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La poética plástica de Augusto Vives

El artista grancanario exhibe este mes la exposición retrospectiva ‘Antología mínima’ en la Casa-Museo Antonio Padrón, que engloba casi 35 años de producción artística

El artista Augusto Vives en la presentación de su exposición ‘Antología mínima’ en la Casa-Museo Antonio Padrón-Centro de Arte Indigenista de Gáldar. | | LP/DLP

El artista Augusto Vives en la presentación de su exposición ‘Antología mínima’ en la Casa-Museo Antonio Padrón-Centro de Arte Indigenista de Gáldar. | | LP/DLP

El «auspicio» es el sustrato del proceso creativo de Augusto Vives en el sentido etimológico de la palabra, que se refiere a «la observación de las aves» [avis+spicio], ya que su firmamento artístico está atravesado por el vuelo de los pájaros que anidan en su interior aleteando entre preguntas.

«La búsqueda empieza por la fascinación de contemplar, de contemplo, que aloja la palabra templo, y que designa un lugar sagrado para mirar el cielo», señala el artista. «Los augures cuadriculaban el cielo para estudiar la trayectoria de las aves y decidir el lugar donde, a partir de lo contemplado, se construirían estos templos. Y de ahí procede el término in-augur-ar».

El artista grancanario ofició el pasado viernes la inauguración de su exposición retrospectiva, titulada Antología mínima, en la Casa-Museo Antonio Padrón-Centro de Arte Indigenista de Gáldar, que reúne una muestra de casi 35 años de producción artística desde 1985 hasta el presente.

Su espectro plástico multiforme engloba pinturas, dibujos e ilustraciones, pero también objetos e instalaciones, siempre reagrupados en series y con una honda impronta literaria, que forman parte de los fondos de su colección particular construida, como un vuelo paralelo, a lo largo de estas tres décadas.

«La muestra se compone de mis piezas-llave, porque abren períodos de satisfacción que han continuado en el tiempo, sin cerrarse, lo cual es muy interesante porque se ha dado esa dilatación que necesitamos para construir las cosas», explica Vives, quien argumenta que su técnica de trabajo en seriación es una forma de enfrentarse al lienzo desde la búsqueda múltiple, y de escuchar el diálogo interno entre las piezas, hasta que el conjunto resultante «aguante mi mirada».

Entre la piel y la poesía, su extensa obra artística ha volcado el cielo bajo los pies para «construir la casa en una nube / La nube es la casa / la morada de los sueños», como poetizó la escritora Eduvigis Hernández. A ras del vuelo ha dado alas a murales y paredes, a portadas de poemarios, revistas, épicas y fábulas; y en el transcurso de los años ha abreviado todo su universo dentro de una caja, como un destello de luz en medio del océano.

«Me considero un pintor fronterizo, en esa línea débil y efímera que separa la realidad de la ficción», sostiene el artista. Y aunque nunca se internase en el terreno de la abstracción, Vives juega con barnices oníricos, mitológicos y surrealistas para desentrañar el mundo que le rodea en los enigmas del lienzo, porque «la realidad ha sido siempre el centro de mi creación». En este sentido, la naturaleza humana, sus contradicciones, sus fragilidades y sus sombras, conforman su campo infinito de investigación artística, el rosebud del trineo donde comienza y termina la inocencia.

«La condición humana siempre ha sido para mí, a lo largo de estos casi 35 años de trayectoria, una fuente inagotable de inspiración», afirma. «La expresión de Hobbes, que dice que el hombre es un lobo para el hombre, siempre ha estado muy representada en mi obra porque siempre he pintado el lado oscuro de la condición humana, ese animalario que aflora en circunstancias muy concretas, y que marca los acontecimientos del mundo», añade. «Sin embargo, nunca me he ido a los grandes relatos, no me interesan, porque creo que modificar la realidad comienza por cambiar nuestro alrededor y que eso, luego, es expansivo».

Interpelar(se)

Por esta razón, el sentido de su arte estriba en interpelar(se): «Todos mis cuadros son una interrogación: primero, dirigida hacia mí mismo. Y luego, hacia el espectador. Pero, principalmente, pinto para entenderme yo». Y este signo interrogante abre sus cavidades en el umbral entre lo crítico y lo poético. «Ahí es donde nazco y muero», afirma Vives. «Ese es mi debate constante, sobre el que gravito como en el eterno retorno de Nietzsche». Pájaros circulares, como se titula una de sus obras.

Además, su obra artística se lee como un poema en la entrelínea de sus formas y colores. Su poética de lo cotidiano nace en la raíz de la poesía visual, la aleación entre imagen y letra como objeto artístico, en la estela de Joan Brossa, Daniel Gil o Ángel Sánchez. «Siempre he querido tener un comportamiento poético porque, en un mundo que a menudo me resulta demasiado prosaico, la poesía es una trinchera; sobre todo, en estos tiempos en que vivimos», manifiesta. En ese diálogo entre poesía y pintura, precisa que «me identifico no con el poeta de la palabra, sino con el poeta gráfico, de la mancha y el color, y aunque intento que mi forma sea poética, mi unión más evidente con la poesía es a través de los títulos de mis cuadros, que funcionan como aforismos o haikus». Su última poética favorita dice Mi último personaje inolvidable fue la lluvia. Y es en esa deriva poético-plástica donde afloran las cajas, una serie de objetos artísticos en clave de ironía y polisemia, «como un elemento mágico que aparece en un momento determinado».

Precisamente, el ejercicio de síntesis que exigen estos microcosmos creativos se corresponden con el proceso de simplificación con que Vives afronta hoy el encuentro con el cuadro. «En mis comienzos partía de unos presupuestos más barrocos y ornamentados, porque cuando uno empieza a pintar tiene una mochila mucho más pesada, que el tiempo te va liberando. Al menos, ese ha sido mi caso, en el que he ido simplificando las formas e, incluso, hasta el mensaje, porque me he dado cuenta de que ya no necesito tanta literatura plástica», afirma.

Y así, cada día, Vives vuelve a inaugurar su mundo propio con la mirada constante y la palabra precisa, desde el templo profano del arte, «para tratar de decir con lo mínimo lo máximo». Y esta serenidad no obedece solo al tiempo, sino al silencio. «Esa serenidad tiene que ver con reducir el ruido visual, porque entiendo que solo se puede construir desde el silencio. Pero no me refiero al silencio físico, sino al silencio interior, a ese espacio de contemplación. Para mí, eso es el silencio», concluye el observador de las aves.

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