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'Treno': Recomponer la fractura
Jesús Hernández Verano Artista

Jesús Hernández: «Pienso en las cosas por hacer tras romperse el tiempo»

Jesús Hernández Verano.

Jesús Hernández Verano. CARLOS REYES BETANCORT

Jesús Hernández Verano (Tenerife, 1970) expone en El Almacén, en Lanzarote, su obra ‘Treno’, donde presenta un trabajo desarrollado para este espacio.

En tu exposición ‘Treno’ hay una reflexión en torno a lo local y concreto: El Almacén, Arrecife y Lanzarote. Nos sentimos inmersos en un campo muy concentrado de evidencias e indicios que nos invitan a interrogarnos sobre la vida de los siglos pasados. ¿Qué has aprendido en este proceso y qué has repensado?

Treno para mí es una contraseña, un salvoconducto. Proviene del griego trenos, lamento. Estaríamos en un error si intentáramos interpretar este proyecto como representación de un duelo, o el símbolo de una determinada violencia y su padecimiento. He dedicado dos años a pensar un proyecto específico para El Almacén, un lugar vinculado a la figura insigne de César Manrique, con un comisario, que además es poeta, Mariano Mayer. Y un equipo que liderado por Pepe Betancort, ha sido el aliado perfecto en esta nueva andadura, por su calidad tanto profesional como humana. Un proyecto que es un síntoma, una presencia a descifrar que se manifiesta como una perturbación, un intenso despojamiento físico y psíquico. Después de Treno, pienso en las cosas por hacer tras romperse el tiempo, en la apertura de vacío, en la soledad y lo oculto, en la fragilidad y en lo íntimo. Recomponer este cuerpo y mente fracturado, en este umbral onírico de la nada al que asistimos. Ha sido un momento muy destructivo para toda la humanidad. Las heridas graves que la sociedad debe curar están abiertas, y no hablo del ámbito social, ni de la cuestión sanitaria, sino de aquello que no se ve. No hay mayor resistencia que la protección de tu propia vulnerabilidad. Ahora es el momento de mirar lo que el “afuera” tiene en común con nuestro “adentro”, la mirada sobre el cadáver, la escritura de trazos corporales, los ritos que no logran cerrar sino abrir aún más un lenguaje que prosigue, la transmisión de la cultura, todo esto que casi nadie quiere hacer si puede evitarlo, ¿qué, sino el arte, lo tiene por tarea?

Después de una serie de propuestas, instalaciones e intervenciones recientes, parece surgir ahora en tu trabajo un giro hacia los elementos de la vida activa: la sal, el agua, el comercio y las labores de la tierra y el mar. ¿Por qué ahora, en El Almacén?

Asisto a mi trabajo artístico como un tránsito, de materiales que se transforman, de las formas y de las ideas, de las investigaciones y de los conceptos. Investigo, le dedico tanto tiempo al análisis como a la creación. Estos materiales que nombras: la sal, la ceniza, la cera, las sábanas, el espejo, parten de esta reflexión. Hay una topografía en la que estoy inmerso desde la exposición de Trau / Ter en el 2017. Creo en la práctica artística como una práctica relacional, un ejercicio continuo donde abro, desecho o reanudo vías de trabajo, una especie de flujo que está atravesado por pensamientos, por intuiciones, por gestos, por conceptos que acaban componiendo un mapa de intereses que va evolucionando. Lo que me fascina es comprobar cómo esas vías de trabajo van abriendo pequeñas grietas de significado en la realidad que nos rodea. Tanto lo mineral como lo vegetal tienen igual relevancia, una arqueología del cristal como agua petrificada, la memoria vuelta solidez y transparencia en la sal para conservar, reflejos que multiplican el azogue del vacío en los espejos hexagonales. Sitúo mi trabajo en ese cruce de vínculos, de intereses, en esa constelación. Cuando estás en un nuevo campo de materiales eso modifica y afecta tu alrededor más inmediato. Nuestra realidad ha cambiado. Se activan diferentes maneras de implicarse con el objeto, nuevas relaciones y conexiones visuales.

‘Planto’. | | CARLOS REYES BETANCORT

‘Planto’. | | CARLOS REYES BETANCORT FRANCISCO-J HERNÁNDEZ ADRIÁN

En ‘Treno’ hay un trabajo de experiencia íntima con los materiales, el resultado tal vez de tus recorridos por los lugares y entornos de donde se extraen, y la conclusión provisional de un saber práctico, corporal y sensible. Hay asimismo un control y un esfuerzo de delimitación que son característicos del arte conceptual y del minimalismo. ¿Cómo llegas a este punto en tu trabajo con los materiales?

Siempre he estado cercano al povera y también al reduccionismo minimalista o a la desmaterialización y pureza conceptual. Esta vinculación me ha exigido tener esa capacidad minimal para acotar un espacio y en él, como es el caso de Treno, de alterarlo, definirlo, despojarlo, transformarlo con un mínimo de elementos. Hay una vertiente de mi trabajo que algunos críticos han señalado que dialoga con lo arqueológico, con la restauración, por mi esfuerzo de (re) insertar algo que estaba perdido, escondido en una amalgama de capas sedimentadas, en la que se advierten diferentes estratos que se han ido acumulando en un palimpsesto. Los arqueólogos se encuentran con las partes sólidas, con los huesos, con los fósiles y en realidad lo que les obsesiona es lo que ha desaparecido, las partes blandas que ya no están. Me gusta pensar desde ahí, desde la parte especulativa, desde lo ausente, para contener, distender, proteger, envolver, o arropar desde la invención de posibilidades. Existe lo audible y lo visible en Treno, y se asocian imágenes y modos de oír y de ver. Allí, en El Almacén, está el silencio. El silencio atronador de las pisadas en la sal, en uno de los aljibes. El depósito de la ceniza en el suelo, en el otro. Su sonido en el origen como la palabra, es temible. Se muestra el deseo, la experiencia, y la ausencia. La soledad se acumula y se apila como una resistencia en las sabanas, en los 900 kg de sal, en la ceniza.

«Hay una parte que tiene que ver con lo ‘queer’, pero no de una manera explícita, sino en relación con el conflicto comunitario»

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Eres un artista reconocidamente exigente. Acercarse a tu obra conlleva una demanda casi abrumadora de atención sensorial, conexión emocional y respuesta crítica. Hay también una dimensión de resistencia a la interpretación y de complejidad lingüística que se expresa en las enigmáticas indagaciones léxicas y etimológicas de los títulos de varios proyectos: ‘Trau / Ter’ (2017), ‘Affatus’ (2018) y ahora ‘Treno’. ¿Desde qué experiencias, inquietudes o preguntas se podría dialogar con esa exigencia?

Mi trabajo artístico ha sido un lugar de convergencias siempre. En él entra lo que has apuntado, desde la ilegibilidad y opacidad hasta esa investigación léxica. Una fusión que finalmente encuentra en la escultura, en los dibujos, la forma de explicar y dar sentido a todo. Entre la percepción de la forma y la superficie como piel, he de precisar la importancia de lo táctil. Treno oscila entre un deseo y una certeza: el deseo de expulsar y la violenta fantasía de hacerlo desaparecer, de arrancarlo, y la certeza de que la materia lo resiste. Ahí entran los materiales y la búsqueda incesante de dar testimonio de nuestra experiencia. He querido que el espectador que se acerque a El Almacén tenga una atracción casi epidérmica con los materiales. Y me consta que así ha sido, por la cantidad de veces que no han podido reprimir el impulso de tocar. Y al sentirlo, volvemos en su desnudez y unidad al material: sal, agua, aljibe, almacén, oro, yeso, brocado, seda.

«Pienso en las cosas por hacer tras romperse el tiempo»

«Pienso en las cosas por hacer tras romperse el tiempo» FRANCISCO-J HERNÁNDEZ ADRIÁN

En ‘Treno’ insistes en un terreno (en parte subterráneo en El Almacén) por donde te mueves desde hace tiempo, el de la recuperación de elementos naturales para construir una materialidad artística generalmente negativa, corpórea, dramática y existencial. Más allá de este trabajo sobre la tierra, la piedra, la madera, los tejidos, los materiales “nobles”, el humus y la inhumación como método de investigación creativa sobre lo que tenemos en común en el Antropoceno, ¿imaginas un horizonte donde este método dialogue con las experiencias y conflictos comunitarios ‘queer’?

Hay una parte que tiene que ver directamente con lo queer, pero no de una manera explícita, ni en relación con el conflicto comunitario. Es desde ese cuerpo dislocado, torcido e incompleto que reclama ser visto, hacerse sitio para otras representaciones: emerger, aparecer, dejar(se) ver, hacer(se) ver... habla de visibilidad, será tanto la otorgada como la negada. Y sí, del Antropoceno parte este proyecto vinculado a un lugar y una isla. Por derivar de humus, humilde es lo que está a ras de tierra. Las dos instalaciones en esta exposición descansan en el suelo. Las partículas físicas (de color, peso y cuerpo) en Treno, la ceniza y la sal, son alegorías, que el artista y el receptor manejan según sus preferencias, lo cognitivo y lo perceptivo se retroalimentan. Un desnudamiento como estrategia mínima, concisa, cuya apertura es un afuera o un adentro más íntimo, cuya profundidad se oculta siempre, como un elemento de transformación. Trabajo desde los márgenes, en el límite. Mis proyectos y las obras responden a la vida y la reflexión del espectador. Hay una vertiente de mi trabajo que me interesa y es que el resultado desordene la realidad, produzca un quiebro, trate de desestabilizar lo que creemos, que las cosas son de alguna manera firmes. Si mi práctica ayuda a modificar cómo relacionamos, qué es lo que miramos de una manera estática y ordenada, busco perturbar, producir ese quiebro y conmover. No descarto en absoluto otros horizontes posibles.

«Me interesa que el resultado desordene la realidad, produzca un quiebro, trate de desestabilizar lo que creemos»

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Como en toda tu obra anterior de instalación, escultura, dibujo y fotografía, el cuerpo subyace y se impone como protagonista de ‘Treno’. Los sentidos – escucha, tacto, olfato, mirada – figuran aquí con fuerza, como en ‘Rumia’ (2019) y ‘Cantos de ceniza’ (2015). Estas articulaciones del cuerpo sensible en El Almacén, ¿representan el anuncio de una nueva vertiente de tu obra? ¿Qué podemos esperar de tus próximos proyectos?

Desde mis inicios —Sombras breves (1996), De limbo (2003), Purga y place (2005)— el cuerpo ha estado presente de una u otra manera. Desde la piel y el tacto, hasta esas capacidades visuales, perceptivas, conceptuales. Me obsesiona lo interno, lo inasible, lo escondido, lo excluido y reprimido, lo queer. Mostrar, también es política. Y el arte puede acoger lo ambiguo y contradictorio, sin necesidad de presentar una posición de autoridad, una respuesta o solución. Trabajo, avanzo, exploro, experimento, dando vueltas en un movimiento centrípeto deleitándome en lo aparentemente accesorio, sabiendo que aquello de lo que queremos hablar está aún en estado de devenir. Como artista no me hallo en un lugar predeterminado, sino fuera de lugar, desubicado, ajeno al pasado y al presente, tal vez como un sujeto que sabe que entre latidos, heridas, suturas y pulsiones está la construcción de sentido. Me espera el siguiente proyecto: Agua amarga.

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