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Entrevista

Jorge Boccanera: “La poesía sigue en lo suyo”

El poeta argentino recibe en 2020 el premio honorífico José Lezama Lima, de Cuba. En esta entrevista reflexiona sobre su obra y la nueva normalidad

Jorge Boccanera

Jorge Boccanera

Decía José Saramago que en la poesía de Jorge Boccanera (Bahía Blanca-Buenos Aires, 1952) “no hay espacios vacíos”, porque su escritura refleja la intensidad del lenguaje. Y me atrevería a decir también que no existe en Latinoamérica otra voz que se aventure a concretar la expresión contundente con la que la poesía salpica, retuerce o hace estallar el idioma: “No hay letra, hay dentellada”, afirma Boccanera.

Me refiero a una voz que retrata un mundo temático en movimiento, donde prima el jadeo del viaje, como experiencia personal y exploración de la palabra, que entremezcla el fraseo argentino, la imagen surrealista y la itinerancia, balizas sobre las que sobrevuela un profundo equipaje metapoético. Su lectura nos entrega de una forma descarnada una transfusión de desconcierto. Ciertamente, revela un efecto epifánico hábilmente construido con versos que aglutinan el asombro y el caos, y nos obligan a seguir leyendo con avidez el poema siguiente. Es, a todas luces, un viaje fronterizo entre los límites de la palabra y la extrañeza del idioma.

Autor de una obra poética consolidada con títulos como Polvo para morder (1986), Sordomuda (1990), Bestias en un hotel de paso (2001), Palma Real (2008), o recientemente Monólogo del necio (2015), ha sido reconocido con premios internacionales en Cuba, Italia, España o México. Asimismo, ha publicado distintos ensayos sobre poesía, Sólo venimos a soñar. La poesía de Cardoza y Aragón (1999) o Tierra que anda. Los escritores en el exilio (1999); narraciones: La pasión de los poetas (2002), antologías, historias de vida, y un género de entrevistas en la serie Entrelíneas. Fue secretario de redacción de las revistas Plural, Crisis, director de Nómada y colaborador en distintas agencias de noticias, entre las que destaca Telam.

Una trayectoria periodística que derivó en la recopilación de crónicas titulada Fricción (2013). Aprovechando la recepción del Premio honorífico José Lezama Lima (2020) de Cuba, y la reciente aparición en Argentina de su obra poética reunida bajo el título de Tráfico / Estiba (2020), recorremos sus casi 50 años de escritura, sin dejar de abordar también la inusual experiencia de la creación poética en medio de la pandemia.

Ante el desconcierto de esta nueva normalidad, ¿cómo pasas los días?

Con un pie hundido en la incertidumbre y el otro en el pedal del camino. Ese pie debe ahora caminar más, trabajar y soñar. No puedo evitar al salir a la calle sentirme parte de una escenografía de ciencia ficción; un sobreviviente de males anunciados no sólo por los vaticinios de los heraldos negros vallejianos y otras voces poéticas que alertaron sobre la deshumanización del ser, sino por hechos tangibles; desde las guerras bacteriológicas experimentadas en la primera conflagración mundial a la actualidad, a lo más grave: la depredación al medioambiente, un daño cuasi irreparable al ecosistema frente a la voracidad del poder financiero dominante.

Y a pesar de todo, ¿sigue sucediendo la poesía?

Cuando me preguntan qué sucede con la poesía inmersa en este marco de desolación, digo que sigue en lo suyo, ya que en consonancia con una circunstancia turbia que impide ver el camino, continuará desvelando la realidad, incluso en sus pliegues más enrevesados, a fuerza de interpelarla, de interrogarla. Y dije antes “vaticinio”, una condición propia del poeta, del “vate”, y doy apena un ejemplo: el poema Generación, publicado en 1974 por el argentino Horacio Castillo adelanta el clima que vivimos hoy. Dice: “nos sentíamos criaturas heroicas... Pero luego, entre ruinas, comiendo el pan del sobreviviente, / comprendíamos… avivábamos el fuego para ahuyentar la peste / y llorábamos por la siguiente generación”.

Visto así, el verso acomoda el golpe, ha resultado balsámico.

Aclarando que esta pandemia ha sido funesta, con cientos de miles de víctimas, hay cosas interesantes, como una pausa en el envenenamiento del medioambiente y la recuperación de algo de su flora y su fauna. Incluso, algunas especies que se creían aniquiladas han comenzado a aparecer en calles y plazas. Yo suelo ironizar al respecto y decir que entre esos animales “resucitados” ha aparecido también “la poesía”; ya que los medios de comunicación le han dispensado alguna atención en estas largas cuarentenas. Entre esas pocas cosas positivas, hay que mencionar una desaceleración obligada de la vida diaria que nos hizo a todos revisar nuestra interioridad y también observar el entorno; esa pausa de reflexión de la que hablaba el cubano Eliseo Diego cuando decía que al poeta lo diferenciaba una calidad de atención; lo que algunos entendidos llaman “la intensidad del instante”. Creo que en estos días recobramos en alguna medida, tal vez mínima aún, algo de la espiritualidad perdida en el marco de una sociedad que fabrica personas en serie para el consumo.

La vida cultural o las necesidades de consumo culturales han ejercido como vínculo en el encierro…

Como hemos venido diciendo, la pandemia es un viento que a la vez empuja y succiona. Así que tiene un lado trágico y otro que nos manda a revisitar nuestra interioridad en una gran pausa que permite tomar respiro de una modernidad vacía y a alta velocidad. No se percata que esa urgencia la imponen las modas, lo supuestamente “actual”, en definitiva, el consumo. De hecho, pienso que los reclamos de algunos delirantes por terminar con las cuarentenas no tienen nada que ver con ganar espacios de libertad, como aducen, sino con su obsesión por consumir. En medio del torbellino proliferan, como dices, actividades culturales restituyendo diálogos y debates necesarios sobre todo a través de las redes. De alguna manera, somos náufragos comunicándonos por Zoom, a veces con más voluntad por sumar eventos, que creatividad. En todos estos “encuentros” literarios que se multiplican por las redes hay algo de autismo, mientras no nos preguntemos por qué naufragamos.

A principios de 2020 recibiste el premio Lezama Lima, de la Fundación de la Casa de Las Américas, 44 años después de recibir el Premio Casa de Las Américas, en 1976 por el poemario Contraseña. ¿Qué aspectos de tu poesía se mantienen, y cuáles han desaparecido?

Creo que permanece, en convivencia con las imágenes, una trama dialogada que aún en los planteos más individuales y privados, incorpora al otro. Y lo integra, creo yo, en un ámbito de solidaridad, y por lo tanto, de reciprocidad. Hilando más fino podríamos decir que existe un elemento vincular que es central en la escritura: la metáfora como figura que acerca entidades disímiles. Otra cosa que siempre está es el gusto por los personajes, que le da un tinte teatral y que seguro viene de mis lecturas tempranas de la historieta y su influencia en lo que escribo. Se mantiene, además, un toque de fervor que le da una temperatura emocional al tema sin caer en el pathos de la vehemencia gratuita. Y seguramente aquello que se ha disipado tiene que ver con un ejercicio de corrección –y en esto soy muy riguroso- que ha ido recortando excesos, rebarba, hojarasca que le quita visibilidad al núcleo central del poema.

Así es, en tu poética hay una teatralización en torno a personajes recurrentes, seres que incluso dan nombre a poemarios, como la “sordomuda”.

Creo que tienen que ver con mi infancia en el puerto de Ingeniero White, en Bahía Blanca, lugar lleno de marineros, de forasteros, músicos ambulantes, artistas de los circos pobres, etcétera. Esos personajes llenaron de preguntas mi niñez: ¿de dónde venían?, ¿qué lengua hablaban?, ¿dónde se dirigían?, ¿alguien los esperaba en otro lugar? A esa atmósfera de fábulas y misterio, hay que sumarle entre otras influencias, los mundos de Ray Bradbury, Charles Chaplin y Federico Fellini. Creo que de ahí vienen los personajes que pueblan muchos de mis poemas, pero además llevo seis libros de historias de vida, indagando sobre el existir como aventura, como desafío. Y no dudo que también haya cumplido algún papel un libro que me compró mi madre cuando tenía doce años: Veinte mil biografías breves, todo en un tomito con letra muy apretada.

Te referías también a revisar y recortar los excesos y la hojarasca de la poesía. Me consta que realizas un trabajo intenso de corrección y de fermentación en cada poemario. ¿Cómo realizas dicha tarea?

No existe un método, una hora, nada que tenga que ver con un oficio o costumbre. Sí podría decir que trabajo el poema como una materia maleable y que me tomo mi tiempo, hago varias versiones, las dejo reposar, las voy “paladeando”. Ahora mismo corrijo –y corrijo, aunque suene extraño, aquello que está bien y que creo que tiene posibilidades expresivas- unos poemas cuyos borradores datan de 2015. Además, aspiro en cada poema a escuchar su voz. Me explico: cuando trabajo un texto es mi voz la que lo va diciendo, la que va enlazada a mi respiración hasta que, en un momento inesperado, el poema empieza a hablar, a veces, con un suave quejido. Entonces desaparece mi voz y queda la suya; es cuando sé que el poema está terminado.

Una elaboración que apreciamos en Tráfico/Estiba, donde además de tus once poemarios publicados, recopilas letras de canciones. Es perceptible que los viajes, el exilio y un cuestionamiento permanente del lenguaje, atraviesan temáticamente tu poesía. 

Justamente como lo dices, sobre todo como un viaje hacia exilios, pasiones, perplejidades, desmembramientos, búsquedas del sí mismo, vislumbres, cavilaciones, otredades, etcétera. Es un camino recorrido, desde ya, con más interpelaciones y preguntas que certezas. También lo veo como un extenso interrogatorio al tema del tiempo que, finalmente, creo que es el núcleo alrededor del cual se congregan los diversos ejes de la poesía.

Podría entenderse este “jadeo del viaje”, así se ha definido tu obra, como la necesidad de intensificar el sentir del tiempo en relación con el “estar”.

Sí, claro. De ahí la búsqueda del ser humano por un sentido que justifique su presencia en este mundo. La poesía de todos los tiempos, mayormente va marcada a fuego con una metafísica del ser y su abanico de interrogantes sobre la existencia. Justamente estoy escribiendo sobre la poesía del argentino Oliverio Girondo, una de las voces más destacadas de la poesía en lengua española, que vuelca su nihilismo y su mirada corrosiva sobre la realidad y sus aspectos más contradictorios y absurdos, el vacío desintegrador y la nada devastadora. Girondo escribe con torsiones de lenguaje, lo desarticula, usa palabras fusionadas e imágenes amorfas. Tu pregunta lleva a inquirir cómo vivimos hoy el destiempo de las redes sociales, el aceleramiento y el desplazamiento de los rituales cotidianos, las pausas de reflexión, la contemplación, la concentración; en suma, esa “atención” de la que hablábamos antes y que nos ha sido sustraída por un universo virtual que usa y formatea a la persona como un ser acoplado, adaptado.

Una relación con el universo virtual que me lleva a preguntarte por la “nueva poesía” nacida en las redes, cuyo eco comercial ha desbordado las expectativas. Me refiero a una poesía en la que, aparentemente, no hay exploración del lenguaje.

Coincido contigo. En este tiempo de redes sociales, lo que aparece como “nueva poesía” son textos lineales, sin respiración, ni lenguaje; además adolecen de un “yo” dramático y evidencian una falta de lectura. Creo que se privilegia un efecto flash, una instantánea, una pequeña anécdota o el esbozo de una idea. En general, lo que falta es desarrollo, una concepción de la poesía como algo ligado al trabajo. La poesía no es arrebato, es labor. Muchos se quedan en la antesala del diario personal.

A modo de final, teniendo en cuenta tus múltiples facetas como poeta, ensayista, entrevistador, biografista o dramaturgo, ¿qué escribes ahora?

Confieso que soy un animal disperso y más con esta tragedia de la pandemia que nos hace habitar tiempos dislocados. Justo llegó la cuarentena cuando dejaba la agencia noticiosa Telam y mi curso en la universidad, vale decir, con más tiempo para dedicarle a la literatura. Esta situación trajo aparejado un problema, ya que se juntaron los libros que hace rato tenía por terminar, con proyectos nuevos. Resumo. En ese espacio de lo disperso me muevo como un pulpo viejo con ambiciones aún tentaculares, y voy dando forma a un nuevo libro de poesía, ensayos sobre obras de Juan Gelman y Oliverio Girondo, un libro sobre García Lorca inmerso en el contexto latinoamericano que conoció de cerca; un libro que reúna mis clases sobre poesía latinoamericana, y tengo en borrador un par de novelas cortas.

Menudencias


La muerte afila un palo,

una daga de palo, un palo de tambor, un caballo de palo,

una cuchara.

La muerte, trabaja a la vista de todo el mundo.

La vida afila un palo,

un bastón, una vara, una cruz.

La vida trabaja a la vista de todo el mundo.

¿Qué diferencias hay entre las dos?

La vida fabrica huesos con los huesos.

La muerte fabrica huesos con los huesos.

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