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Amable Sierra: “Para el Gobierno, los ‘disc jockeys’ somos como las brujas”

"En séptimo de EGB, ya llevaba a las fiestas de mi colegio mi tocadiscos portátil", asegura el disc jockey

DJ Amable

DJ Amable Ferran Nadeu

Amable Sierra empezó a pinchar en 1984 y una década después ya era el nombre de referencia de la noche indie barcelonesa. Residente semanal en Razzmatazz desde su inauguración en 2000, nunca había pasado tanto tiempo alejado de su lugar de trabajo: la cabina de la discoteca.

¿De dónde le viene esta afición por pinchar discos?

Tenía la inquietud de pequeño. En séptimo de EGB, ya llevaba a las fiestas de mi colegio –la Academia San José– mi tocadiscos portátil: un Cosmos. Amenizaba los cumpleaños con mi colección de singles: Orquesta Mondragón, Boney M…

¿Dónde debutó profesionalmente como disc jockey?

En el 84, en un bar que abrió mi tío justo enfrente del Camp Nou. Tenía 19 años. Llevaba el bar y pinchaba el Blue Monday de New Order, el Just can’t get enough de Depeche Mode... El bar duró un año y en el 85 me fui a la mili. Más tardepasé de ser promotor y disc jockey a solo pinchar. Llevo 35 años trabajando de esto. En 2019 pinché cada sábado del año en Razzmatazz, casi cada viernes fuera y algún día suelto entre semana: unas ciento y pico.

¿De qué ha vivido estos meses?

No me puedo acoger a ningún erte porque no estoy contratado. Y encima tengo que pagar cada mes la cuota de autónomos. Suerte que tenía unos ahorros. Muchos compañeros están en una situación muy precaria: se les ha acabado el paro y tienen que pedir dinero a familiares para sobrevivir, esperar que esto se acabe e ir devolviendo los préstamos.

¿Los hay que ya se están vendiendo los discos?

Sí. Yo mismo me he abierto una cuenta en Discogs por si esto dura años. Como ahora tengo tiempo, me he pasado toda una semana subiendo todos los vinilos: tres mil y pico entre singles, maxis y elepés de la etapa del 85 al 98. Ahí están por si la cosa se pone muy mal. Es un patrimonio que puedo vender.

Su carrera es peculiar. La mayoría de disc jockeys viven etapas de éxito y luego pasan a un tercer plano o incluso abandonan. Usted entró en una gran sala en 1994 y ahí se ha mantenido.

No todos los disc jockeys tienen cada semana un bolo programado en una sala grande, que funciona muy bien. He sido un disc jockey muy peculiar. Estoy vinculado a la música alternativa, más indie de guitarras, y no hay tantas salas que programen este tipo de música. Mi terreno está más reducido. Y eso también me da cierta exclusividad.

Se diría que no haber sido ambicioso es lo que le ha salvado. Una residencia semanal en una sala para 3.000 personas es un tesoro.

He cumplido casi todas mis ambiciones. No soy un disc jockey de masas. He rechazado bolos en festivales porque no me veía capaz de pinchar para 15.000 personas.

Ahora que el parón del sector es absoluto, ¿recuerda esas épocas en que los festivales pagaban burradas a grupos y disc jockeys?

Claro. Hasta que llegó la crisis. Y es algo que afectaba a todos los sectores, no solo al del espectáculo. Entre 2000 y 2008 se pagaban cachés desorbitados porque también se movía mucho dinero en negro. A partir de 2010 se empezó a controlar, pero muchos festivales se hacían para blanquear dinero. Yo siempre he cobrado lo que creía que merecía.

Su caché no ha variado en estas dos décadas.

Llevo cobrando lo mismo por bolo desde 2006. En los años 90 no cobraba como disc jockey porque nos repartíamos los beneficios entre los socios. En Razzmatazz ya acordamos un sueldo y con ese me he quedado.

¡Insólito! Un sueldo fijo y sin subidas ni bajadas en un oficio con tanta especulación como el suyo.

Soy consciente de lo que debo cobrar porque sé lo que genero pinchando y lo que cobran mis compañeros. Fui promotor, sé lo que produce una discoteca, lo que cuesta convocar gente y recuperar el dinero invertido.

¿Ha actuado así porque siempre tuvo claro que quería jubilarse como disc jockey?

Nunca he pensado tan a largo plazo, pero ahora que tengo 55 años sí lo pienso. No sé hacer otra cosa y después de una pandemia como esta... Pero por ahora sigo con la misma inquietud. Lo primero que hago por la mañana es intentar descubrir música nueva.

¿Cuánto tiempo ha pasado sin pinchar en otras épocas?

Los 15 días de vacaciones que me pillaba en agosto y algún que otro fin de semana suelto. Nunca había estado más de un mes sin pinchar desde 1985.

¿Cómo ha cambiado su rutina desde la pandemia?

Hago lo mismo: preparo sesiones. Algunas las comparto y otras las guardo para cuando abran las salas. Y sigo sin poder dormir hasta las tres o cuatro de la mañana.

El Gobierno ha primado el trabajo sobre el ocio y la vida diurna sobre la nocturna.

Los que trabajamos en el ocio somos los malos. En Alemania reciben un sustento equivalente al 70% de lo que habían facturado en 2019. Aquí estamos totalmente desamparados. Yo estoy sacrificando mi trabajo por la salud de los demás, pero merezco algún tipo de ayuda. Yo lo paso muy bien con mi trabajo, pero estoy trabajando. Sin embargo, se subraya a este sector como algo cada vez más diabólico, como gente que casi no tendría que existir. Pero si cierras una discoteca, los jóvenes se reunirán en una casa, estarán menos controlados y se van a contagiar igual. El ocio es una necesidad básica.

¿Cuál es su papel social?

Paso cuatro horas diarias descubriendo discos para que la gente tenga un atajo para descubrir música nueva. Mi labor es difundir música y que la gente se lo pase bien, que disfrute bailando.

Lo dice casi en voz baja.

Ya, parece que esté mal visto.

O que sea una objetivo menor. Es muy digno trabajar para que la gente baile y disfrute.

No se valora el sector y no se le tiene en cuenta. No sé si se creen que somos gente que vive del cuento, gente que lo está pasando bien y no trabaja.

Esa percepción judeocristiana según la cual, si no estás sufriendo, lo tuyo no es trabajo.

No estamos tan lejos de la Inquisición. Los disc jockeys somos como las brujas de la Edad Media. Si fuera por el Gobierno, nos quemarían a todos.

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