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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Aquello en lo que todavía no se cree

Jorge Rodríguez Padrón nos conduce con la lectura de su último libro, ‘Modernism & Translation’, a la palabra desplazada

Jorge Rodríguez Padrón.

La crisis de sentido global se inscribe en nuestra relación con las palabras. La demagogia, el imperio del eslogan y la degradación del lenguaje a mero instrumento se abren paso en el vacío creciente de la “cultura”. A tomar conciencia y a la vez distancia de ese agujero negro ayudan los poetas y sus mejores lectores, entre quienes contaremos siempre al crítico literario Jorge Rodríguez Padrón (Las Palmas, 1943). Lo demuestra una vez más en su último libro, Modernism & Translation (A partir de “Gerontion”, de T. S. Eliot), publicado en la colección de Eugenio Padorno, Sobrescritos, de la editorial Mercurio. La lectura nos conduce desde el inicio a lo que Nilo Palenzuela ha llamado la “palabra desplazada”, aquella que por su descuadre podría recusar las jerarquías establecidas y conjurar la sumisión que exigen “los empoderados” (p. 21)

La escritura desplazada es discreta. Tiende a adoptar formas presuntamente menores, como el comentario y la traducción. Solo presuntamente, pues en realidad la traducción toca aquel nervio de la experiencia poética por el que puede circular el resto no dicho y, con ello, reabrir el pasado. Rodríguez Padrón condensa toda una filosofía de la traducción cuando declara “ser fiel a la palabra antes que al significado; mi traducción será traslación del inglés al español, claro; pero, también, traslado de aquel a este momento; como si desde allí yo hablara aquí” (p. 16). No consiste única ni principalmente en transferir ideas entre códigos. La reducción de la palabra a informática es precisamente parte del problema. La sociedad de la información apunta a la extinción de la palabra viva, respirada. Por eso se trata de oír las voces de los otros, y de otro tiempo, dentro de la propia voz. E incluso del propio cuerpo. Porque, como explica y hasta confiesa el autor, el eclipse social del habla afecta a la conciencia y el organismo de cada uno.

Y junto a la traducción así concebida, el comentario. Este se descubre como condición necesaria para el despliegue de la obra de arte que, si es tal, guarda un potencial inagotable. Lección aprendida en Friedrich Schlegel, Novalis y, sobre todo, en El concepto de crítica de arte en el Romanticismo alemán, de Walter Benjamin, a quien nuestro autor leyó con tino en su libro a mi juicio más importante, En la patria perdida (Huerga y Fierro, 2013). Para aquellos teóricos alemanes, hablar del rendimiento de la obra suponía focalizar su carácter objetivo, su autonomía. No consiste, por tanto, en proyectar sobre ella los significados que al intérprete le vengan en gana, sino atenerse a la iniciativa de sus leyes internas. La crítica deja de ser prioritariamente el juicio sobre la obra para convertirse en el médium de su expresión. Solo así puede el presente acoger el resto no realizado del pasado, como sucede en la traducción lograda. De ese resto depende que el futuro del arte no sea una repetición asfixiante de lo mismo.

En ese sentido Rodríguez Padrón comenta y traduce el poema de Eliot, escrito hacia 1920. A partir de “Gerontion”, como si apoyase las hojas en la ventana para calcar un dibujo, el crítico superpone dos momentos históricos: la Europa de entreguerras y nuestro presente. Eliot asistía entonces a “la descomposición de la memoria cultural que nos sustenta” (p. 30). Rodríguez Padrón observa esta época a la luz de aquella para calar su fisonomía y comprueba que poco o nada hemos aprendido aunque nos empeñemos en agrandar la amnesia bajo el recuerdo protocolario de la efeméride. Hoy aquella debacle se ha agudizado en una crisis de civilización. ¿Hay tiempo todavía para entender los signos que deberían hacer saltar todas las alarmas y echar el freno de emergencia a la maquinaria ciega que nos arrastra?

Requisito primero es renunciar al autoengaño. Por eso el anciano meditabundo del poema afronta el “vértigo del vacío”. No lo enmascara con “significantes flotantes” y estratégicos, sino elige el cara a cara con la confusión. Reivindicar el propio límite, la debilidad, es un inicial gesto de resistencia: “¿Qué esperar entonces, qué esperar ahora mismo, cuando se nos niega aquello que nos enfrenta a nuestras humanas limitaciones?” (p. 21). A la búsqueda de alternativas, “aquello en lo que todavía no se cree”, dice Eliot, podría ayudar la palabra fuera de lugar: “el mismo desplazamiento del sujeto a los márgenes, el que reconozco, debo soportar en este momento” (p. 14). Pues el secreto para cambiar los tiempos que corren es precisamente la memoria de la debilidad y los márgenes. Recordar no es contar cómo le fue a cada uno en la fiesta, una versión del pasado que se arrima frente a la autoridad científica de la historia, sino una forma de conocimiento empecinada en señalar lo que falta. Por eso la memoria tiene que ver con nuestro acceso a la realidad. Y recuperar la memoria fue el desafío del escritor desplazado, el propio Rodríguez Padrón, cuando decidió orientar la mirada a la literatura europea después de haber buscado su identidad durante décadas en una lectura minuciosa de la poesía hispanoamericana. Confiesa haber descubierto que “el español literario (y esto desde su mayoría de edad clásica) ha estado en manos, por lo general, de autores y estudiosos empeñados en perpetuar el autoabastecimiento y la fidelidad a los cánones dominantes en cada época” (p. 10).

Pero es también muy posible que no baste rescatar esa tradición a punto de fenecer, que Rodríguez Padrón sitúa “desde los amenes del Medioevo” al primer cuarto del novecientos. El rescate conlleva quizá otra indagación. Una pregunta que también haríamos a T. S. Eliot a propósito de su comprensión de Europa, nutrida en última instancia de contenidos cristianos secularizados que esta no puede justificar sirviéndose únicamente de la razón. Es preciso averiguar si la semilla de la amnesia no estaba ya en la corriente que acabó siendo predominante en Occidente, la que viene de Atenas y redujo la memoria a un mero “sentido interno”, como la define Aristóteles. ¿De dónde viene entonces esa otra concepción en que fiamos “aquello en lo que todavía no se cree”? ¿La que asocia la novedad del futuro al pasado pendiente? Europa necesita revisar por qué soterró la estela de Jerusalén. De ahí procede el genio de la memoria que nos falta.

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