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El reloj de Clío o el laberinto de la escritura y la vida

La nueva novela del escritor Emilio González Déniz es, din duda, la más compleja que haya escrito y que haya querido escribir

El escritor Emilio González Déniz. | |

El escritor Emilio González Déniz. | |

Siete escritores (reporteros, poetas, novelistas, cronistas) narran la vida del escritor protagonista de esta novela, el casi mítico Teseo Yedra, hombre que discurre por laberintos y se aferra a todo como la planta trepadora. Nombre doblemente simbólico. La nueva novela de Emilio González Déniz, presentada por él y Felipe Landín en el marco de la Feria del Libro de Las Palmas, es, sin duda, la más compleja que haya escrito y que haya querido escribir. En El reloj de Clío encontramos una larga y polifónica disertación sobre el hecho y el asunto de la literatura. Escribir una novela, es algo que se puede planificar, pero su resultado será siempre una deriva misteriosa. Los siete narradores nos cuentan las siete “Búsquedas” o etapas vitales del protagonista.

Estas “Búsquedas” están, a su vez, divididas en secciones temáticas que narran la biografía de Teseo Yedra en función de sus hitos. La infancia y adolescencia, las amistades masculinas que lo han marcado, los años del servicio militar en La Legión, las parrandas y la música, y principalmente, la búsqueda del amor a través de sus muchos e incontrolables incidentes. El acento narrativo cambia siete veces, y siete son las distintas ópticas a través de cuales irá variando la historia de una misma vida. Además, se cuentan las vidas de los siete narradores, que nos parecen entes reales, o sucedáneos de personajes reales, aunque solo son criaturas de ficción. La novela está “encerrada” dentro de esta superestructura aparentemente tan determinante, dentro de un laberinto lector que el autor ha construido alrededor de su personaje, y que visto y contado así puede apallubar.

Pero, el escritor Emilio González Déniz, no puede evitar serlo, y más allá de esta maleza estructural, narra con tranquilizante fluidez (esa fluidez que caracteriza su voz social y urbana) dos historias fundamentales. La vida de su personaje simbólico, como una vida más dentro del espacio tiempo de Gran Canaria y la experiencia vital de escribir. Trenza estas dos líneas para encarnar la aventura de la literatura. La segunda historia es una suerte de discurso reflexivo en la que se suceden nombres y evocaciones de autores clásicos.

La gran sombra de Jorge Luis Borges, cuyos senderos que se bifurcan subyacen El reloj de Clío, emerge a lo largo de sus páginas. El autor escribe sentencias sobra la vida del autor, lo que es o no debe ser la literatura, mientras su personaje emprende la escritura de una gran novela, una obra definitiva que no logra concluir, al margen y en paralelo a sus otras novelas que acabarán granjeándole la fama. Estas novelas inacabadas y fallidas son de índole muy diversa. Comienzan en la juventud de Teseo Yedra, cuando empieza a escribir Las Bienaventuranzas, una crónica alternativa de la vida de Jesús de Nazaret que no muere crucificado y que narra un alter ego de Teseo Yedra, Teseo Primus.

Extraña transmigración de las almas que parece rondar la vida actual del escritor. La del romano narrador en Galilea y la de los siete narradores que nos cuentan por etapas la vida de Yedra. Una inflexión metafísica poco habitual en la prosa de González Déniz, que si bien ha trabajado los arquetipos mitológicos y ha creado personajes míticos extraídos del imaginario colectivo (por ejemplo, Juan García, El Corredera, o algunos personajes de Bastardos de Bardinia), jamás había ido tan lejos en el terreno espiritual de la escritura.

A esta novela que surca la juventud y llega a la madurez de Yedra, le sigue otra ambientada en Córcega (otra isla), una historia de opresión y revolución durante el Segundo Imperio francés, y una tercera, que será la última y la que se acerque a esa forma y obra única de todo creador, París. Yedra ha buscado, pues, “le livre”, como decían Mallarmé y los poetas simbolistas, la obra que todo lo resume, la única obra definitiva del escritor. Mas, este aparente logro, es una quimera, porque Teseo Yedra se desdibuja hacia el final de la novela. Jamás ha estado muy seguro ni muy convencido de su rol de escritor, ni de que la escritura sea un oficio sublime. Al contrario, echa agua fría constantemente sobre toda pretensión artística. Es un deconstructor nato, un heredero del existencialismo sartriano.

A la vez que se desarrolla la “intrahistoria” literaria, él nos cuenta su vida (o ésta nos es contada). Su biografía es el trasunto de tantas otras vidas que han nutrido las novelas del autor. Vidas marcadas por los eventos y los grandes movimientos de la segunda mitad del siglo veinte que se escuchan como un tapiz sonoro. Vemos al Teseo niño y adolescente, objeto de bullying, temeroso de las mujeres, inseguro y torpe ante el sexo femenino. Al joven que formará parte de un estimulante triángulo dialéctico con otros dos personajes.

El bohemio y pensador radical Mario Fariñas (que habita los entornos del Mercado de Vegueta, como lo hacía Andrés el Ratón) y Cecilio Nuez, su amigo de fiar, ser razonable que da buenos consejos. Entre ellos laten las fuerzas antagónicas que confrontan a toda persona, la vía de la estabilidad y el progreso burgués, o la senda insegura de las ideologías inconformistas. Asistiremos a las salidas juveniles de serenata y parranda, al tiempo del servicio militar en El Sáhara, como soldado de La Legión (aquí un acento autobiográfico), al oscuro plano de asesinar a sus amigos durante una convocatoria festiva. La música, especialmente el bolero desmenuzado en sus esencias, será un leitmotiv (recordemos el éxito que obtuvo su novela Bolero para una mujer).

Toda esta abundancia biográfica que hacen auténtico y “real” al simbólico Teseo Yedra, no es tan importante como la historia que verdaderamente lo posee, la travesía del amor, el sexo y el deseo. El reloj de Clío, aparte de ser una novela sobre la novela, es una inconfundible “educación sentimental” de corte clásico, aunque de contexto contemporáneo. Laura, Salomé, Arcadia, Esther Giles, y la fundamental Nanda (estas dos últimas, las más vinculadas a roles prototípicos), irán apareciendo y despareciendo en el relato del inconstante y no demasiado experto amante que es Teseo Yedra.

El laberinto de su gran obra inmortal tiene reflejos paralelos en esta procesión de mujeres que serán la ocupación fundamental de su vida terrestre. Hay una cierta endogamia amorosa y un azar local que restringe el círculo de las relaciones a amigas de la mujer amada y exnovias. Un coto de caza “cerrado” que permite algunas variaciones y un relajamiento moral que también caracteriza los encuentros amorosos en otra novela de primera época, El obelisco.

La sensación de precariedad que la escritura le causa a Yedra se reproduce en su caótica y progresivamente desengañada vida sentimental: “Tanto como habla de ellas en sus novelas, y Teseo Yedra ignora por completo cómo es el interior de las mujeres”. Y su idea final del hombre con respecto a la mujer es negativa: “El macho es tributario de sí mismo. La mujer lo es de la vida”. La conciencia de las limitaciones y de cierto fraude fundamental que amenaza todo el proceso de la escritura, expresada por la distante voz narradora, dificultan nuestra relación con Yedra a quien no acabamos de ver ni de comprender plenamente. “Teseo es un hombre profundo, inteligente y observador, valores inherentes; por definición apresurada, es un novelista de prestigio, a veces. Y es todo eso, pero en otras ocasiones suele mostrarse débil, corroído por la vanidad y aun por la envidia”. El escritor es brutalmente sincero con su escritor-personaje, presa de la duda y capaz de ver el lado contario y oscuro de sí mismo en todo momento.

La reflexión sobre la escritura es continua y pausada, jalona el texto de principio a fin. Sobria y dura, va poniendo las cosas en su sitio: “Los novelistas escriben siempre la misma novela, la novela de sus primeros años de vida”. La literatura es un asidero, un instrumento para sobrellevar mejor la existencia. Una emanación concreta de la soledad: “Cierto escritor dijo que la literatura es un largo camino hacia la soledad. Yo creo que es al revés, viene de la soledad”. Escribir novela, y esta es una de las reflexiones más certeras y profundas, nos dice el desapasionado narrador, “es jugar con el pasado y el futuro, maniobrar con la fantasía y la realidad, desafiar al destino propio y al de cada uno de los elementos que, sim voluntad propia, intervienen en el relato”

Debemos leer El reloj de Clío sin preocuparnos en exceso por su compleja estructura para entrar en su narrativa llana y directa de situaciones y emociones complejas. Es la obra de un escritor maduro que pasa revista a su historia como escritor, que se acerca y se aleja de todo y que dibuja con un lúcido claroscuro la naturaleza de la experiencia a través del tiempo.

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