El autor hebreo publica ‘La vida juega conmigo’, primera de sus novelas que transcurre fuera de Israel y que relata atrocidades en el campo de reeducación de Goli Otok en la Yugoslavia de Tito.

David Grossman (Jerusalén, 1954) forma parte de la que fue la santísima trinidad de la literatura israelí junto al veterano A. B. Yehoshua y el desaparecido Amos Oz. Sus novelas de forma directa -La vida entera- o indirecta -Gran Cabaret- suelen ahondar en el dolor de una tierra, la suya, en permanente conflicto desde lo que alcanza su memoria. Ahí están los debates morales y el dibujo de seres humanos complejos en circunstancias históricas adversas, marca de la casa.

Grossman no imagina. Sabe y siente. Su hijo menor, Uri, murió cuando cumplía el servicio militar durante la guerra del Líbano y esa pérdida ha impregnado todas sus novelas. Antes y ahora, Grossman ha sido en lo político un constante activista por la creación de dos estados, porque la fórmula dos naciones un estado, siendo realista, puede parecer «una buena idea» pero, por desgracia, no es nada «factible», según su apesadumbrada opinión. La vida juega conmigo (Lumen / Ed. 62), su última novela, de la que habla al otro lado de la pantalla de ordenador en su domicilio en Jerusalén, se aleja por primera vez de su habitual escenario israelí para centrarse en la antigua Yugoslavia.

Pese a la localización, sigue siendo, sin embargo, puro Grossman. Permanece en la novela esa preocupación que puede ejemplificarse en una frase que Stalin pronunció con cinismo y Grossman recupera con empatía. «Una sola muerte es una tragedia, un millón de muertes es estadística». Por eso el escritor coloca el foco en un personaje basado en alguien que se acercó a él para que contara su historia. Eva (Vera en la novela), una mujer judía, nacida en Croacia, obligada a hacer una terrible elección. La disyuntiva que le impusieron en el campo de concentración de Goli Otok, la isla desnuda, durante el mandato de Tito fue denunciar a su marido acusado de espionaje, lo que le supondría una muerte segura, o abandonar a su hija de seis años. Eligió lo segundo. Pasó mil penalidades y acabó en Israel, donde un día leyó al escritor y le llamó por teléfono. «Nunca había conocido a una personalidad como la suya. Era alguien sin filtros, rigurosa y casi una fanática pero al mismo tiempo cálida y cariñosa. Era una época en la que los valores eran más importantes que las personas. Espero que los lectores no la juzguen negativamente de forma categórica. Creo que para eso sirve la literatura, es como un tribunal de primera instancia al que se puede apelar». Grossman conoció también a la hija que muchos años después tuvo que aprender a perdonar a su madre y esta a sí misma.

Un campo desconocido

Antes de conocer a Eva, para Grossman el mariscal Tito era uno de los grandes héroes de la Segunda Guerra Mundial en su lucha contra los nazis, practicante luego en la política de bloques de un comunismo más permisivo. «No sabía nada de Goli Otok, este centro de castigo y exterminio. Oír las brutalidades que se cometieron allí es como hacerlo de Auschwitz. Por lo menos allí sabías quiénes eran los malos».

«Elaborar esas historias, no dejar que se fosilicen, contarlo con palabras, analizar el porqué de una forma más madura es liberador. Se trata de añadir capas de humanidad en el relato y establecer una suerte de arqueología humana», dice convencido de que esa forma de abordar la literatura le hace convertirse en una especie de médium del dolor. «Escribir es desmoronarse y luego volver a construirse de una forma plausible con la que uno pueda identificarse. Es doloroso pero no quiero vivir una vida que no tenga significado».

Para Israel, fundada tres años después de la segunda contienda mundial, el pasado es el destino porque la tragedia del Holocausto sigue dictando la conducta de sus ciudadanos, para bien y para mal. «Cada año cuando llega la liberación de Auschwitz pienso en que hay dos formas de enfrentarnos a ese horror. Uno científico basado en los hechos y los datos. Otro artístico con el que podemos identificarnos con los prisioneros. Eso nos expone porque no nos protege contra las atrocidades, pero nos hace preguntarnos cómo habríamos actuado como víctimas y, si se hubieran dado las circunstancias, si habríamos podido convertirnos en una pieza más de la maquinaria asesina»