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Canarismos

Santo que se enoja, santo al que no se le reza

Santo que se enoja, santo al que no se le reza

Ignoro cuantos santos forman parte del santoral eclesiástico. Pero muchos han de ser si consideramos que los trescientos sesenta y cinco días del año resultan insuficientes para acogerlos a todos. Hasta el punto de tener que compartir onomástica varios de ellos. Así las cosas, no es difícil olvidarse de algunos ante los más renombrados y populares. Imaginamos que esta singular situación habrá provocado más de una vez algún exceso de celo “profesional” o herido la susceptibilidad de aquellos que caen en el olvido o pasan desapercibidos más frecuentemente. Y puestos a imaginar y a indagar en el amplio santoral quizá habrá provocado en más de una ocasión un enfado sordo por la falta de atención o ausencia de devotos. No es de extrañar, pues, que el ingenio popular, siempre fértil en la plasmación de metáforas pintorescas e hipérboles con cierto gracejo, prevea que alguno de estos santos, disgustado por el escaso fervor mostrado por sus fieles, haya manifestado su descontento. Como mismo en alguna ocasión los devotos han recriminado también al “santo” por no atender sus plegarias. Y traemos a colación aquella anécdota que se cuenta de la festividad de San Andrés en el pueblo de Tetir (Fuerteventura) en la que antiguamente se invocaba la lluvia sacando en procesión la imagen del santo patrón. Ni que decir tiene que en los años de sequía la exigencia era persistente e inaplazable. Hasta el punto de que la ausencia de lluvias era interpretada como que el santo había desoído las peticiones de sus devotos. Y esto provocaba el enfado de los feligreses que iracundos amenazaban con enriscar por un barranco la imagen del santo si no llovía en los días sucesivos; y, suponemos, el correspondiente enojo del “santo” ante tamaña irreverencia.

Este podría ser el contexto alegórico del dicho que se construye sobre una metáfora que, entre el elemento idolátrico y la sutil ironía, busca el símil hagiográfico para mostrar, a través de la negación de la plegaria, la “punición” que se le impone al “santo” por su suspicacia y encono. No es infrecuente en los pueblos pequeños donde las relaciones sociales se fundan sobre la base del conocimiento personal y directo, la parentela, la amistad o la confianza en distintos grados, que en ocasiones cualquier banalidad o malentendido sea motivo de resentimiento entre paisanos. Es precisamente en situaciones como esta donde se emplea el dicho: «Santo que se enoja, santo al que no se le reza». Así que cuando alguien se enfada (o “se amula”) por cualquier nimiedad (o “mimosería”), hay que dejarlo estar porque la mayoría de las veces con no hacerle caso basta. [Puede ir acompañado de comentarios tales como: “¿Se enfadó?, peor para él… Déjalo estar, ya se le quitará” o “¡chacho, está encochina(d)o. Déjalo, no le digas nada!”]. Podría formar parte de un grupo de dichos y modismos que tienen a los santos como protagonistas para expresar, por medio de metáforas, ciertas enseñanzas y situaciones que poco o nada tienen que ver con la hagiografía. Valgan como ejemplos: “Deberle a cada santo una romería o una vela” o “deberle a las doce mil vírgenes y a cada santo un peso”, que expresan de manera ingeniosa y desenfadada la situación de alguien que debe dinero a todo el mundo o que tiene muchos acreedores. “Que cada santo aguante su vela” (versión local de “que cada palo aguante su vela”, es decir, que cada cual debe pechar con las consecuencias de sus propios actos); “grandes como cabezas de santos»” (comparativa de superioridad para referirse hiperbólicamente al tamaño de una cosa, normalmente frutas o tubérculos); “no andar alguien con santos tapados” (no tener pelos en la lengua); “quedarse para vestir santos” (se dice de la mujer soltera de cierta edad); “desvestir un santo para vestir a otro” (crear un entuerto para tratar de resolver otro problema); “sea por el santo que sea” (sea por el motivo que sea) o “a santo de qué”; “se dice el milagro pero no el santo” (refrán que aconseja que cuando se hacen comentarios o se critica a alguien en su ausencia, conviene no desvelar el nombre de la persona en cuestión); “santo que no es visto, no es adorado” (frase proverbial que invita a exhibir los encantos personales para que puedan ser apreciados). Así que, entre tanto santo, si alguien se olvida de su onomástica, mejor “no se enroñe, cristiano” porque “santo que se enoja […]”

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