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Berlanga, año cien

Al final de la Castellana no está el mar

Luis García Berlanga fue profeta en su tierra, un creador querido por gentes de toda condición

Cuando le preguntaban a Luis García-Berlanga si añoraba Valencia después de tantos años de residencia en Madrid el cineasta solía contestar que habitualmente no tenía mucha nostalgia de su ciudad natal. Pero añadía un importante matiz. Cada vez que enfilaba en coche el larguísimo paseo madrileño de la Castellana se sentía decepcionado porque al final de la avenida no se encontraba el mar. Berlanga definió su visión mediterránea del mundo en más de una entrevista afirmando que los valencianos teníamos una especie de biología marina y que esa seña de identidad había marcado su cine. Un fondo de humor negro y absurdo, una actitud irreverente y unos personajes verborreicos en medio de un paisaje iluminado con fuegos artificiales y a los sones de una banda de música resultan elementos imprescindibles en la mayoría de sus películas. Ahí radica esa biología marina.

Nacido el 12 de junio de 1921, ahora hace justo un siglo, en el burgués barrio de L’Eixample de Valencia, el cineasta procedía de una familia originaria de Utiel por vía paterna y de otra procedente del pueblo turolense de Rubielos de Mora por línea materna. Su infancia y su juventud transcurrieron en el centro de Valencia o por el colegio de los jesuitas y los ambientes de las clases medias hasta que la guerra lo llevó primero al frente de Teruel, con apenas 16 años, y más tarde a Rusia con la División Azul cuando contaba 20. Estas durísimas experiencias convirtieron de golpe al frívolo jovencito en un adulto que tanteó varias opciones académicas hasta que se decidió a estudiar cine en Madrid deslumbrado por películas que había visto en salas de Valencia como el Don Quijote, de George W. Pabst; El hombre invisible, de James Whale; o los dramas rurales de Emilio Indio Fernández. Luis García-Berlanga llegó a Madrid en 1947, en plena posguerra de hambre y miseria, tocado en ocasiones con un sombrero y con la ambición del señorito de provincias de triunfar en la capital. Con el colchón económico de su madre, que pagaba el alquiler de un piso en el barrio de Chamberí e incluso el sueldo de una asistenta, Berlanga cursó sus estudios en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas. A partir de ese momento vivirá por y para el cine.

Ahora bien, la marcha del joven estudiante a Madrid no significó que Berlanga rompiera sus lazos con su ciudad natal a la que regresó con mucha frecuencia a lo largo de sus 89 años de vida. De hecho, su madre siguió viviendo en Valencia hasta que falleció en 1973, dos décadas después que su padre. Hermanos, sobrinos y algunos de sus mejores amigos también residían en Valencia. Cuando el cineasta ya alcanzó la madurez vital y la fama artística se sucedieron las ofertas laborales, los homenajes y las distinciones de todo tipo. Podemos afirmar sin temor a engaño que Berlanga fue profeta en su tierra, un creador querido por gentes de toda condición. En una ciudad tan cainita a veces como Valencia, el director fue respetado por unos y por otros. Pero la vinculación con su tierra no se limitó a facetas emocionales, sino que se amplió a su trabajo de tal manera que Berlanga halló inspiración para sus historias en las calles y plazas de Peñíscola (Calabuch, París-Tombuctú), en las playas de Benicàssim (Novio a la vista), en los turroneros de Xixona (Moros y cristianos) o en los escenarios urbanos de Valencia (Blasco Ibañez, la novela de su vida). Al comienzo de sus carreras, su colega Juan Antonio Bardem solía decirle a Berlanga que elegía sus localizaciones en playas elegantes y confortables mientras él lo hacía en lugares inhóspitos y fríos. Seguro que era por la biología marina.

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