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Natalia Moreno Cineasta y actriz

Natalia Moreno: «El violín de Ara Malikian suena a hechos como el genocidio armenio»

Natalia Moreno recibe de manos de Antonio Isasi-Isasmendi Jr. el premio a Mejor largometraje de Ibicine. | | IBIZA PHOTO AGENCY

Natalia Moreno recibe de manos de Antonio Isasi-Isasmendi Jr. el premio a Mejor largometraje de Ibicine. | | IBIZA PHOTO AGENCY

Cineasta y actriz. Natalia Moreno se ha dejado la piel en su primer largometraje, ‘Ara Malikian, una vida entre las cuerdas’, que cuenta la historia del prestigioso violinista libanés de ascendencia armenia haciendo un recorrido por su trayectoria vital y profesional. La cineasta, que es su pareja, habla del documental, al que ha dedicado cinco años, tras recibir en Ibicine el Premio Astarté Isasi-Isasmendi.

Su documental Ara Malikian, una vida entre las cuerdas ha recibido, entre otros galardones, el premio Goya de 2020 a Mejor película documental. ¿Qué sien ahora que se lleva a casa el Astarté Isasi-Isasmendi a Mejor largometraje de Ibicine?

Es muy emotivo, para empezar, porque conozco a María Isasi, la quiero mucho, y llevarme un premio con el nombre de su padre me hacía muchísima ilusión y, luego, porque cuando era niña veraneaba en Ibiza con mis padres y le tengo un cariño muy especial a la isla. Sé el esfuerzo tan grande que han hecho por parte del festival para sacarlo adelante en estas circunstancias tan complejas y me parece que nos han cuidado mucho y estoy muy agradecida. Además, es la primera vez que Ibicine premia un largometraje y el mío será siempre el primero que recibió un Astarté Isasi-Isasmendi y me hace mucha ilusión, todos los premios lo hacen porque valoran el trabajo. Para mí no hay uno más grande que otro.

¿La idea de hacer este proyecto partió de usted o de Ara Malikian?

Partió de mí. Ara no quería saber nada del documental. Tenía ciertos reparos en que se contara su vida siendo todavía joven y estando vivo, creía que no había hecho los méritos suficientes como para eso. Pero a mí me parecía que, más allá de su vida como artista, estaba su vida como humano y le argumentaba que en estos momentos hay más refugiados en el planeta que después de la Segunda Guerra Mundial y que su mirada y su forma de explicar que la vida se puede transformar podría ser inspiradora para muchas personas. Durante todo el tiempo que he estado haciendo el documental, he grabado mucho material, le he acompañado en gira y le he dado muchas vueltas a desde dónde iba a contar la historia. Decidí que no iba a poner el foco sobre la estrella musical en la que se ha convertido Ara Malikian. A mí me interesaba que el documental lo viera una persona en China y dijera: «Mira ese tío que peleó muy fuerte para sacar su vida adelante y resulta que, además, toca bien el violín». Para mí la mirada era desde ahí.

¿Tuvo claro desde el principio ese enfoque?

Bueno, se fue construyendo. También pasó algo muy bonito y es que cuando el padre de Ara murió recibimos en nuestra casa de Madrid cerca de 50 cajas y al abrirlas descubrí que ese hombre había hecho un acto de amor bellísimo porque cuando su hijo se había ido con catorce años de Líbano, él, en medio de una guerra, fue recopilando y guardando toda la información y recortes de prensa de los lugares donde su hijo iba tocando y se iba haciendo un gran músico. Ara se los mandaba desde todas partes del mundo, desde Londres, Alemania, París... y al encontrarme todo aquello me pareció una señal. Aquellas cajas eran un regalo infinito para contar una historia.

¿Entonces esas cajas son las que le motivaron a llevar a cabo el proyecto?

Sí, fueron determinantes. Me dije que esta historia se tenía que contar, que no podía ser la única testigo de este acto de superación personal a través del arte, a través de la música. Las cajas sirvieron de arranque, de motor. Además, yo estaba embarazada de mi hijo y hasta entonces había trabajado como actriz siempre, no había dirigido nada, y también coincidía que la carrera de Ara se estaba volviendo internacional. Yo con un bebé no tenía mucha perspectiva de trabajo como actriz, así que la opción era o quedarme en casa solita con un bebé o subirme al circo, y me dije: «Pues me subo al circo, agarro a mi niño y una cámara y y grabo todo lo que pueda y luego ya veremos qué hago con todo el material». Nunca creí que el documental fuera a llegar a ningún lado, lo hacía por una cuestión creativa, por no quedarme parada y porque sentía que esa historia se tenía que contar de una manera u otra.

En el documental se tocan muchos temas, además de la carrera profesional de Malikian, que nació en Líbano y es de ascendencia armenia. Se habla del genocidio armenio, una masacre que hace unos días reconoció el presidente de EEUU, Joe Biden, después de más de cien años.

El genocidio armenio ha sido un tema muy delicado siempre. Yo te soy sincera, cuando conocí a Ara era la primera vez en mi vida que veía un armenio. Tuve que hacer todo un trabajo de investigación. Me fui a Ereván (capital de Armenia), pasé veinte días allí, estuve en el museo del genocidio, hablé con familiares y víctimas... Luego, el genocidio no es el foco total del documental porque al final no deja de ser el pasado de la familia de Ara, pero a mí me parecía, y siempre lo he pensado cuando lo veo en un escenario, que si algo tiene Ara es que está lleno de imágenes que determinan su tipo de música, y esas imágenes vienen dadas por la vida que tiene. No es moco de pavo que sus antepasados vengan de un genocidio y que él haya crecido en una guerra (la del Líbano). A mí me parece que su violín suena a muchas cosas de esas también y creía que era nuclear tratarlo, no pasar por encima.

«No quería poner el foco en la estrella musical que es Ara, sino en su historia de superación»

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¿Qué ha descubierto de Malikian y de usted misma haciendo este documental?

He descubierto dos cosas fundamentales a través del documental, una, personal, que puedo contar historias en imágenes. En estos cincos años en los que he hecho éste y otros trabajos he descubierto la realizadora que soy y ese regalo es para el resto de mi vida. Por otro lado, es verdad que aunque seas pareja hay ciertos temas que son complejos de hablar. Una de las cosas que me ocurrió es que yo vivía la historia de Ara, sin conocerla de manera profunda, con una mirada un poco maternalista, en el sentido de decir: «Pobre, viene de una guerra», hasta que pusimos el tema sobre la mesa y él respondió: «De pobre, nada, mis padres me querían y yo no pensaba que hubiera otro tipo de vida. La gente que no venís de una guerra lo veis como el gran horror, y lo es, pero lo entiendes 30 años después, cuando vives en otro contexto, pero te pido que no cuentes la historia desde el melodrama sino desde la verdad». Entonces, sí, descubrimos cosas ambos. Yo conocí su historia de forma más profunda, porque también estuve en Líbano, hablé con familiares y fuimos a ver la casa en la que vivió cuando era pequeño, lo que para él fue un impacto muy grande porque hacía 32 años que no la visitaba. Ara también dijo en alto cosas que antes no se había atrevido a decir, porque lo que ha generado que el documental sea tan íntimo y tenga una mirada profunda es que lo hicimos él y yo. Puse una cámara en mi casa, nos sentamos en un sofá y charlamos durante horas, y en ese tiempo, al final, la verdad sale a la superficie. Él siempre me decía que había sido terapéutico hacer este documental porque le había puesto nombre a cosas que no se había parado a analizar hasta entonces.

¿Cómo reaccionó Ara Malikian cuando vio el resultado del documental?

Se explica al final del largometraje con un texto que surgió cuando vio el primer montaje. Le encontró sentido a contar su historia. Dijo que si cuando era niño alguien le hubiera contado que se puede salir de una vida compleja le hubiera hecho bien.

Entiendo que al tocar material tan sensible e íntimo, y más siendo pareja, el proceso tiene que haber sido difícil. ¿En algún momento él o usted se plantearon dejar el proyecto?

He estado cinco años haciéndolo, te puedes imaginar el motivo. En algún momento he tenido que tomar distancia, sobre todo, ya no porque me afectara emocionalmente, sino porque estaba tan pegada a la historia que perdía el foco. Estaba enamorada de todo lo que había grabado y tenía que dejarlo enfriar un tiempo y volverlo a retomar. Toda la gente que ahí sale, además, es gente que yo quiero. Al final es mi familia y hay lugares a los que no les quiero exponer. En ese sentido he intentado no pecar de morbosa. De hecho tomé la decisión desde el día uno de no sacar ninguna imagen de archivo de la guerra, de no mostrar sangre, de no sacar imágenes del genocidio, y las hay fortísimas. Lo recreé con el propio Ara hablando de su abuelo, porque sentí que no me apetecía hacer una cosa amarillista.

Este documental es en esencia la historia de un emigrante. ¿Qué opina de la situación que vivimos actualmente? Porque, entre otras cosas, parece que con la pandemia ya no se habla, por ejemplo, de lo que están viviendo los refugiados sirios.

La pandemia lo ha tapado todo. Yo toda la guerra del Líbano la recreo en el documental con imágenes actuales de los campos de refugiados sirios porque me parece que han pasado 20 años, pero no ha cambiado mucho la situación. Nosotros estuvimos colaborando con Acción contra el Hambre y nos fuimos para allá para grabar un spot y dar visibilidad a este asunto. Cuando vas allí y miras a los ojos a esas personas te das cuenta de que en realidad, un poco, estamos siendo cómplices en el silencio de esa barbarie también, y son humanos, tienen familia, tienen sueños, o los tenían. Es compleja la situación de la inmigración actual en el mundo. A mí siempre me ha parecido que el mundo debería ser de todos. Sé que este tema levanta opiniones contrapuestas y que, a veces, nos ponemos a la defensiva con lo nuestro, pero siento que hay una cuestión nuclear que tiene que ver con el miedo. Porque somos también clasistas con el tipo de inmigrante que nos encontramos. No nos asusta un futbolista que es inmigrante, pero sí un marroquí pobre.

El racismo está a la orden del día. Partidos como Vox no ayudan…

Creo que el racismo lo deberíamos ir superando cada vez con más fuerza y entender que el mundo es de todos y que todos somos iguales, pero sí que siento, sobre todo, a nivel político, que cada vez se está alzando más una postura defensiva y absolutamente dura con respecto a los inmigrantes, asusta un poco. Este tipo de campañas que se están haciendo ahora en un sitio como Madrid de cuánto se gasta en un niño inmigrante me hacen pensar que estamos llegando a una situación que resulta profundamente preocupante. No se le debería llamar niño inmigrante, se le debería llamar humano. Creo que estas cosas ponen en duda nuestra humanidad, nuestra capacidad de ver al otro. Y además, no hay que olvidar que las tornas a veces giran, ¿quién dice que el mundo no puede girar en un momento y que seamos nosotros la parte necesitada?

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