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Entrevista

Sergio Constán: “Supe que de aquel momento grotesco tenía que nacer una novela”

“La novela sigue siendo mi gran debilidad; tengo bastante avanzada la segunda”, comenta el escritor, Premio Benito Pérez Armas 2020 con ‘El Salón de los Espejos Mudos’

El escritor Sergio Constán.

Sergio Constán (Gran Canaria, 1974) acaba de ganar el que es, sin duda, el más prestigioso y antiguo de los certámenes literarios de Canarias: el Premio de Novela Benito Pérez Armas. El jurado de expertos escogido por la Fundación CajaCanarias, entidad organizadora del concurso, eligió su opera prima, ‘El Salón de los Espejos Mudos’, como la mejor de entre las 78 presentadas a concurso. Doctor en Filología Hispánica, ha creado “una intrigante novela de misterio” que arranca en Lisboa y se desarrolla en París. “No me engaño: si tuviera que elegir entre enseñar y crear, siempre escogería crear”, asegura.

Sé que no quiere adelantar todavía demasiados detalles sobre la novela ganadora, El Salón de los Espejos Mudos, pero quizás sí que nos pueda decir cuándo y cómo surgió la idea de escribirla.

Todo comenzó en Lisboa, en el año 1998, tras haber asistido como oyente a un congreso sobre poesía organizado por el pabellón español de la Expo. Delante del Castillo de San Jorge sufrí un pequeño incidente de carácter escatológico, exactamente el mismo que experimenta y narra el protagonista en la primeras líneas de la novela. Tal vez aquello fue una revelación, quién sabe. Supe inmediatamente que de aquel momento grotesco y de todo lo que lo rodeó tenía que nacer una novela. Escribí entonces veinte o veinticinco páginas, y llené un cuaderno con mil anotaciones, con dibujos, con mapas, con todo cuanto debía volcar en aquella historia que por momentos me parecía ser dictada de un solo tiro por alguna extraña voz. Y durante años, durante demasiados años, la novela se quedó en aquellas pocas páginas y en aquel cuaderno atiborrado de notas, mientras inevitablemente mi mente volvía una y otra vez a ella, madurándola, completándola…, escribiéndola en el aire, como me gusta decir. El momento de atacarla de verdad se hizo esperar. Entre medias, claro, la vida: ganar una oposiciones de instituto, dar clases, realizar una larga tesis doctoral, compaginar durante algunos años la docencia en secundaria con la universitaria, publicar trabajos de investigación literaria, artículos especializados, actas de congreso, algunos libros, casarse, tener críos, cambiar pañales, etc. Hasta que, unos diecisiete años después, ya no podía aguantar más: o me sentaba a escribirla o tendría un verdadero problema conmigo mismo. Logré hacerlo, y este es el resultado: El Salón de los Espejos Mudos.

Ha cultivado otros géneros, como el ensayo. ¿En cuál de ellos se encuentra más cómodo?

Me gustan los dos, pero realmente siempre he soñado con escribir novelas. He publicado varios cuentos y no descarto escribir otros, al igual que también tengo en la cabeza algún ensayo más. Pero la novela sigue siendo mi gran debilidad. Actualmente tengo bastante avanzada la segunda, que confío en terminar en algunos meses.

Doctor en Filología Hispánica, llegó a compaginar durante algunos años su actual docencia en instituto con la enseñanza en la Universidad. ¿Condiciona esa actividad y el contacto con los más jóvenes a la hora de escribir una novela?

Todo condiciona. Pero debo admitir que, en mi caso, la mayoría de mis alumnos están muy lejos de esa realidad que se llama literatura. Con maravillosas excepciones. Siempre hay alguna alumna que se acerca a enseñarte un relato o un poema suyos o un alumno al que ves sorprendentemente con un libro de un autor impropio para su edad. Creo que una gran parte de los jóvenes están secuestrados por las redes sociales, por un mundo que nada tiene que ver con el mío. En cuanto a la enseñanza, solo puedo decir que es algo precioso. Pero no me engaño: si tuviera que elegir entre enseñar y crear, siempre escogería crear. Soy muy egoísta, supongo.

La obra tiene como telón de fondo un asesinato que sucedió en 1923, pero la trama tiene lugar en 1984, en París. ¿Cómo calificaría la novela? Thriller, histórica, género negro...

El Salón de los Espejos Mudos es una intrigante novela de misterio. Comienza en Lisboa y se desarrolla en París. En ella hay otro viaje en el tiempo y otro lugar que esperan al lector: la irrepetible Exposición Universal de 1900, también en la capital francesa.

Como lector, ¿cuáles son sus referentes?

Esa es una pregunta que requeriría muchas líneas y muchos nombres. Puedo decir, sin entrar en cronologías ni en ámbitos idiomáticos separados, que me fascinan tanto Balzac o Stevenson como Stefan Zweig o Vargas Llosa. Puedo decir que adoro la narrativa de Borges como me entusiasman, no sé, Valle-Inclán y todo el 98 completo, Vila-Matas, Torrente Ballester o Carmen Laforet. Supongo que si me hicieran mañana la misma pregunta, señalaría otros nombres muy distintos igual de atractivos para mí. De lo que sí creo estar seguro es de la puerta de entrada: Edgar Allan Poe fue el primer autor que me arrebató absolutamente cuando me hicieron leer, en aquella EGB que hoy miro con nostalgia, El escarabajo de oro. Aquello fue para mí definitivo y me llevaría a devorar prácticamente todo Poe. Después vendrían quizá Galdós y Unamuno. Diría que sus novelas se encargaron de crear en mí una conciencia ya madura de lector y, tal vez, un fondo de futuro escritor.

Dijo en su discurso que el libro es una “íntima reflexión sobre la vanidad” ¿Qué otros temas abarca?

Son varios los ingredientes que incorpora la novela: el caso del Teatro Eslava acercará al lector al mundo de la bohemia española de principios del siglo XX, a aquello que se ha llamado más apropiadamente la golfemia. Pero habrá cabida para una apasionada historia de amor, para un nuevo crimen, para el enigma y hasta para la música. Todo ello pivotando alrededor de un fascinante y prodigioso lugar oculto a los ojos del mundo: el mismo que da título a la obra.

Un total de 78 libros concurrieron a esta edición del certamen literario. ¿Se imaginó ganándolo en algún momento?

Estaba convencido de que la novela podía y debía llamar la atención. Pero creí en todo momento que este premio recaería en un tipo de propuesta muy diferente, más ligada, digamos, al contexto insular. O sencillamente me parecía osado pensar que una opera prima podría tener la fuerza suficiente para imponerse en el certamen. Por fortuna para mí, lo logró.

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