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Productor

Álex Pina: “Soy anti-aburridista: la principal misión ha de ser entretener”

Alex Pina, creador de la serie ‘Sky Rojo’ de Netflix. | | TAMARA ARRANZ

Alex Pina, creador de la serie ‘Sky Rojo’ de Netflix. | | TAMARA ARRANZ

Álex Pina (Pamplona, 1967) ha escrito aún más series de éxito de las que se suele creer. Antes del fenómeno ‘La casa de papel’, fue guionista de ‘Más que amigos’ y ‘Periodistas’ y cocreó ‘Los Serrano’ y ‘Los hombres de Paco’. Es decir, ha sido testigo y participante en la apasionante evolución de la ficción española durante el último cuarto de siglo. Hace dos décadas y media, o solo hace una década, habría sido difícil imaginar en nuestra parrilla algo como ‘Sky Rojo’ (Netflix): esta historia de tres prostitutas a la fuga es un ‘thriller’ salvaje y estilizado repartido en adrenalíticas dosis de 25 minutos.

Si hay algo que unifique su extensa carrera, debe de ser la reivindicación de lo ‘pulp’.

Yo me considero anti-aburridista. No importa las ideas que incluyas en tu línea editorial. La misión principal siempre ha de ser entretener. Nosotros, desde siempre, hemos hiperbolizado todo. Si echas la vista atrás, todo es hiperbólico. Lo pulp es divertido por eso, por la carga de exceso.

En el caso de ‘Sky Rojo’, podríamos hablar casi de ‘grindhouse’, como con ‘Vis a vis’, que parecía influida por las películas de mujeres en prisión de los setenta.

Cuando hicimos Vis a vis, fuimos a prisiones para documentarnos, y aquellos sitios eran un espanto. O nos inventábamos la realidad, o esa serie no habría quien la aguantara. Aunque no deja de ser un drama social, tiene un envoltorio de pulp latino. Había algo de Tarantino, influencia de la que nunca he renegado. ¿Cómo no te puede marcar alguien capaz de escribir esos diálogos?

¿Diría de su nueva serie que es una variación gamberra de ‘Los Ángeles de Charlie’? Jill, Sabrina y Kelly marcaron su despertar sexual, según le contó a mi colega Núria Navarro.

Uno no puede negar aquello con lo que ha crecido. Estamos hechos de lo que nos nutrimos. Y al final, como creador, acabas haciendo un patchwork de las cosas que te han divertido. En mi caso, eso significa Mortadelo, Los Ángeles de Charlie y Pippi Långstrump. Lo gamberro y lo sexi mezclados con una comedia que siempre estará ahí.

Ha creado muchas de sus series, incluyendo ‘Sky Rojo’, con una fiel colaboradora: Esther Martínez Lobato. ¿Ella le ayuda a contener sus impulsos más prototípicamente masculinos?

El tema de la mirada masculina es complicado. Intentamos estar todos un poco en guardia. Es como si en cada paso que das hubiera un tío detrás susurrándote: “Estás banalizando”. A veces, la mirada masculina se me va y nos planteamos otra cosa. Otras veces es una actriz la que te expone un modo mejor de llegar a algo. He hablado mucho con Verónica Sánchez sobre estos temas.

“El tema de la mirada masculina es complicado. Intentamos estar todos en guardia”

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Los episodios de ‘Sky Rojo’ duran menos de media hora. En los últimos años se ha demostrado el potencial del drama de minutaje condensado.

¿Sabe qué es lo más disfrutable de todo? Poder ir a un sitio distinto. Pasar de los 70 minutos estándar a los 50 fue un placer, y pasar ahora a los 25 ha sido maravilloso. Es un cambio complicado, sea como sea. Queríamos hacer una especie de tercer acto constante. La mejor parte de una historia siempre es la parte final. Tiene sentido buscar la frenética del tercer acto para toda una serie. Pero para ello has de hacer secuencias mucho más cortas y rodar mucha acción, algo que requiere tiempo y pericia.

Desde su posición ha podido observar los cambios de la ficción española en el último cuarto de siglo: el crecimiento de calidad y ambición en la ficción generalista y, después, las oportunidades creativas provistas por las plataformas. ¿Qué supuso para usted el advenimiento del ‘streaming’?

Todo ha sido una evolución. Todavía recuerdo cuando, desde el cine, a los de la tele se nos veía como la basurilla. Yo me he encontrado con actores que se negaban a participar en series. Y, sin embargo, en la última década todos los grandes talentos se han ido a la tele. Los que antes éramos los hermanos pequeños, ahora somos los hermanos mayores. Una temporada de televisión te ofrece muchas más posibilidades narrativas que 90 minutos de película. Y eso saben verlo cada vez más creadores. Por otro lado, el espectador te hace mejorar. Para mí esa ha sido la mayor revolución: se ha creado un espectador experto y exigente, que ya no quiere más cosas inocuas.

¿Se crea y se produce de forma diferente cuando se tiene conciencia de la existencia de un público global? ¿O el secreto del éxito radica, en parte, en el sabor local?

La idiosincrasia local es fundamental. Con La casa de papel tocábamos un género, el de los grandes atracos, que no hemos inventado nosotros, pero que estaba anclado en patrones anglosajones. Nosotros lo latinizamos y adosamos unos factores emocionales tan importantes como el propio plan.

‘White lines’ es un raro caso de serie de Álex Pina que se queda en una temporada. ¿Qué pasó con ella?

La serie tenía un final cerrado, aunque abierto a la posibilidad de una segunda temporada. Yo estaba contento de la serie y del trabajo con los productores ingleses, como Andy Harries [The crown], que es un crack. Pero al final hubo el acuerdo de no seguir, en parte porque estábamos levantando otras series. No fue algo traumático; nadie tuvo la sensación de fracaso. Además, el último capítulo cierra muy bien todo, creo. Hay que liderar el cierre de series en pocas temporadas. Es una cuestión de honestidad. Yo estaba muy contento de haber cerrado Vis a vis con dos temporadas; resucitarla fue idea de Fox. Con La casa de papel ya hemos dicho todo lo que tenemos que decir, así que después de la quinta, ¡chao!

“Todavía recuerdo cuando, desde el cine, a los de la tele se nos veía como la basurilla”

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¿Qué ha visto últimamente que le haya dado envidia?

Siempre hay cosas. Cuando estaba montando Sky Rojo, me estaba preguntando cómo se podía contar la sordidez sin resultar sórdido. Encontré la respuesta en Euphoria, que a pesar de los temas que toca, se mueve con un estilo sensorial fascinante. También me encantó la mezcla de brillo glossy y cinismo de Aves de presa. Al final tienes deformación profesional y no puedes sentarte a ver series sin pensar cosas, sin aprender de ellas o, al contrario, pasar el rato corrigiendo el guion mentalmente. A mí me pasa eso muchísimo. Para mí, sentarme a ver una serie es seguir trabajando.

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