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Amalgama

Despotismo digital

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¡Cáiganse de la silla! Bandas transhumanistas con fortunas más allá de lo que nos cabe calcular en nuestra cabeza, están atacando la estructura liberal de la información y la expresión, de forma que esos -hasta ahora- derechos, van a sufrir una corrosión como si se los hubiera comido el salitre. No nos vamos a meter por las calles de la dicotomía política, pues cada quien dispone de su elección en esa mamadera de gallos que es lo público, pero sí podemos columbrar los primeros mimbres de una natural dictadura digital. Digo natural porque tras esto no hay una mente mala, malísima, sino que se trata de la natural evolución social hacia un ser superior con ontología propia, el Leviatán que se desarrolla como se desarrolla un infante que entra en la adolescencia empezando a tener uso de razón.

El intelectual francés, exiliado a Rusia, Thierry Meyssen lo hacía notar hace poco: “Trate usted de imaginar qué habría ‎sucedido si las oficinas de correos clásicas hubiesen tenido la potestad de leer la correspondencia ‎y censurarla” (en La arbitrariedad y la censura ‎han regresado a Occidente, publicado en Voltairenet), aludiendo a la generalizada capacidad de las denominadas compañías tecnológicas de Internet para gestionar a su albedrío la corriente de información, suprimiendo o censurando, con algoritmos o no, lo que quieren. De esa forma hemos visto cómo han eliminado las cuentas de Trump, pero conservan las de Maduro, lo que parece una decisión discrecional, aunque legítima por corresponder a empresas privadas, si no estuvieran en situación monopolística, en cuyo caso situación ilegal; y detrás han caído Gab, Parler, etc., en un acto de censura idéntico al que practican dictaduras como la China comunista o Turquía. Pero vamos a analizar el tema desde una óptica distinta. Oigamos al ex agente de la KGB Yuri Bezmenov, en su día periodista soviético de RIA Novosti, desertor a Canadá en 1970, quien en una entrevista, en 1984, decía: “El énfasis principal en el caso del KGB no está en el área de la inteligencia, en absoluto… solamente un 15 por ciento del dinero y tiempo y mano de obra se dedica al espionaje como tal, el otro 85 por ciento es un proceso lento que nosotros llamamos Subversión Ideológica, o Medidas Activas, o Guerra Psicológica, lo que significa básicamente: cambiar la percepción de la realidad, hasta una extensión tal que, a pesar de la abundancia de la información, nadie sea capaz de llegar a conclusiones sensibles en el interés de defenderse a sí mismos, a su familia, su comunidad o su país”. Bezmenov dividía esta estrategia en 4 fases, la primera de las cuales llamaba de Desmoralización: “Lleva unos 15 a 20 años desmoralizar a una nación, porque es el número mínimo de años que se requiere para educar a una generación de estudiantes en el país de tu enemigo expuesto a la ideología marxista y leninista, que está siendo bombeada en las blandas cabezas de, al menos, tres generaciones de estudiantes americanos sin ser desafiadas o contrastadas”.

Despotismo digital

Bezmenov estimaba que esos graduados, a partir de los años sesenta del siglo XX, pasaron a ocupar posiciones de poder en el gobierno, el servicio civil, negocios, medios de comunicación, el sistema educativo, y están contaminados, programados para pensar y reaccionar a ciertos estímulos con un determinado patrón, y no pueden cambiar su opinión “incluso si los expones a información auténtica… en estas personas el proceso de desmoralización es completo e irreversible, y para que la sociedad se deshaga de esta gente se necesitan otros 15 o 20 años, para educar a un nueva generación de personas con sentido común”. Bezmenov, con la URSS todavía viva, advertía de que se han creado verdaderos zombis puesto que “una persona que ha sido desmoralizada es incapaz de valorar información verdadera, los hechos no le dicen nada, incluso si lo duchases con verdadera información, con pruebas auténticas documentadas con fotos, incluso si lo llevas a la fuerza a la Unión Soviética y le enseñas los campos de concentración, rechazará creerlo hasta que reciba una patada en su culo”. Tras esta fase sobrevendría la de Desestabilización, que duraría entre dos a cinco años, a través de la economía, las relaciones exteriores y los sistemas de defensa. La tercera fase es la de la Crisis, que ocurre en unas seis semanas, como se había visto en esas fechas en varios países centroamericanos, y finalmente, llega la Normalización, “una expresión cínica de la propaganda soviética, de cuando los tanques se movieron adentro de Checoslovaquia, en 1968”. Bezmenov terminaba: “tenéis literalmente pocos años para reaccionar, la bomba de relojería está haciendo tic-tac y a cada segundo el desastre se acerca más y más, y a diferencia de mí, no tenéis lugar alguno al que desertar, a menos que queráis vivir en la Antártida con los pingüinos”.

¿Cuál sería el “Triggering Event” que haría todo esto posible? El ataque al Parlamento como arquetipo, un incendio como el del Reichstag alemán, en febrero de 1933, que fue el inicio de la persecución de judíos y comunistas, la destrucción del palacio del emperador romano Diocleciano en Nicomedia, que fue el inicio de la persecución de los cristianos, un ataque como el del 11S, que fue el inicio de la vigilancia y el control mundial de los transportes, y ahora, el ataque al Capitolio norteamericano, que se ha revelado inmediatamente como el inicio de la censura y cierre de cuentas, canales y páginas de Internet en todo el planeta, abatiendo a los opositores de lo política y globalmente correcto. Yuval Noah Harari, profesor de Historia Medieval y Militar de la Universidad de Jerusalén, autor de “Homo Deus”, en 2017, declaró al Forum Fnac-Federazione Nazionale dell’Acquisto per i Quadri: “Después de 50 años [la democracia liberal] podría desaparecer completamente. El mundo podría ser dominado por dictaduras digitales. Entonces la revolución digital en curso podría conducir a la creación de una nueva forma de régimen autoritario”. ‎El futuro amordazador de los individuos ya está aquí, y será por eso que, justamente ahora, miles de millones de humanos llevan bozal.

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