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La Provincia - Diario de Las Palmas

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‘Potlatch’

Andreas Gursky, ‘Amazon (2)’. LP/DLP

En chinook, lengua franca en la costa septentrional del Pacífico, potlatch da pie al nombre de una ceremonia, por ejemplo entre los indios kwaikiult, que consistía en regalar, donar de modo ostentoso, excesivo hasta el despilfarro. Exhibición y destrucción de riquezas y destrucción en una fiesta. “Pródigo con los bienes de uno para hacer ver que no les da importancia, para humillar a los rivales mediante el despilfarro instantáneo de riquezas acumuladas” (Benveniste).

Una provocación a los demás a gastar a su vez con un gasto superior; una ceremonia de rivalidad para conseguir prestigio mediante la ofrenda de grandes regalos que obliga al donatario a responder con otros de mayor valor.

¿Hay vestigios hoy de tamaño ritual? Yo respondería afirmativamente, de modo rotundo, recordando la presencia permanente de derroche que Bataille denominaba “parte maldita”, ese lujo auténtico que exige el desprecio cumplido de la riqueza. Un esplendor infinitamente arruinado.

Se cuenta que un aristócrata parisino- siglo XVIII- al regresar de un viaje, pudo comprobar que su hijo no había gastado, o apenas, el dinero que le había dejado; le reprochó severamente no haber sabido mantener su rango durante su ausencia y, abriendo la ventana, arrojó todo el dinero que le quedaba (Elias). Como en el potlatch, el énfasis hay que ponerlo en la pérdida. En el magnífico Ensayo sobre el don, Mauss a las prestaciones totales, como denomina a las ceremonias del potlatch, las califica, no en vano, de agonísticas.

Gasto, despilfarro, derroche, son los elementos constitutivos y regulativos de unos estilos de vida que se conforman en los escaparates y en los grandes almacenes. No debe sorprender, entonces, esas frenéticas aglomeraciones en los días de fiesta. Sorprende, en cambio, esa obstinación de los mandatarios, en plena pandemia, de intentar a toda costa salvaguardar la Navidad como una ceremonia y un ritual agonísticos donde sólo cobra sentido el gasto a través de los regalos cargados de rivalidad y porqué no, de humillación. Cuestión de rango y prestigio de altísima visibilidad. Y hay quien habla, ingenuo y necio, del amigo invisible.

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