Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Canarismos

Se murió como un pajarito

Se murió como un pajarito

Seguramente el lector habrá escuchado más de una vez esta expresión para referir conmoción, lástima o pena ante el fallecimiento de un ser humano. Existen una serie de dichos, frases proverbiales y frases hechas que se escuchan en los duelos o en las circunstancias que rodean el deceso de una persona. Estos dichos luctuosos contienen generalmente máximas o sentencias que, con mayor o menor fortuna, tratan de dar una explicación al momento aciago al que se refieren. Así podemos escuchar, por ejemplo, un solemne «no somos nadie», que entre la resignación y el desconsuelo trata de subrayar el inevitable destino en el común de los mortales; y que en ocasiones rompe el silencio que sigue al expresar las condolencias a los familiares por la pérdida del ser querido, o concluye el diálogo entre los que «acompañan» a las puertas del velatorio. En definitiva, se pronuncia ante el fatídico desenlace del que tenemos conocimiento. Propio también de esos momentos es la frase: «estaba para él» que, pronunciada con posterioridad a lo sucedido, parece revelar un presagio. Se emplea al hacer notar una curiosa circunstancia referida al fallecido en los momentos previos a su muerte, como si fuera una premonición. Y otras expresiones lapidarias como: «Todos somos hijos de la muerte» que vaticina de manera genérica lo inevitable de nuestro destino como mortales.

Esta fraseología que hemos llamado luctuosa por ser propia o estar relacionada con situaciones fúnebres, la mayor parte de las veces tratan de dar consuelo y aliento a quienes han sufrido la pérdida de un ser querido o soliviar los ánimos invitando a aceptarla y a resignarse ante lo inevitable. Dentro de este uso social generalizado se dan diversas formas protocolarias y frases hechas que expresan el pesar por la muerte y empatizan o dan muestras de dolor y aflicción. En este repertorio de expresiones de carácter necrológico, llaman la atención las metáforas comparativas referidas al “modo de morir” de algunos animales, y que podríamos denominar necrozoológicas. Entre ellas existen dos de amplia difusión: «Se murió como un perro» y «se murió como un pajarito», de las que comentamos esta última. El término «pajarito» es una manifestación de la tendencia, bastante común en el español hablado en Canarias, que recurre al diminutivo para imprimir una particular sensibilidad o emoción al nombrar cosas, animales o, incluso, personas. Se podría decir que, como una especie de “ritual”, este recurso léxico trata de transmitir afecto, estima o respeto al “objeto” nombrado, como si mismo se “acariciaran” las palabras. Así ocurre, por ejemplo, con las expresiones: agüita, lechita, un buchito de café, el potajito o el pesca(d)ito frito; incluso para referirse a las personas muchas veces a partir de un hipocorístico: Pepito, Chanito o Mariquita; curiosamente para nombrar especies animales, a veces, resulta más común el diminutivo construido con el sufijo –illo; v.gr.: perrillo o gatillo (quién sabe si para acentuar el espíritu animado y vivaracho de estos animales). Sin embargo, el término “animalito” se utiliza de manera general como voz que muestra compasión o disgusto ante el sufrimiento o maltrato de una criatura.

Parece ser que los pájaros en los momentos previos a su muerte –como si la intuyesen– buscan la soledad y el silencio en un lugar reparado y apartado de la vista de todos. Declinan de este modo la pompa y el mundanal ruido, para entregarse resignados y sin lamentaciones a los brazos de thánatos. Estos frágiles seres alados que son emulados por el arquetipo angélico de la iconografía judeocristiana e islámica han sido vistos como símbolo de espiritualización en distintas tradiciones, desde el Antiguo Egipto hasta la tradición hindú. Pero más allá de este símbolo, el símil zoológico «se murió como un pajarito», con toda su carga afectiva, evoca en nosotros la ternura y la aflicción que nos produce contemplar la muerte de un ser frágil e indefenso. Que con su lamento apenas perceptible o en el más respetuoso silencio, se entrega resignado al sueño eterno. Esta lastimosa visión que nos congoja y hace de nosotros seres más compasivos es la que nos traslada subliminalmente el deterioro de la salud de una persona que se apaga poco a poco: «Se murió como un pajarito», comentarían las vecinas que, compungidas, fueron testigo del infausto suceso.

Compartir el artículo

stats