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Las razones de la arquitectura

El pabellón de accesos del recinto de Infecar, sometido a una remodelación no publicitada

Dibujos del interior del pabellón de accesos e imagen del espacio una vez finalizado hace 25 años.

Dibujos del interior del pabellón de accesos e imagen del espacio una vez finalizado hace 25 años.

En 1987 la Institución Ferial de Canarias preparaba la celebración de su 25 aniversario y entre las ideas que se barajaron surgió la de construir un pabellón de accesos -ahora bajo una reforma de la que se desconoce el proyecto- que resolviera algunos problemas funcionales detectados. Tales problemas se derivaban de la falta de un emplazamiento en el que se produjeran las inauguraciones. Lo cierto, es que entonces se realizaba el acto de recepción en medio de la escalinata principal del recinto, a la intemperie, y allí esperaban el presidente del Cabildo, el Alcalde y el Director de la Institución la llegada de las personalidades nacionales e internacionales invitadas.

La idea giró en torno a la creación de un umbráculo y un cortavientos, de manera que en aquellas ocasiones en que el sol caía de plano, minorara la radiación de la media mañana; o que controlara el viento en aquellos días en que corría en fuertes rachas.

Una vez aprobada la idea se procedió a diseñar la forma más apropiada para su funcionamiento, la cual se la podría referenciar con la Sala Barco de la Alhambra de Granada, un espacio dispuesto entre el patio de los Arrayanes y la Sala de Embajadores o torre de Comares. El uso de antesala entre un espacio libre ajardinado y el protocolario de recepción daba lugar a un desahogo de la movilidad en el trasiego de personas que se recibían y los espacios de espera.

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En Infecar, este proceso de recepción y espera se convertía en una huida permanente de las personalidades en busca de protección, ya del sol o del viento, que complejizaba la reorganización del grupo de invitados. En definitiva, se procedió a crear una caja acristalada que permitiera, democráticamente, con su transparencia, satisfacer la curiosidad del público expectante y que mantuviera agrupadas a las personalidades invitadas. El proyecto requería, por tanto, de una arquitectura ligera, transparente, contundente y a la vez digna y elegante que sirviera de representación oficial ante los embajadores, cónsules y autoridades nacionales que formaban parte del protocolo de una feria internacional.

Al tratarse de un edificio exento no estaba limitado en su trazado y, por ello, se le concibió como un eferente formal identificable entre la geometría del recinto, se optó por un rectángulo con los lados mayores arqueados para dar más sensación de amplitud en el centro, o eje principal de paso, dejando a ambos lados zonas distendidas o de espera.

El pavimento se hizo de mármol Cenia con un diseño de 14 pintaderas y se revistió las pilastras de Travertino Romano

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Para completar el diseño se recurrió a una serie de elementos de gran calidad que, a la vez, fueran culturalmente identificables y ofrecieran el marco apropiado para uno de los actos de mayor solemnidad que se celebraban anualmente en la ciudad.

En primer lugar se pensó en el pavimento, que habría de estar dispuesto al final de una escalera, en orientación sur, por lo que se debía reducir al máximo el brillo a fin de evitar los reflejos. La decisión se tomo en base a la experiencia desarrollada por Gaudí con el mármol Cenia, cuyo color y textura superficial ofrecía unas condiciones óptimas. Con tan preciado material se realizó un complejo diseño compuesto por 14 pintaderas que formaban un anillo perimetral.

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También se pensó que el Travertino Romano podía ser el mármol con el que revestir con pilastras los 24 pilares, compuestas de piezas curvadas que requirieron, por su espesor, ser importadas de Italia. Para el montaje de las mismas y a fin de preservarlas, dada su calidad, se las instaló mediante finísimos anclajes de acero inoxidable que aseguraban su estabilidad, y también su movilidad en caso de que se requiriera para la sustitución de alguno de los grandes paños acristalados dispuestos entre los pilares.

Para los testeros del pabellón, dispuestos como fondos de la sala, se consiguieron adquirir los 8 paneles de Ónix Dorado sobrantes de la reconstrucción del Pabellón de Alemania, en la Exposición Universal de Barcelona de 1929 que, en 1986, habían sido todo un acontecimiento mediático para completar una obra, tan emblemática y reconocida mundialmente, diseñada Mies van der Rohe.

El Ónix había sido objeto de una enorme búsqueda por todas las canteras conocidas de dicho material semiprecioso, que finalmente pudo ser localizado con las características más parecidas al original en una pequeña cantera abandonada de Argelia.

Por último, el techo compuesto de una estructura metálica, en forma de doble arco, creaba una concavidad sobreelevada a modo de barca invertida, que fue recubierta de cobre a fin de recoger, en la zona pensada como penumbrosa, la suave luz reflejada por el mármol Cenia. Sin duda, Infecar me dio, en su 25 aniversario, la oportunidad de hacer realidad una pequeña obra emblemática, con la que solo puede soñarse.

José Luis Gago Vaquero.

Académico Correspondiente. Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

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