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Carne espectral

La poeta Jorie Graham radiografía en ‘Deprisa’ el presente de una especie atemorizada y fascinada por la tecnología

Carne espectral

Carne espectral

La poesía al límite que practica Jorie Graham (Nueva York, 1950) alcanza en el penúltimo de sus libros, Deprisa (2017), cotas difícilmente superables, aun cuando su obra nos haya acostumbrado a aceptar, al menos desde La errancia (1997), que escribir es ante todo explorar un universo con un sistema expresivo propio, autogenerado, no radicado en una determinada latitud de la tradición.

Pocas veces se habrá encontrado el lector con un libro de tan laboriosa digestión, empezando por su aspecto, digamos, visual. Sus extensos poemas están formados por versos larguísimos que han obligado al editor a ensanchar la caja de texto y a usar un cuerpo de letra más pequeño de lo habitual, y la reiterada utilización del guion aislado y de la flecha como signos para separar ideas o propulsar el discurso, respectivamente, genera una extrañeza que convierte la lectura de este densísimo poemario en una experiencia a ratos extenuante.

De mano, más que poemas, parece que estamos leyendo volcados de notas preparatorias para escribir poemas; una escritura de urgencia acorde con algunos de los asuntos que la poeta norteamericana trata: la tóxica sobredosis de información que padecemos (y más aun este 2020), presidida por la velocidad y la voracidad del intercambio; el vértigo de sentir que uno se está perdiendo algo importante constantemente; el progresivo empobrecimiento del entorno más sensitivo en favor del entorno virtual de contacto; la depredación que esquilma el planeta... Y todo ello, desarrollado por extenso, en largas listas que funcionan como pliegos de cargos o inquisitivos exámenes que dan la impresión de haber sido transcritos directamente desde un cerebro logorreico.

Sin embargo, una vez ganada la posición en el interior de este discurso de emergencia, es fácil localizar una potente corriente emocional que fluye desde los márgenes hasta configurar un centro neurálgico de preocupaciones. Los traductores, Rubén Martín y Antonio F. Rodríguez, identifican en su esclarecedor prólogo dos zonas principales de interés: la personal o micro, copada por “el proceso oncológico de la autora y la paulatina desintegración, mental y física, de sus progenitores”, y la colectiva o macro, en la que expresa, además de los asuntos citados en el párrafo anterior, su desánimo ante la sustitución del “sueño de una humanidad interconectada” (el regalo de internet) por “una intrincada red de simulacros, minada por nuevas formas de alienación, vigilancia y desconcierto”.

“Son hechos inconmensurables”, reconoce Graham en una entrevista citada por los traductores. “No pueden ser pensados a la vez. Y, sin embargo, así debe hacerse”.

Pero “a la vez” no quiere decir en el mismo poema; ni siquiera, siempre, en la misma sección del libro; solo en el mismo libro, pues Graham ha reservado para las partes segunda y cuarta los poemas en que evoca la muerte de sus padres, los referidos al cáncer que le diagnosticaron para la tercera, y ha dedicado íntegramente la primera a trazar el mapa del presente de la especie. Una distribución que en ocasiones violenta para dejar espacio a las intromisiones de la escala macro en la escala micro, y al revés: “Maniatada a una tromba. Pedí a las plantas que me dieran mi pequeña identidad. No, a los planetas”. Es el versículo con que arranca el poema Cenizas y principia todo el libro, y puede verse como una suerte de panorámica del mundo después del desastre, un après le delúge que permuta el diluvio por el apocalipsis digital, confirmado en el poema siguiente, Panal, cuando la voz poemática dialoga con un bot y le pide inútilmente: “Encuentra la carne más cercana a mi carne”.

La pérdida de contacto físico por la prevalencia del entorno virtual, y la insistencia con que la autora se duele de sus consecuencias, es el punto donde confluyen todos los registros en los que vuelca sus preocupaciones, desde el más íntimo al más admonitorio. Pero el duelo va más allá, y su propia “entrada en la oncoexistencia, como la llamó la poeta Anne Blonstein”, señalan los traductores, deviene en “pronóstico colectivo”. Así lo plasma en poemas como Desde el interior de la IRM y el estremecedor Entreabriendo, en el que, partiendo de la descripción de los miedos de una paciente oncológica (indudablemente ella misma), radiografía de forma implacable la actitud ante la tecnología, a un tiempo temerosa y fascinada, de los humanos de este tiempo.

Y aun lo lleva más lejos en Criónica (un poema en el que aborda el mismo asunto que toca Don DeLillo en Cero K, novela publicada mientras Graham escribía Deprisa) al concluir que los avances tecnológicos, además de suplantar la vida, nos incitan a fantasear con prolongarla ignorando los plazos concedidos por la naturaleza, aunque sea al precio de alcanzar una existencia transhumana y cíborg. Un libro devastador.

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