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Entrevista

José Carlos Guerra Cabrera: “No es real la idea de que Óscar Domínguez fuese apolítico”

“Era un devorador de mujeres. Westerdahl lo vio en en acción y dijo: ‘es un hombre arbitrario, consume dos mujeres por día”, afirma el autor de ‘Óscar Domínguez: obra, contexto y tragedia’

El historiador del arte José Carlos Guerra Cabrera

El historiador del arte José Carlos Guerra Cabrera LP/DLP

Ningún detalle de la vida y trayectoria del artista canario (La Laguna 1906-París 1957) queda al albur en el extenso e intenso libro sobre el creador surrealista, cuyo recorrido vital está tan lleno de excesos como de carencias. El catedrático Guerra Cabrera ( Islas Canarias, 1947) aborda, además, el estudio de sus exposiciones, compras de obras y precios, un tejido que permite conocer de manera pormenorizada la evolución del pintor en el mercado hasta la actualidad, donde goza de una cotización que no pudo ver en vida. La excavación documental es otro de los méritos de la obra, prolija en la reproducción de expedientes hasta ahora desconocidos, relativos a su suicidio o a la represión que sufrió por el Régimen de Vichy, así como en la indagación de datos que desmienten su apoliticismo y que abundan en su relación con las mujeres, o que desvelan su etapa de falsificador, entre otros aspectos que nos trasladan hasta la personalidad atractiva, pero atormentada.

Tras conocer su amplitud y exhaustividad, una pregunta de rigor: ¿algún aspecto de de Óscar Domínguez al que no llegó?

Claro, varios. Por ejemplo, en una carta de noviembre de 1949 al pintor italiano Renato Birolli, Maud Bonneaud [sería con los años la pareja de Eduardo Westerdahl] cuenta que Domínguez iba a ganar una importante suma de dinero por un pequeño papel que iba a hacer en una película. No es el corto sobre él de Alain Resnais en 1947. No he logrado encontrar esa película. Tampoco he llegado a dar una respuesta a por qué el Estado francés, después de adquirir la obra L´Atlantide, en 1954 para el Museo Nacional de Arte Moderno, la depositó en enero de 1955 en el Museo Goya, de Castres, donde todavía se encuentra.

¿Cuál fue el estímulo para abordar el estudio?

Creo que la obra de Domínguez había sido estudiada muy bien por Fernando Castro y, posteriormente, por Julie Legardien, Liliane Cuesta, Emmamuel Guigon, Pavel Stepanek, Pilar Carreño, Isidro Hernández, Lázaro Santana.., pero no la actividad expositiva, especialmente las exposiciones colectivas en que participó, la crítica que tuvieron -he trabajado con trescientas reseñas de la prensa de París, de Bruselas, de Zürich, de Ginebra, de Nueva York…-, el caché que alcanzó como artista y la apasionante operación surrealista de introducir en el mercado del arte pastiches de Giorgio de Chirico, del que Domínguez y Paul Éluard fueron brazos ejecutores. Luego, en el curso de la investigación, surgieron varios aspectos de la biografía de Domínguez que se desconocían o estaban mal datados, por ejemplo la exposición en Nueva York en la Hugo Gallery, su matrimonio con Maud Bonneaud, la nacionalización francesa... Encontrar las reseñas me ha exigido un trabajo laborioso, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional Francesa sobre todo. Por otra parte, desde el punto de vista documental, han sido muy fructíferas las visitas a la Biblioteca Kandinsky, en el Centre-Pompidou; a la Biblioteca Jacques Doucet, donde están las cartas de Domínguez a Breton, también en París; a los Archivos Nacionales de Francia, en Pierrefite-sur Seine para el expediente de nacionalización de Domínguez); al IMEC de Caen, con los fondos de la Galerie de France, para la que trabajó Dominguez de 1950 a 1953, y al Gabinetto Vieusseux, en Florencia, para la colección de cartas de Domínguez y Maud Bonneaud a Renato Birolli.

Usted desarrolla un estudio de la trayectoria del artista con las reseñas publicadas de sus exposiciones, precios de las obras, cuadros en venta... ¿Por qué Óscar Domínguez fue un valor en alza a posteriori?

Sí, Domínguez es un valor en alza en el siglo XXI, pero no en el siglo XX. El surrealismo en los años treinta del siglo pasado no tenía buena venta. En la gran exposición surrealista internacional de enero-febrero de 1938 en París se presentaron más de doscientas obras y sólo se vendió un lienzo de Max Ernst. Luego vino la Segunda Guerra Mundial, la Ocupación de París, el racionamiento, las autoridades alemanes considerando el arte moderno como degenerado y, después, los años duros de la posguerra. No fueron buenos años para el mercado del arte y Domínguez lo sufrió en sus propias carnes. Pasó penurias en París, aliviadas en parte por sus exposiciones en la antigua Checoslovaquia en el período 1946-49, en donde sí vendió. En vida Domínguez solo tuvo un período económicamente desahogado, de 1950 a 1954, el único en el que tuvo un buen marchante, Gildo Caputo, que supo promocionarlo. Él mantuvo siempre una actitud hostil hacia los marchantes. Creía que se quedaban con unos porcentajes desmesurados de las obras que vendían. Y acudió a ellos lo menos posible. Fue un error en una persona tan anárquica como él, poco interesada en la promoción de su figura. Nunca estuvo Domínguez tan presente en la prensa francesa e internacional como en los años en que Caputo fue su marchante y nunca en su vida ganó tanto dinero como en esos años. En lo que va de siglo Domínguez sí está siendo reconocido en el mercado del arte. Sus obras, especialmente algunas del lustro 1935-1940 –los años del mejor Domínguez, el de la pintura onírica, el de las calcomanías, el de sus maravillosos objetos surrealistas, el de las pinturas cósmicas o de redes, el de las pinceladas automáticas e inconscientes– se están vendiendo en Sotheby´s o Christie´s por más de dos millones de euros.

¿Qué existía realmente detrás de su personalidad bohemia y expansiva? ¿Su final trágico nos lleva a concluir que era un personaje atormentado?

Domínguez fue una personalidad compleja, bohemio y expansivo, pero también profundamente depresivo. Hijo de un rico hacendado platanero, tuvo una infancia dorada en La Laguna y en Tacoronte, haciendo lo que le placía. Cuando su padre lo envió a París con 21 años para que se familiarizara con las actividades comerciales de la venta de fruta, recibía una asignación mensual que le enviaba su padre desde Tenerife y él vivió intensamente la noche parisina y se enamoró de París. Su padre murió repentinamente cuando se había endeudado para mejorar y ampliar sus fincas y Domínguez se encontró con que tenía que ponerse a trabajar para ganarse la vida a los 25 años en París. Tras una breve dedicación al diseño industrial, se centró en la pintura. Se sabía dotado para ello, era una actividad que le placía y él era un hombre que hacía lo que le agradaba. Pero ni el tipo de pintura que le gustaba hacer, la surrealista, ni el periodo turbulento que le tocó vivir, favorecían que él se pudiera ganar la vida pintando y, de repente, por primera vez en su vida, se enfrentó a la escasez y al hambre. Yo creo que esta nueva situación vital, de la que no sabía cómo escapar, fue la que generó el Domínguez atormentado. Durante la Ocupación de París, entró en una relación estrecha con Picasso, propiciada porque ambos, al contrario de la mayoría de los pintores de vanguardia, decidieron quedarse en París durante la ocupación alemana. Picasso se dio cuenta de la genialidad de Domínguez y le permitió que visitara su estudio en la rue des Grands-Agustins diariamente. La influencia de Picasso sobre Domínguez fue enorme. Su pintura dejó de ser surrealista para tornarse picassiana a todo lo largo del lustro 1940-1950 y, lo que es más importante, Domínguez se trazó como objetivo alcanzar la misma preeminencia artística que Picasso. La frustración que le producía no lograrlo aumentó su depresión y convirtió su vida en un tormento. El compositor americano Ned Rorem, que compartió mesa con él casi diariamente en las residencias de Marie-Laure de Noailles en París y en Hyères desde 1952 hasta la muerte de Domínguez, dijo en sus memorias que Domínguez bebía porque no era Picasso. Marie Laure, por su parte, le dijo a James Lord, el biógrafo de Giacometti, en el verano de 1957, unos meses antes de que Domínguez se quitara la vida, que Domínguez tenía una obsesión totalmente descontrolada con Picasso y que Picasso representaba para él el símbolo de su fracaso como artista. Domínguez preparó concienzudamente su última exposición individual, la de noviembre de 1957 en la Galería Rive-Gauche. Vendió algunos lienzos, pero no los esperados, y, sobre todo, la exposición pasó casi desapercibida en la prensa parisina, que tenía puesta la atención en la abstracción. Domínguez tomó entonces conciencia plena de que él no iba a tener el éxito y el reconocimiento universal de Picasso y se suicidó el día de fin de año de 1957.

¿Cómo le afectó su enfermedad?

Sus amigos de Tenerife establecieron una relación causal entre su suicidio y la acromegalia. Además, Westerdahl sostuvo que Domínguez se había negado a tratarse la enfermedad. Yo no creo ni una cosa ni la otra. En una carta de Benjamin Péret desde Méjico en enero de 1945 a Breton, que estaba en Nueva York, cuenta que Albert Godet, que acababa de llegar a Ciudad de Méjico, procedente de París, le había informado de que Domínguez se había operado de un tumor en la cabeza, pero ya se había recuperado. La acromegalia la produce un tumor benigno en la pituitaria y la operación es el mejor remedio para su curación. Por otra parte, durante su relación amorosa con Marie-Laure de Noailles, de 1953 hasta su muerte, Domínguez, estaba siendo tratado por un médico amigo de Marie-Laure, Lucien de Gennes, especialista justamente en enfermedades de las glándulas endocrinas y autor de un manual famoso titulado Maladies des glandes endocrines. Según consta en el expediente policial de su suicidio, que reproduzco íntegramente en el Apéndice Documental, cuando este médico fue informado del suicidio de Domínguez, dijo que padecía de depresión mórbida. Ninguna de las personas que tuvieron en una relación estrecha con él en los últimos años de su vida, como Marie-Laure, Ned Rorem, James Lord, Géo Dupin…, hablaron de la acromegalia como causante de su suicidio. Por ello, yo creo que esta enfermedad, si es que la seguía teniendo en la década de 1950, no fue determinante en su trágico final, sino la tristeza y desesperanza que le producía el desajuste entre el objetivo tan elevado que se trazó como pintor y la pobre acogida que estaba teniendo su obra a partir de 1955.

Uno de los aspectos más desconocidos de su vida es la faceta política, no considerada o minimizada por estudios anteriores. ¿Hasta qué punto estaba implicado?

La idea, muy extendida, de que Domínguez fue una persona apolítica yo creo que no responde a la realidad. Desde 1938 a 1955 Domínguez estuvo presente en todas las actividades artísticas de los pintores españoles de la Escuela de París en pro de la República. Él fue en diciembre de 1938, en plena Guerra Civil, uno de los fundadores del llamado Fondo Picasso, que recaudaba dinero para abrir comedores para los niños de las grandes ciudades españoles bajo control del gobierno republicano, entonces bombardeadas por la aviación alemana e italiana especialmente. En julio de 1939 participó con la élite de la vanguardia parisina, Picasso, Braque, Matisse, Kandinsky…, y los poetas Paul Valéry y Paul Éluard, en la exposición en la galería Jeanne-Bucher-Myrbor de París, de nuevo en pro de los niños españoles, de los que estaban dispersos en los campos de concentración del sur de Francia. En diciembre de 1944 ingresó en la Unión de Intelectuales Españoles, una asociación creada por Picasso, Quiroga Pla, Victoria Kent, Corpus Barga, entre otros, en París poco después de la liberación de la ciudad, para restablecer la democracia en España. Participó desde 1945 a 1955 en una decena de exposiciones antifascistas, como la de El arte de la España Republicana, en Praga, en 1946; la exposición organizada en Burdeos por asociaciones del exilio para conmemorar el segundo centenario de la muerte de Goya, en la que Pau Casal dio un concierto; la gran exposición L´Art espagnol en exil, de 1947, en Toulouse y París, organizada por los anarquistas; en la Contrabienal en París, en 1952, organizada por Picasso; en el homenaje a García Lorca en París en diciembre de 1953, en donde presentó Vert, una interesantísima ilustración del poema El Romance sonámbulo (Verde que te quiero verde); también en la de 1955 en París, en el homenaje a Antonio Machado. Además, pintó cuadros políticos. De algunos de ellos, sólo se conocen los títulos, como À bas le Pape, presentado en el Salon des Surindépendants de 1946 en París o, a fines de ese mismo año, À bas le fascisme, en la Exposición Internacional de Arte Moderno organizada por la Unesco, también en París. De las obras políticas de Domínguez conocidas, destaca Franco sobre España (Galería Nacional de Bratislava), en donde representó al dictador como un monstruoso caballero medieval cuadrúpedo. Domínguez no fue un activista político, pero sí una persona que se interesó por la política y puso en determinados momentos su arte al servicio de sus ideales políticos.

Uno de los puntos más interesantes de la obra es su relación con el periodista César González Ruano, que introduce a OD en el mundo de las falsificaciones artísticas. ¿Cómo aborda en su libro esa actividad entre delictiva y bohemia?

La relación de Domínguez con González Ruano tuvo lugar en París desde mediados de 1941 a finales de 1943. En aquel París ocupado, con cartilla de racionamiento, se hacía de todo por sobrevivir. González Ruano se había quedado entonces sin la corresponsalía del ABC y se dedicó a vender arte falso haciéndose pasar por un marqués español venido a menos que vendía su colección de arte a precios razonables. Domínguez, Manuel Viola y García Condoy le proporcionaron falsificaciones que él vendía como auténticas. González Ruano lo contó en su novela Manuel de Montparnasse, un pintor en el que se pueden apreciar claramente rasgos de Domínguez.

La vida en París de Óscar Domínguez está rodeada de la épica salvaje que acompaña a los artistas, con episodios verdaderamente brutales. Uno de ellos es el referido a Brauner, donde el artista pierde un ojo a manos del OD de manera accidental, pero durante una pelea cargada de mucho alcohol... ¿Imagino que influyó en la aureola de incontrolado que tenía?

Sin duda. Domínguez, una persona extremadamente amable cuando estaba sobrio, ebrio se volvía muy agresivo. James Lord cuenta que a Domínguez se lo conocía en París en la década de 1950, entre otras cosas, por el episodio Brauner. En el libro se cuenta con detalle ese episodio, según la narración que hizo la surrealista belga Irène Hamoir, que estuvo presente.

Las mujeres también ocupan un espacio generoso. ¿Cómo fueron esas relaciones? ¿Quién le influyó más?

Domínguez fue un devorador de mujeres. Westerdahl lo vio en acción, en París, en una de las visitas que le hizo desde Tenerife y su comentario fue: “Es un hombre arbitrario que consume dos mujeres por día”. Pero con cinco de ellas mantuvo una relación permanente: la pianista polaca Roma Damska, con la que vino a Tenerife en 1933; Marcelle Ferry, excompañera de Breton y de Hugnet, una relación intensa pero corta (1936-38), que simultaneó con la de Roma Damska; Maud Bonneaud (1943-1950), con la que contrajo matrimonio en marzo de 1948; la acaudalada escultora belga Nadine Effront (1950-53), y la millonaria Marie-Laure de Noailles, la vizcondesa mecenas del arte de vanguardia (sufragó La edad de oro de Buñuel). Desde el punto de vista cultural, las que más lo enriquecieron fueron Maud Bonneaud, una joven licenciada en Letras con una sólida formación literaria, y Marie-Laure de Noailles, una mujer refinada, culta, escritora y pintora, integrada hasta la médula en Le Tout-Paris, poseedora de una impresionante colección de arte de vanguardia. Domínguez estuvo unida a ella desde 1953 hasta su muerte. Marie-Laure fue mecenas de Domínguez. El famoso objeto La brouette capitonnée, una carretilla comprada en una ferretería que Domínguez acolchó y abotonó, lo había adquirido a finales de la década de 1930 y, posteriormente, en la década de los cincuenta, compró a Domínguez numerosos lienzos y esculturas de hierro forjado para su residencia en Hyères y para la de su exmarido en Grasse.

¿Se puede decir que en la década de los cincuenta del pasado siglo OD era un personaje acabado por el alcohol y por su enfermedad?

No lo creo. Domínguez en el verano de 1957, en Hyères, esta bien vivo e ilusionado preparando lo que iba a ser su última exposición. Si Domínguez hubiera ido ajustando mejor sus ambiciones artísticas a la realidad de su carrera, habríamos tenido Domínguez para muchos años más. Murió con solo 51 años, suficientes para convertirse, con Manolo Millares, en los dos artistas canarios más universales. Los dos tienen obra en los dos templos museísticos de arte moderno del mundo: en el MoMA de Nueva York y en el Museo Nacional de Arte Moderno-Centro Pompidou, de París.

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