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Actor y director de la compañía nacional de teatro clásico
Lluís Homar Actor y director de la compañía nacional de teatro clásico

Lluís Homar: “Ser fiel a uno mismo es el único viaje posible hacia la felicidad”

El actor Lluís Homar

El actor Lluís Homar Víctor Echave

La Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por Lluís Homar, acaba de iniciar la gira de su obra  ‘El príncipe constante’, de Calderón de la Barca. El también actor, que insiste en que el sector cultural   “no puede parar” pese a la pandemia, se acuesta cada noche con la “conciencia tranquila” por poder subirse al escenario y tratar de alguna manera de “curar el alma” del público. 

El inicio de la gira ha sido la primera actuación fuera de Madrid tras la irrupción de la pandemia, ¿es un paso hacia la normalidad?

Ojalá. Lo importante es seguir, ser útiles. Es una obra que estrenamos en Madrid el 17 de febrero. Hemos estado ocho semanas, que es lo que teníamos previsto, e hicimos todas las funciones. Después empezamos la gira. Vemos que la sensibilidad está ahí. Cada uno desde su espacio tiene muy clara la relevancia del hecho cultural. Ahora somos necesarios más que nunca. Lo que buscamos es dar a eso una normalidad, no una nueva normalidad. Estamos trabajando todos. Esto tiene a todos los equipos en estrés, porque hay que gestionar la incertidumbre. No sabemos qué puede pasar, pero tenemos muy claro que no podemos parar.

No está ocurriendo lo mismo en otras partes del mundo.

No. Tenemos consciencia de lo que está pasando a nuestro alrededor, en Europa. Somos el único país que tiene teatro. En Alemania, Francia, Inglaterra y en Italia, la cultura está parada. El teatro está paradísimo. Estamos ahí y eso nos da un sentido renovado. Estamos al servicio del ciudadano y ahora más que nunca eso nos llena y nos da energía. No me quiero ni comparar con todos los equipos sanitarios y la labor que están haciendo, que cuidan a los seres humanos, pero nosotros estamos cuidando el alma. Además de ser el director de la compañía, soy actor, y durante ocho semanas me he subido al escenario todas las noches y el público nos agradece lo que han vivido, así me voy a la cama con la conciencia tranquila y con el alma llena. Eso también es una suerte.

«Somos el único país que tiene teatro. En Alemania, Francia, Inglaterra y en Italia, la cultura está parada»

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Además con una obra como El príncipe constante, que se centra en la libertad individual. Pese a su año de publicación, 1636, ¿se mantiene de actualidad?

Sí. Las razones de Estado están a la orden del día, es decir, qué hay que hacer, cómo tiene que ser. Y evidentemente es una situación de emergencia. Pero siempre hay que estar alerta. La obra nos habla de muchas cosas, pero sobre todo de la coherencia, de ser fiel a uno mismo. Ese es el único viaje posible hacia la felicidad. Ser honesto con lo que uno siente, con lo que uno cree, aunque a veces podamos ser contradictorios. Muchas veces estamos dispuestos a abdicar de nosotros mismos. No hay otro viaje que no sea el del ser humano hacia uno mismo. La obra es un canto a la libertad. Sobre todo el ver que incluso dentro de la adversidad material más grande, como la que tenemos ahora, uno puede preservar el sentido de la vida. Eso es un maná. Lo material está tan en crisis... Soy de los que piensa que lo que está pasando es porque estamos estrujando el planeta a unos extremos sin ningún tipo de control. El único antídoto a esto es volver al alma, al espíritu, al sentido del otro, que es un poco lo que nos dice Calderón. La importancia de comunidad. Para ver al otro me tengo que respetar a mí mismo y eso a veces no es fácil, pero es posible. Nunca haremos suficiente para poner a Calderón en el sitio que le corresponde.

Trabaja de actor y director, ¿qué faceta prefiere?

Es una combinación. En esencia, soy actor y soy un determinado director. Para mí tiene mucho sentido dirigir dentro de un marco como es la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Mi compromiso es trabajar desde sitios distintos. Desde director estoy sirviendo al proyecto de una determinada manera. Como actor, desde otra. Pero son complementarias. Hay tanto por hacer... Ya lo he dicho, me gustaría que esta sea una etapa en la que haya un espacio para que actores y actrices reconsideremos cuál es nuestra aportación desde ese ámbito, dentro del proceso teatral. Acabo de cumplir 64 años y creo que ahí hay un recorrido en el que, para mí, cada vez ha sido más importante desarrollar no solo mi oficio sino la persona que sostiene ese oficio. Que los actores y actrices tengamos un discurso, una ética, una manera de involucrarnos, de que seamos cocreadores de lo que estamos haciendo. Tenemos que dar un paso adelante.

A los seis años ya estaba subido a un escenario.

Un amigo decía que ha sido una forma de pasearme por la vida. Y sí, es verdad. Esa relación ha tenido sus más y sus menos. He de decir que en un momento dado mi oficio sustituía mi vida. Era tan fascinante… Sabía estar en un escenario delante de mil personas haciendo un monólogo, pero después sentía que como padre, que tengo dos hijos, no sabía tener una charla. Y no hay nada más importante que la vida. Siento que en un momento de mi vida, mi profesión sustituía a mi vida. Un día dije que no. En la medida en que mi vida sea más plena, lo que yo podré ofrecer como actor será más genuino, más importante, más relevante. Ha sido un aprendizaje de uno y otro lado. Mi oficio me ha hecho de espejo y me ha dicho «si quieres hacerlo bien, ¿cómo vives tu vida?». Soy un buscador de la verdad para que el teatro sea algo útil. Lo que me motiva especialmente es ir a buscar esa excepcionalidad que puede ofrecer el teatro por el hecho de que está pasando ahora y aquí, en diferencia de otros medios. Pero, ¿cómo pasar de que eso sea una idea a que se materialice y se haga tangible? Eso pide replantearse muchas cosas.

«Acabo de cumplir 64 años y ahí hay un recorrido tanto de mi oficio como de mi persona»

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Entonces, ¿se queda con el teatro o todavía podría atraerle la televisión o el cine?

He tenido de la suerte de combinar. Venía del teatro y me pasé a la televisión y el cine. Incluso llegué a dejar el teatro durante seis años. En ese momento no lo echaba de menos. Pero de lo que estoy muy contento es de cómo volví al teatro. Eso es importante. Puse en valor cosas que a lo mejor sabía, pero se renovaron. Me acuerdo que estaba haciendo una serie de televisión y por la tarde estaba dirigiendo Luces de Bohemia de Valle Inclán. Y dije «ese texto difícilmente me lo podré encontrar nunca haciendo una serie». Me di cuenta del oficio que había aprendido desde muy pequeño. Yo necesito trabajar desde el entusiasmo. En ese sentido, he sido bastante privilegiado y estos cambios de medios me lo han facilitado. De repente, me llamaban y me ofrecían cine. Y yo decía sí, solo por el hecho de que fuera cine y viajar a Argentina, Italia, Francia o Portugal. Eso también tuvo su evolución y ya no era suficiente. Me gusta que lo que estoy haciendo, sea en el medio que sea, sirva para algo. En mi recorrido personal, cada vez tiene más importancia el otro, de sentir que lo que hago sirve al otro. Esto puede ser en teatro, en cine y en televisión, pero necesito que haya esa conexión.

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