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Piel contra madera sin raso de por medio

El artista José Herrera plantea en la Sala de Arte Cabrera Pinto una reflexión sobre la finitud del ser humano pero no desde el negro, sino a partir de un rojo cuasi Valentino

José Herrera, ‘Autorretrato I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX’ (2019).

José Herrera, ‘Autorretrato I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX’ (2019).

Hay lugares para ir solos y, otros, acompañados. Al menos, hasta el 6 de enero, incluyo sin duda entre los primeros a la Sala de Arte Cabrera Pinto, en La Laguna, donde el artista tinerfeño José Herrera exhibe su exposición Días deshojados. Y es que entras y te apetece el recogimiento. No hay ambiente catedralicio ni nada parecido, es solo que me callo para que me cuente porque sé, eso se nota, que Herrera tiene mucho que decir y lo mínimo, digo, es callarse.

La mayoría de piezas son recientes y consolidan su trayectoria de los últimos años. Así, Lamentando los pájaros (2020) o Cuerpo para el pensamiento (2007-2019) presentan claras similitudes con Habitación para la noche, que expusiera en el Espacio Solar en 2018. Predomina la madera, material básico en su obra, pero también el papel y algunos trabajos, como Desde el nacimiento de los arboles (2019), tienen al metal como protagonista. Es variada pero observo que, en muestras anteriores, pudo verse un mayor entreveramiento de estos materiales con objetos dispares, como almohadas generando piezas maravillosas como Memorias de la tristeza (2008) que fue presentada, por ejemplo, en la galería berlinesa Manzoni Schäper, en 2011. Han pasado algunos días desde mi visita y aún estoy decidiendo si echo en falta un poco más de tiovivo visual en la muestra o si esta cierta homogeneidad le da contundencia. En realidad, no hace falta decantarse siempre, tomar postura. Esto es arte, señores, está para regodearse en él, reflexionarlo, adorar una pieza hoy y odiarla pasado mañana. No pasa nada.

Opino que la obra de Herrera es lisa pero no abrillantada; es contundente pero no aplastante, es personal pero, al tiempo, universal, porque es básica, primaria, esencial. Es serena. No empalaga. No es pretenciosa. Sé que suena muy raro, pero es que de la muestra me gustan las piezas pero, también, y mucho, los vacíos.

Y ¿qué nos cuenta Herrera? El artista practica esto de la poética del silencio y, básicamente, nos recuerda de una manera muy suya― nuestra naturaleza finita. Me vienen a la cabeza las palabras de Beckett, quien, al elegir su propia tumba, decía: “que sea de cualquier color, siempre que sea gris”. Herrera no le tiene miedo ni al rojo cuasi Valentino porque mantiene una actitud vital que se traduce en una interpretación más amena de ese final inevitable.

José Herrera, ‘Detrás de la mirada’(2020), ‘Desde el nacimiento de los árboles’ (2019) y ‘Habitación para las flores’ (2019).. | | KIKE ARMAS

Y es que, probablemente, una de las señas de identidad de esto que llamamos la condición postmoderna sea la negación absoluta de la muerte, sobre todo, en las últimas décadas, cuando nos situamos en un régimen escópico caracterizado por la ubicuidad de una pantalla que la irrealiza, la aleja, consiguiendo que la percibamos como eso que le sucede a otro, como en el cine.

Desde este enfoque, adquieren especial sentido las obras de Richard Avedon, Sophie Calle, Annie Leibovitz o Ron Mueck, quienes, al mostrarnos imágenes de sufrimiento de sus seres queridos, nos acercan la muerte, la hacen presente, nos traen a lo que somos y no a otra cosa. Pues todo esto, que no es poco, nos cuenta Herrera.

Me declaro acérrima enemiga de incorporar en las exposiciones vídeos tipo “cómo lo hacen” o “Bricomanía” que rompen el momento, que nos sacan de la ensoñación. Sin embargo, Herrera me la cuela ya que, nada más entrar, a mano izquierda, coloca un vídeo que, a priori, pareciera ser de este tipo pero que, afortunadamente, no lo es. No sé si es por el blanco y negro, por la ausencia de su sonido, por incorporar sus paseos solitarios o la mezcla de todo ello. Ha colocado esta pieza donde lo ha hecho y, al darle el mismo título de la muestra, me hace sentir que las piezas expuestas irradian desde el artista y no al revés. Sin duda, una buena decisión.

Días deshojados me hizo pensar en algo que me preocupa en esta era pandémica: sije que no había ambiente catedralicio pero, sinceramente, un poco sí. Esta solemnidad sacra no deriva de la obra del artista, sino del espacio en que se visita. No me olvido de que estoy donde estoy, un cubo blanco de manual donde se cumplen todos y cada uno de los puntos de los que George Dickie nos habla en El círculo del arte, aclarando quién es quién y qué es qué en este mundillo.

Y es que, en tiempos precovid, manteníamos una relación de amor/odio, un triángulo ―entre el artista, su obra y el cubo blanco,― lleno de “quiero y no puedo” o “puedo y no quiero”. A veces, la balanza se inclinaba hacia un lado y, otras, hacia el contrario. Hoy, tras meses separados, cuando hemos tenido un tiempo para echarnos de menos, se torna más una historia de poliamor donde predomina el buen rollo. No soy contraria al poliamor ni al buen rollo, pero sí del retorno a situaciones previas por falta de alternativas más atractivas. Esto hay que repensarlo.

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