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55 libros contra el adanismo

Bértolo espiga la literatura española para enseñar un modo de ejercer la crítica

A principios de los 80 del XX, cuando conocí a Constantino Bértolo (en una tertulia casera de mucho humo), la literatura formaba parte de la conversación y desde Madrid oficiaban como sacerdotes críticos de la misma nuestro hombre o un Rafael Conte, pongamos por caso, pongamos por ideología. La literatura era una cosa seria, y siguió siéndolo años después. En un viaje en coche a Jaén para fallar un premio literario (acabamos por declararlo desierto), mantuvimos el tono desenfadado el clásico vivo don Francisco Ayala o un servidor, mientras Bértolo atendía al volante e intervenía solo en aspectos narrativos o poéticos de mucho o profundo fuste (fíjense). Constantino Bértolo, quiero decir, era y es una referencia seria, desde su trabajo como crítico o como editor, estés o no de acuerdo con él, te guste lo que disecciona, te disguste. Lo contrario, pues, del chisgarabís propagandístico de hoy, cuando de la literatura ni se habla apenas, cuando los premios literarios no se declaran desiertos, pues los ganan las gentes del espectáculo, intrusos analfabetos funcionales tantas veces.

Bértolo responde ahora con este libro a un encargo que le hiciera su colega como editor Julián Rodríguez, cuya muerte de tanta pena llenó a quienes lo frecuentaban. “Se trata de seleccionar −le pidió− cincuenta y cinco libros de la literatura en castellano del siglo XX, a tu criterio, comentando de manera breve cada uno de ellos en no más de folio y medio”. O sea, criterio del autor, límite temporal (hasta el 2008, como fecha que cierra aquel siglo) e idiomático, y brevedad. ¿Cómo cumplió Bértolo y ahora lo podemos leer? Buscando “la respuesta de la literatura a la pregunta de quiénes somos”; entendiéndola “como espejo del transcurrir humano, de su ser, de su estar”; enfrentándola con la Historia “como dos narraciones que se abducen mutuamente”, con ese entreverado intríngulis de cuánto en una hay de objetivo, cuánto de subjetivo en la segunda. En una palabra: valorando “la relevancia de ciertos libros según su capacidad para intervenir directamente no en la realidad histórica, sino en su relato, en la narración que subyace a modo de subjetividad colectiva en toda comunidad”. ¿Que parece un trabalenguas? No, no olviden que Bértolo habla de literatura seria, no de pamplinas. Y ahí desfilan, por lo tanto, libros sobre “España como problema, el mundo rural, proletariado y revolución, el feminismo, el poder de la Iglesia, la Guerra Civil y la posguerra, la resistencia antifranquista, Europa como destino, la cultura de la Transición y el fin del espejismo”.

Se convierte entonces el libro en una muy útil herramienta para enseñar un modo de ejercer −55 veces con el mismo instrumental− la crítica literaria (si aún se enseñase) y ver, a través de la literatura, cómo somos por lo que fuimos en el XX. Folio o folio y medio para clásicos ya (o clasiquísimos) como Campos de Castilla, Poeta en Nueva York, Nada, Nosotros, los Rivero, El Jarama, La verdad sobre el caso Savolta… o bien para obras menos conocidas como Campesinos, Los enanos, Las pistolas… o bien para recuperar −a ver si de una vez− excelentes narraciones postergadas, como el Días de llamas, de Juan Iturralde. Por lo que me toca más de cerca, pues prologué y preparé la edición definitiva, se da una visión novedosa del Herrumbrosas lanzas benetiano: “La Guerra Civil en cuanto a hija del destino y el azar, como mito y tragedia donde todos serían culpables y, por consiguiente, todos serían inocentes”. Hay erratilla incluida, como yo yerro, como tantos. Con muchos comienzos síntesis (“Esta novela es una venganza”, “Esta novela es una ironía”…) y con síntesis muy clásica de la trama de cada libro. Acaso para que los adanistas y milenials varios tengan noticia de que el mundo no comenzó con ellos, que hubo Historia y la contó la Literatura (o al revés).

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