo en la arena del olvido, para fingir que “no pasa nada”.

“Conozco de sus labios y corazones la tremenda orfandad que supone un exilio de 45 años”

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¿Cómo surgió la idea de fundar bibliotecas en los campamentos de Tinduf?

La idea surgió en un colegio de Galicia. Les estaba hablando de la situación en el Sáhara, habían leído uno de mis libros Palabras de caramelo que transcurre en el país y uno de los niños, eran más de quinientos, me dijo: “Y si no tienen libros, allí en el Sáhara, por qué no llevamos un bibliobús” y yo le contesté: “Y cómo lo llevamos, de dónde lo sacamos”, el niño siguió insistiendo y él y sus compañeros se comprometieron a ahorrar para conseguir el autobús y llevarlo al Sáhara. Y ahorraron 3.000 euros, que no daba para un autobús, pero sí para empezar con el proyecto. Se hizo realidad tres años más tarde, con el dinero de los niños gallegos. Poco a poco se fue sumando más gente, y ya llevamos doce años trabajando.

¿Cómo se financia?

Se financia con socios, pero sobre todo con la venta de libros escritos por los niños saharauis. Les dirigimos nosotros, concretamente Mónica Rodríguez; el proyecto se llama Arena y Agua. La parte de Arena consiste en cuentos escritos por niños de un colegio de Madrid. La Parte de Agua, son escritos por niños de la biblioteca de Smara. Yo dirijo El niño de luz de plata y con todo esto financiamos los sueldos de los trabajadores y la construcción de las nuevas bibliotecas. Es muy bonito que los niños del Sáhara escriban cuentos y los compren niños españoles que ayudan a financiar el proyecto.

¿Qué suponen para los niños y las niñas saharauis la existencia de estas bibliotecas?

Creo que su trabajo está siendo fundamental para mantener la tranquilidad en los corazones de sus niños. Bubisher tiene cuatro bibliotecas públicas, cuatro bibliobuses que recorren los campamentos y acuden a los centros escolares. Veinte jóvenes saharauis licenciados trabajan en las bibliotecas y las “biblioguaguas” para promover la lectura y la cultura, con miles de niños que reciben su cariño y su ayuda. Miles de “lazarillas”, un puñado de capitanes. Y en estos momentos cuando los padres y hermanos mayores se han ido como voluntarios a los cuarteles, el estrés de estos niños es enorme. Por eso las bibliotecarias intentan crear un ambiente reflexivo, sí, pero divertido, con actividades de tetro, cine, poesía.

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