Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El efecto Matilda

La Baronesa

El robo más grande jamás contado. La alemana Elsa von Freytag-Loringhoven es la responsable de la que quizá sea la pieza más importante del arte contemporáneo: ‘La fuente’, una obra icónica que ha sido universalmente atribuida a Marcel Duchamp, quien fuera amante de la olvidada artista

Elsa von Freytag-Loringhoven

Elsa von Freytag-Loringhoven

A veces ocurre que ciertas personalidades son demasiado avanzadas para su tiempo, sus actitudes y formas de percibir la vida son entendidas por la mayoría como excéntricas y absurdas, expresiones como “desequilibradas”, “lunáticas”, “con poco juicio o lucidez”, suelen acompañarlas el resto de su vida y sólo el posterior paso del tiempo es capaz de valorar esa libertad e independencia que únicamente es posible alcanzar cuando se supera la línea del más absoluto ridículo, ese que todos sentimos cuando desafiamos las reglas de la normalidad.

Se ha dicho que Elsa von Freytag-Loringhoven, conocida como La Baronesa a raíz de su tercer matrimonio con un barón alemán, fue precursora de la performance, assemblage ready made y pionera del arte conceptual, pero lo cierto es que ni ella misma sabía que lo era; su manera de entender el arte partía de una total libertad creativa, ella era la obra de arte y como tal experimentaba con su propio cuerpo de manera constante, su vida era el arte y vivía para el arte así que no era raro verla pasear por las calles de Nueva York a lo Lady Gaga, con cucharillas colgando de sus orejas, extraños sombreros rematados por ramas de perejil, con dos latas de tomate vacías cubriendo sus pechos, ataviada como Mata Hari, maquillada con remolacha o con sellos pegados en la cara a modo de carta viviente…, otras veces, en cambio, vestida como un hombre o simplemente desnuda, por lo que fue arrestada en varias ocasiones.

Poeta, pintora y escultora, artista en toda la concepción de la palabra, liberada de cualquier tipo de tabú artístico o social, fue criada bajo las continuas palizas que su padre le propinaba con el rígido cuero de su cinturón como modo de educación disciplinaria. Tras la muerte de su madre no pudo soportarlo más y con 18 años huyó a Berlín, abandonando su vida anterior para comenzar un nuevo camino.

En 1910 llega a Nueva York donde se moverá en diferentes círculos de artistas, entre ellos Man Ray, Marcel Duchamp o Djuna Barnes, a los que además servirá como modelo. Su pasión creativa la llevó a ser la primera en dar un valor artístico a los objetos que casualmente encontraba en su día a día, antes incluso de que el movimiento dadaísta se creara como tal Elsa ya experimentaba con todo lo que tenía a su alcance, cualquier elemento era susceptible de servir a su propósito.+

‘La fuente’, su obra, que erróneamente fue atribuida a Marcel Duchamp.

‘La fuente’, su obra, que erróneamente fue atribuida a Marcel Duchamp.

Durante esos años de exaltación artística se constituyó la llamada Sociedad de Artistas Independientes con la intención de dar visibilidad a todos aquellos creadores más alternativos, aquellos que normalmente no eran aceptados en los circuitos oficiales. No había un comité de selección y cualquiera que pagara los seis dólares de inscripción podía participar en esta multitudinaria exposición anual. Entre las más de dos mil obras presentadas se encontraba la enviada por la Baronesa bajo el pseudónimo de R. Mutt, un urinario de porcelana colocado boca arriba con el que mostraba su rabia hacia el gobierno americano por declararle la guerra a su añorada Alemania, un mensaje tan sutilmente camuflado que a fecha de hoy todavía sigue siendo motivo de debate en cuanto a su interpretación: “Caballeros, no orinen sobre mi madre patria”.

Recepcionada por su amigo y amante Marcel Duchamp, quien además formaba parte del jurado, en un primer momento la obra fue rechazada pero como esta actitud iba en contra de los principios fundacionales de dicha Sociedad no tuvieron más remedio que exhibirla, aunque momentos después de la inauguración una mano anónima la escondió tras unas cortinas. Unos dicen que fue comprada por un coleccionista, otros que se perdió, y la mayoría cree que fue destruida, pero lo cierto es que nunca más se supo de ella; la única prueba de su existencia es una fotografía realizada por Alfred Stieglitz y la carta que el mismo Duchamp escribió a su hermana donde detallaba que una amiga había enviado bajo seudónimo R. Mutt un urinario como escultura a la exposición que había sido rechazada y por ese motivo él había presentado su dimisión. Esta decisión provocó una gran controversia, en los círculos del arte no se hablaba de otra cosa, hasta el punto que la fama de la insólita escultura fue creciendo y creciendo siempre asociada al nombre del conocido artista.

Duchamp nunca dio detalles de dónde había salido dicho urinario, de hecho no se tuvo constancia de la carta escrita a su hermana hasta 1982, pero lo que sí hizo fue pedir a todos sus colegas que defendieran con sus escritos la valía de aquella obra, así que ahí comenzó la leyenda, pues seguramente muchos creyeron que él era el autor. Mientras tanto la Baronesa alemana regresaba a su patria con la esperanza de que su arte pudiera encontrar ese lugar donde encajar.

Será en los años treinta cuando el crítico francés André Breton atribuya oficialmente la escultura a Marcel Duchamp quien no hizo el más mínimo intento por desmentir tal afirmación, de hecho llegó un momento que aquel farsante puso en práctica aquello de ‘eepite una mentira muchas veces y se convertirá en verdad’, y así fue, llegó incluso a declarar que la Fuente fue su mayor logro pues consiguió mover los arraigados cimientos de la tradición para burlarse del propio arte, demostrando que cualquier objeto puede adquirir la valoración de obra de arte con sólo pasar por las manos del artista; circunstancia que le llevó a convertirse en el padre del arte conceptual.

Mientras que la Baronesa abría la llave del gas en su humilde apartamento de París en 1927, Duchamp, el gran impostor del arte contemporáneo, se dejaba acariciar por una gloria y un éxito robado, que no le pertenecían, y aunque no reclamó su autoría hasta 1950, ella ya había fallecido en lamentables condiciones. No importa si éste fue intencionado o simplemente se dejó llevar por el devenir de los hechos, la realidad es que su engaño no sólo acabó por sepultar el nombre de Elsa von Freytag-Loringhoven sino que además autorizó la realización de catorce réplicas del urinario original, copias sin valor que hoy se reparten por algunos de los museos más importantes del mundo.

Una verdad a gritos que todos conocen pero que es incómoda desmentir para volver a contar la historia, que la figura de esta gran transgresora del arte quedó como sus obras, sepultada bajo las sombras de aquellos lujosos edificios de la gran manzana mientras ella, la primera dadaísta, a duras penas conseguía sobrevivir rozando en muchos momentos la más absoluta indigencia.

La fuente, la obra más importante del arte contemporáneo, la más significativa del siglo XX, el mayor emblema de la historia del arte moderno; el robo más grande jamás contado.

Compartir el artículo

stats