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Melancolía como trinchera

La neoyorquina Lana Rey ahonda en su perfil artístico más intimista, combinando el piano y la guitarra acústica, y versionando a Joni Mitchell

Lana Rey.

Lana Rey.

Hace casi diez años que Video games introdujo a Lana del Rey en la arena pop a través de una intrigante languidez apta para el largo recorrido: la neoyorquina dio pronto esquinazo al síndrome one hit wonder desplegando un imaginario sensual y ensoñador que le valió nuevas cotas de reconocimiento en álbumes como Norman fucking Rockwell! (2019). Es en la órbita de esta última obra, pausada y envolvente, donde se sitúa Chemtrails over the country club, con sus escenas de surrealismo mágico, sus historias de amor convulsas y sus suspiros por los tiempos en que ella no era una celebridad y veía la vida pasar.

Es su séptimo trabajo, y lleva si cabe un poco más lejos el interiorismo del sexto ahondando en los tejidos acústicos y coincidiendo así con el giro (o paréntesis) de la última Taylor Swift. Discos para periodos de entretiempo, sin tours a la vista y propensos al recogimiento, si bien es justo decir que Lana dio el paso primero, antes de la pandemia, y que hay un hilo que cose sus álbumes sin brusquedades formales.

Enmarcando el repertorio, una mirada hacia la sencillez vital de otros tiempos, perceptible desde la portada, donde la cantante posa con sus amigas en una imagen en blanco y negro con regusto retro. Ahí está la canción de apertura, White dress, donde se recuerda a si misma escuchando los éxitos rock que acompañaron su primera juventud (Kings of Leon, The White Stripes) sin los pesos que presumiblemente soporta en la actualidad (“me sentía libre porque solo tenía 19 años”). Canción asentada en el piano, que canta con las inflexiones de la Kate Bush de This woman’s work, emparejada con la que da título al álbum, portadora de imágenes contrastadas: la estancia con su hermana y sus amigas en el club de campo bajo las estelas de los aviones, símbolo de la amenaza a su mundo idílico.

Aunque Tulsa Jesus freak la desvía hacia territorios más electrónicos, el disco avanza envolviéndote en su nube de pausados arpegios de piano, si bien, poco a poco, van ganando centralidad las guitarras acústicas. Ahí está el sustancioso vals en miniatura Wild at heart, la honda y abiertamente folk Yosemite, y la sentida cita con la amazona country Nikki Lane, coautora y corista en Breaking up slowly.

Ella canta modulando cierto desgarro a lo Hope Sandoval, estirando perezosamente las sílabas o buscando la calidez a la manera de ciertas grandes damas del folk, como en Dance til we die, donde menciona, entre otras, a una Joni Mitchell de quien redobla el tributo en el cover final de For free, acompañada por Zella Day y Weyes Blood.

Pero, aunque exhiba su admiración por la alta trovadora canadiense, Lana del Rey no imita a nadie en este álbum; tan solo parece dejarse inspirar para ser ella misma con la mayor determinación.

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