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Dramaturgo

Miguel Ángel Martínez: “Fábula del topo’ salda una cuenta con mi familia”

Miguel Ángel Martínez.

Miguel Ángel Martínez.

El último texto de Miguel Ángel Martínez aborda desde la voz de su tío Pedro Perdomo, el topo de La Isleta, la posguerra y la Transición. Su abuela está entre los dos.

Miguel Ángel Martínez es un dramaturgo canario de la última generación, de los que los estudiosos llaman “emergentes”. Varias de sus obras han sido publicadas y representadas en España y América, y han sido reconocidas con premios a nivel nacional e internacional. Por El rompeolas obtuvo una candidatura a la Mejor Autoría de los XXII Premios Max y, recientemente, su texto Fábula del topo, el murciélago y la musaraña -estrenado en el Teatro Leal de La Laguna el 11 de septiembre del pasado año y que recala el 13 de marzo en el Nuevo Teatro Viejo de Arucas y en el Teatro Guiniguada de Las Palmas de Gran Canaria los días 26 y 27 de marzo coincidiendo con el Día Mundial del Teatro- logró el Premio Réplica a la Mejor Autoría Original Canaria y la inclusión en los espectáculos recomendados por la Red sspañola de teatros, auditorios, circuitos y festivales de titularidad pública (Redescena).

¿Recuerda la primera vez que se planteó escribir una obra de teatro, y qué le llevó a ello?

En mi época estudiantil colaboré en la adaptación de textos con un grupo de teatro aficionado que dirigía Israel Castro. Sin embargo, mi inclinación posterior fue hacia la poesía. Mi reencuentro con el texto teatral se produce por mi labor docente. Por la curiosidad y necesidad de aprender estrategias y a utilizar herramientas propias de la dramaturgia para trabajar textos con mis alumnos de Artes Escénicas, entré en contacto con Canarias Escribe Teatro, y en estos talleres comencé a producir textos que iban adquiriendo entidad de obras autónomas. El consejo y las palabras de aliento de maestros de la talla de José Ramón Fernández o Ignacio Amestoy fueron fundamentales para afrontar esta ardua tarea de escribir teatro desde esta orilla.

Usted ha afirmado en otras entrevistas que no hay tanta diferencia entre el texto poético y el dramático. ¿Nos podría decir el porqué? ¿Es frecuente que un dramaturgo escriba también poesía?

El teatro ha sido definido por multitud de estudiosos, pero yo me quedo con la de un hombre que, por lo que sé, nunca escribió una escena. Ortega y Gasset decía que el teatro es la “metáfora visible”, y en esta capacidad de simbolizar, de convertirse en metáfora del acontecer humano ante ojos humanos encontramos la afinidad de ambos géneros. Ciertamente lo mismo se puede decir de la novela, pero esta cuenta con una extensión infinita. En teatro hay que contar desde el Génesis hasta el Apocalipsis en una hora y poco, por lo que la significación debe condensarse en intensificarse con el símbolo y la metáfora, tanto textual como en lo que se refiere a todo objeto u elemento (luz, sonido...) que se inserte en la escena. Por otro lado, ha quedado demostrado antropológicamente que el origen de las artes escénicas nace en la fusión del movimiento, la voz, la música, la interpretación y la palabra ritual que tenía esta condición por poética, es decir, diferente por principio de la prosa cotidiana de la tribu.

“Para mí, el texto dramático es un ámbito donde se dan cita voces y ecos de los grandes y pequeños maestros”

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Usted ha recibido premios internacionales y nacionales, sin embargo la prensa incluso la especializada no se hace eco de ello. ¿Se ignora a todo lo que no esté en el epicentro del país?

Estar en el epicentro o en la periferia son circunstancias relativas en este mundo globalizado, especialmente para un escritor de teatro. Vivo en una isla en la que recala teatro parte del mejor teatro nacional y contamos con un público de teatro, música y danza sensible, inteligente y exigente. Veo el teatro que llega y me interesa y veo más en la red, leo teatro y escribo teatro. Nada me diferencia de un dramaturgo de Madrid o Barcelona. En uno de los últimos números de la prestigiosa revista Primer Acto varios estudiosos certificaron el óptimo estado de salud de una escritura teatral canaria, que ya dispone de una nómina considerable en cantidad y calidad y pusieron en valor las claves particulares de nuestra dramaturgia en el panorama nacional.

Al mismo tiempo, en la revista de la ADE (Asociación de Directores de Escena de España) aparece un artículo escrito por usted sobre encuentro realizado por la compañía 2RC dirigida por Rafael Rodríguez en colaboración con el Nuevo Teatro Fronterizo en Madrid, con el objetivo de dar a conocer el proyecto “Canarias escribe teatro” y a su vez la puesta en escena de El rompeolas en una sala madrileña, reflejada en la misma revista en un reportaje con notas de dirección de Rafael Rodríguez. Ahora bien, las duras condiciones de producción en un territorio fragmentado hacen que las obras tengan un recorrido bastante limitado. A pesar de que la profesionalidad de las compañías canarias es reconocida fuera de las islas, es realmente difícil saltar el charco hacia un lado -el peninsular- o hacia el otro -el americano-. Me consta que desde varias instituciones se promueve construir puentes, pero a mí, al menos, aún me parece que falta mucho por hacer. En todo caso, particularmente no me puedo quejar. Seis compañías profesionales canarias han puesto en pie algunos de mis textos. Creo que puedo considerarme profeta en mi tierra.

Algunos autores afirman que se debe escribir más desde la vida que desde la literatura. ¿Usted qué opina?

Particularmente escribo desde la vida y también desde la literatura. Para mí, el texto dramático es un ámbito donde se dan cita voces y ecos de los grandes y pequeños maestros, de todos los géneros literarios, con los que converso y discuto.

¿Fue importante el ‘Corredera’ en su trayectoria?

Corredera cuenta en clave brechtiana la pasión, el proceso y la ejecución de Juan García, el Corredera, último ajusticiado por el franquismo en Canarias, en el año 59. Es un texto comprometido con la memoria histórica en su fondo, y con una escritura poética que la crítica calificó como “desalmadamente heroica y cruelmente hiriente”.

¿Hay en su obra un especial hincapie en el universo femenino?

Sí, sin ir más lejos El rompeolas es un drama psicológico de tres mujeres de una misma familia, con tres visiones generacionales y tres actitudes diferentes ante una realidad diseñada por los hombres. En esta obra trato de configurar un universo femenino que alumbre el miedo subyacente bajo toda manifestación del poder ciego, el heroísmo de la lucha por la supervivencia tras la derrota y la dramática interdependencia social y emocional en un mundo globalizado y tantas veces violento. Es, en definitiva, un texto sobre la fortaleza y la entereza de la mujer ante la adversidad y el dolor.

¿Y los otros trabajos?

Dentro del centenario galdosiano escribí una adaptación teatral bastante libre de la novela Misericordia, estrenada en el teatro Cuyás. El año pasado se estrenó La maldita puerta de una casa encantada, una comedia plautiana dinámica, picante y filosófica en la que la joven compañía Anartistas hace que no paremos de reírnos de nosotros mismos, de cómo el amor nos vuelve un juguete loco en sus manos de niño; y nos identificamos con la amistad irrenunciable y el vitalismo por encima de las desgracias que siempre deben relativizarse. Además, Entrevías, una compañía revelación que apuesta con firmeza y resolución por el teatro contemporáneo, acaba de poner en pie Días oscuros, un texto que reactualiza la denuncia de Tennessee Williams contra la violencia de género de una forma tan desgarradora como poética y esperanzada.

“Delirium’ ha creado un espectáculo que potencia las emociones que laten en la obra, el drama de los supervivientes”

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Y finalmente ‘La Fábula del topo, el murciélago y la musaraña’

Es el primero de mis textos largos y también el más personal. Llega a Gran Canaria con la gran expectación que genera una obra que recupera un conmovedor episodio de la memoria histórica reciente de la ciudad y de nuestro país, el de Pedro Perdomo, el llamado topo de la Isleta, prófugo del franquismo durante 33 años. Perdomo era tío de mi abuela. A ella le debo la escritura de un texto que ha ido gestándose desde mi infancia a partir de sus relatos y que vio la luz a modo de saldo de cuenta, a modo de acto de amor. Y verdaderamente pienso que en todo acto de creación hay mucho de amor y de fe. En el caso de la Fábula del topo, el murciélago y la musaraña, el acto de amor toma cuerpo y autobiografía en un nieto cuya abuela le cuenta la historia de su tío topo.

El compromiso amoroso del nieto es recrear por escrito esa memoria y hacerla colectiva a través de la palabra teatral. El acto de fe está precisamente en creer con fervor en el poder del teatro como documento social, como conciencia de tiempos, seres y estares que de un modo u otro están presentes en nosotros mismos. El resultado es otra crónica real de los años de soledad del franquismo, aunque, en este caso, vivida como testigo de excepción, tan en primera persona que el autor ha caído dentro de ella como un inevitable personaje. En el espectáculo se repasa la dura posguerra y la transición hasta la actualidad desde los ojos de Perdomo, de mi abuela Dolores y los míos propios en un montaje trepidante y magistral de Delirium. Esta compañía de Tacoronte -con una exitosa trayectoria de 35 años- ha creado un espectáculo que potencia formidablemente las emociones que laten en el texto, donde se encarna a flor de piel unos personajes que reflejan el drama real que padecieron unos auténticos supervivientes. Desde el principio, la complicidad a tres bandas entre director, actores y autor ha sido absoluta, enriquecedora y, en mi caso particular, reveladora. Aunque esta obra permaneció una década en el cajón de los justos, definitivamente no ha sido tarde porque la dicha es muy buena.

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