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Los últimos del año

No aparece en muchos listados el estreno en España de Leo Quievreux con ‘Fake’ (Belleza infinita), que permite descubrir a un autor que rompe todas las preconcepciones imaginadas por su estética radical

Los últimos del año

Vivimos una época de tiempos acelerados, en los que los dulces navideños aparecen en los lineales de los supermercados casi cuando todavía estamos disfrutando en la playa de los últimos rayos del solecito veraniego, al son de la famosa canción del Dúo Dinámico (vale, aceptemos varias cosas: la primera, que este Dúo Dinámico no son Batman y Robín, sino los responsables de la canción que invadió los balcones; la segunda, que todo esto de disfrutar de la playa es una ensoñación prepandémica). Tiempo comprimido que muere en el instante que se consigue el ansiado like en redes sociales. Junten esas dos cosas con la pasión por las listas y rankings que es tan consustancial al ser humano (Umberto Eco dixit) y el resultado será que las selecciones de “lo mejor del año” y etcéteras varios aparecen publicadas no una vez el año ha sido pasado y enterrado, sino a meses vista de la toma de uvas. Una costumbre ya consolidada que suele dejar fuera de estos listados a las obras publicadas durante los últimos meses del año, lo que ha sido especialmente grave habida cuenta de la concentración de grandes obras en las últimas semanas de 2020.

Los últimos del año

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Por ejemplo, no aparecerá en muchos listados el estreno en España de Leo Quievreux con Fake (Belleza Infinita), que permitirá descubrir a un autor que rompe todas las preconcepciones imaginados al llevar la experimentación narrativa y estética más radical a temáticas tan clásicas como el thiller de espionaje internacional. Su trabajo puede pasar sin solución de continuidad de la abstracción pura a la improvisación gráfica, el détournement o el homenaje irredento, pero siempre atento a una trama canónica, generando un contraste fascinante entre una forma y fondo que parecen coherentes en un primer vistazo, pero en el que pronto encontramos disidencias radicales que generan su propio discurso.

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También puede que no aparezca la primera obra larga de Adrián Bago, autor bien conocido en la escena valenciana a través de su trabajo en fanzines y obras colectivas, que firma con Sicofante (Autsaider Cómic) un salto a la autoficción deudora en apariencia de Daniel Clowes, Peter Bagge o Chester Brown, pero que pronto encuentra un estilo personal y diferenciado, que lanza anclas en esa generación del indie americano de los 80 y 90, pero sobre todo en el underground americano de los años 60. Reflexiones sobre la creación, la realidad de una juventud condenada a los trabajos precarios, las relaciones personales y la propia cultura desde una mirada tan inteligente como irónica.

También se ha estrenado en estas fechas en nuestro país la autora danesa Clara Jetsmark, que publica Mi Madre Muerta (Underbrain). Un obra que toma la fascinación de la fábula exótica, de la leyenda, para encontrar un espacio de reflexión y crítica sobre empoderamiento y el enfrentamiento generacional, sacando excelente partido de su brevedad para jugar con las ideas y una estética que se mueve entre la ensoñación y la modernidad. Cada personaje es una cuidadosa metáfora de las diferentes ideas que la autora quiere tratar, creando potentes simbolismos y acertados contrastes entre las imposiciones del pasado y las demandas de libertad del presente, dejando que sea el lector el que decida.

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Y, por último, no deberían olvidarse de otra obra aparecida en el final del año: Dormir es morir, de Gabriel Molist (Bang). Una sorprendente zambullida en los sueños, en un onirismo que se percibe como un peligro profundo e insondable, como la antesala de la temida y desconocida muerte. O, quizás, como la única salida de una existencia gris y repetitiva, como un subterfugio de nuestro cerebro para evadirnos de una realidad que no queremos admitir ni vivir. Molist crea una obra poliédrica y sugerente, de múltiples lecturas e interpretaciones.

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