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¿Malos tiempos para la lírica? (Parte II)

Se afirma que se lee poco y es posible que así sea, pero la nómina canaria, por ejemplo, es impresionante en cantidad y calidad, y la Colección Faro de la Puntilla es un inmejorable testimonio de lo que afirmo

Parte de la Colección Faro de la Puntilla, que edita Mercurio Editorial. | | LP / DLP

Parte de la Colección Faro de la Puntilla, que edita Mercurio Editorial. | | LP / DLP

III

La poesía, la buena, solo puede ser para unos pocos: aquellos que, dotados de una sensibilidad especial, son capaces de hallar tras cada palabra, cada verso, cada estrofa y cada poema las conexiones que permiten interpretar y hacer propio aquello que, por su naturaleza, es ajeno. Los buenos poemas, como los medicamentos, solo son válidos cuando se proyectan atendiendo a quienes han de asimilarlos, pues cada uno es un remedio individual a una realidad inevitablemente única.

Así ha sido siempre y así, creo, debe seguir siendo. Nada más dañino para la poesía, la buena, la que ha de perdurar, la que tiene la misión de convertirse en un paso evolutivo en la traslación del pensamiento en palabras, que vulgarizarla haciéndola universal en su difusión y accesible en sus formas. Si se da a conocer, que sea para mostrar cuánto se puede conseguir si se persevera en las lecturas escogidas y en el estudio de las técnicas e interpretaciones.

El que a nadie se le vete el acceso al conocimiento pleno del arte no implica la reducción de las exigencias que este ha de atesorar. El espectro donde habita la excelencia es limitado y, por fortuna, no sujeto a categorías sociales o económicas, sino intelectuales y culturales. Ocurre con esa poesía que obra en mis pensamientos lo mismo que con otras manifestaciones artísticas (música, pintura, danza…):todos podemos acceder a sus productos y disfrutar de ellos hasta donde nos es posible, pero muy pocos a su producción.

Se afirma que se lee poco y es posible que así sea: escasos libros se venden, dicen unos; pero muchos se producen, afirman otros. Sea como fuere, dejemos claro que la luz roja de la lectura permanentemente encendida no viene representada por la escasez de poemarios que no funcionan como productos mercantiles o por la gran ignorancia que se tiene hacia poetas que, de conocerlos como se debería, merecerían ser loados durante todos y cada uno de los días que tiene un año.

La nómina canaria, por ejemplo, es impresionante en cantidad y calidad (la Colección Faro de La Puntilla es un inmejorable testimonio de lo que afirmo). El problema del consumo lector está en que no se consigue alcanzar una cifra de adeptos considerada idónea a pesar de que hay una extensa relación de títulos (extensísima, diría yo) que, por su variedad y nula dificultad lingüística para ser leídos, no suscitan interés alguno entre quienes optan por pasar sus ratos de ocio e introspección de otra manera. En la búsqueda de los guarismos de lectura idóneos no se pueden incluir a los buenos poetas y sus poemarios. Ellos tienen su público fiel: escaso, como siempre ha sido; y selecto, como no puede dejar de ser.

Y aunque las historias de la Literatura Universal estén plagadas de expresiones del tipo “gran acogida” para referirse a tal o cual libro de poemas de un autor, lo cierto es que el éxito señalado siempre conviene relativizarse: ¿qué se entiende por “gran acogida”? ¿Qué hemos de pensar cuando hablamos de éxito literario en los siglos anteriores? El escaso y selecto público fiel de poesía, que no ha dejado de existir y que nunca dejará de estar, es quien avala el hecho de que siempre habrá quienes se refugien en la lírica para encontrar aquello que otras palabras escritas, por muy elaboradas que estén, no son capaces de recoger.

Y como nunca dejará de haber lírica, nunca habrá malos tiempos para que exista si hay editores comprometidos con la función de promover la publicación de títulos y colecciones que contribuyan a proteger el legado de las palabras sublimes recogidas en cientos, miles de páginas encuadernadas y abonadas a las imprentas sabiendo de antemano que ahí no hay negocio alguno.

En clave canaria, pienso en quienes están detrás de sellos como Mercurio Editorial, Ediciones La Palma, Editorial Puentepalo, Ediciones Idea, Baile del Sol, Beginbook Ediciones…. por citar a vuelapluma algunos de los que recuerdo y sé que han publicado excelentes libros de poesía. Arriesgar un patrimonio, casi siempre personal, invirtiendo en aquello que solo reporta beneficios espirituales, emocionales e intelectuales a unos pocos tiene mucho, muchísimo de bienhechor,de filántropo y, según cómo se mire, por qué negarlo, de quijote.

Los lectores de poemarios, tanto los de segunda fila, como un servidor, como los especialistas, lo mejor que podemos hacer para que este maravilloso acto generoso y temerario no deje de darse es, desde donde nos sea posible y como nos sea posible, apoyar cuantas iniciativas editoriales tengan como propósito contribuir a que la palabra de las esencias se ubique en el lugar donde sea posible asirla.Para que sea posible el impulso egocéntrico de vernos recogidos en unas páginas que, como el mejor de los medicamentos, son capaces de sanarnos basta con ir a las más hermosas farmacias y a los más bellos centros de salud de nuestras ciudades: las librerías y bibliotecas, respectivamente. Ahí comprobaremos de primera mano que los tiempos han sido, son y serán siempre buenos para la lírica.

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