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Canarismos

El que calla, otorga

El que calla, otorga

El que calla, otorga

De este proverbio universal se infiere que quien no niega ni desmiente algo en el momento oportuno, por permanecer en silencio, da a entender claramente que es cómplice o responsable de lo que se le recrimina, o bien consiente lo que no tiene voluntad de hacer. Se trata de un refrán de uso frecuente en las Islas cuyo origen parece remontarse a la Antigua Grecia (tal como lo recoge Eurípides en la tragedia Ifigenia en Áulide) y del cual se hacen eco distintos retóricos clásicos posteriores (Quoniam taciturnitas imitatur confessionem). La versión más común (“quien calla, otorga”) se documenta por primera vez en Castilla en el siglo XIII. El dicho reaparece en distintos refraneros que lo registran en el siglo XVI, lo que refrenda probablemente su popularidad a la sazón. De su ámbito universal da cuenta la presencia del mismo en lenguas y culturas del entorno [en italiano: Chi tace acconsente y en portugués: Quem cala, consente (“quien calla, consiente”); en inglés: Silence gives consent (“El silencio da el consentimiento”) o en francés: Qui ne dit mot, consent (“Quien nada dice, consiente”)].

Esta paremia nos sitúa frente a distintas cuestiones subyacentes, cuales son: el valor del silencio, de cómo debe interpretase (si es que cabe interpretarlo) o qué significado tiene. Se puede pensar que quien calla está asintiendo a lo que ve, oye o dicen y piensan de él; o bien, puede entenderse que quien calla, nada dice y nada expresa. Esto se relaciona de algún modo con un acto que observa un sentido radicalmente opuesto y se manifiesta en toda su oralidad: “la palabra dada”. “Dar la palabra” (‘apalabrar’) es expresar de viva voz un compromiso o contraer una obligación sin más formalismos que el consenso verbal. Acto que en ocasiones viene acompañado con un apretón de manos entre las partes intervinientes a modo de rito que simboliza la firmeza del compromiso verbalizado. En las antípodas de esta “fórmula” se sitúa la frase proverbial: “el que calla, otorga”, deduciéndose del silencio una “voz” que “expresa” asentimiento. Más que un encuentro de voluntades libremente emitidas, se trataría de una interpretación parcial que sanciona el silencio imponiéndole un valor intrínseco. Casi siempre con efectos negativos que prejuzgan a quien se ampara en el mutismo y renuncia a hablar. “Otorgar” tiene aquí el significado de ‘consentir’ aquello que se pide o se dice, ‘confirmar’, ‘asentir’ o dar crédito a la afirmación o a la interpelación precedente. Si por un lado tenemos el valor expreso de “apalabrar” (“dar la palabra”), por otro lado, se le da también un valor implícito al silencio. En ambos casos podemos apreciar un punto de convergencia en la que se identifican congruencia y honestidad, toda vez que en uno el sujeto se mantiene fiel a la palabra proferida cumpliendo con lo expresado; y en el otro, al no negar y permanecer en silencio, no falta a la verdad al no disentir de lo dicho, sino que consiente y afirma tácitamente [del latín, tacere, ‘callar’]. Las circunstancias y la dialéctica a la que se recurren en este uso tienen un acento, en cierto modo, inquisitorio y acusatorio, en cuanto se parte del presupuesto de que si no se presenta objeción alguna y se permanece callado, se da a entender la conformidad con lo que se ha propuesto o imputado.

Ya en el ámbito más genuinamente canario y en un terreno limítrofe o en el que se da un valor al silencio, se registran expresiones menos severas, como estas: “calladito a la boca”, “estar callado como un zorrocloco” o “estar(se) callado como un tuno”; en las que según el contexto y entonación con que se pronuncien pueden inferir o revelar ciertas sospechas o suspicacia del taciturno comportamiento del sujeto: “¡Ah, zorro!, y te lo tenías callado”.

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