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CANARISMOS

Coger el trillo

Coger el trillo.

Coger el trillo.

Esta locución verbal que forma parte del gerontolenguaje más genuino se emplea en las islas para expresar, en sentido figurado, ‘irse o marcharse de un lugar’; «coger trillo» quiere decir «coger camino». En ocasiones puede tener un sentido similar a «arrancar la penca» o «arrancar la caña» o, ya en términos de neolenguaje, «mandarse a mudar». La voz «trillo» [del lat. tribulum] es propia tanto del español de Canarias como del español de América. Según Corominas deriva del verbo «trillar» (del lat. tribulare) y «que figuradamente quiere decir ‘marcar huellas en el camino a fuerza de frecuentarlo’». Este es precisamente el significado que tiene en Canarias: ‘vereda que se forma a través del terreno a fuerza de ser transitado’. Esta espontaneidad en su formación y origen es la que lo diferencia, en principio, de la «serventía» (otro canarismo, este de contenido jurídico). De manera que el trillo puede coincidir con el sendero, la senda o la vereda/o o más propiamente con la veredita, pero no así con la serventía que es un derecho de servidumbre de paso, legalmente constituido, a través de un terreno de propiedad particular (fundo sirviente) a favor de las propiedades colindantes que no tienen de acceso directo a una vía o camino público. La serventía, a diferencia del trillo, puede tener distintas dimensiones en su anchura y características varias, aunque generalmente se constituían para el paso de personas, ocasionalmente, de animales y, excepcionalmente, de vehículos. En algunos lugares la consuetud señala que el ancho de la serventía debe permitir el paso de una persona a pie y otras veces debe respetar el mínimo para poder acceder con una bestia de carga (con un burro cargado, que se dice popularmente). En ocasiones va acompañada o sigue la trayectoria de una acequia o atarjea para que pueda pasar el regante a limpiar el macho de riego. El trillo se diferencia también de los caminos reales o de las cañadas, que generalmente tienen unas dimensiones superiores, distintas características y usos, y obedecen a la costumbre como norma.

El trillo viene a ser, pues, un sendero o vereda (o veredita) que se construye de facto, con el transcurso del tiempo, a consecuencia del paso de personas o animales (como mismo sucede, en este último caso, con los «caminos de cabras», propios de lugares donde pace el ganado de suelta). En cuanto al empleo de la locución «coger el trillo», puede observar varios significados. Así, por ejemplo, puede tener un sentido literal, cuando el “cristiano” que informa al caminante ocasional sobre la dirección a seguir para llegar a un lugar determinado, dice: “Uste(d) siga el trillo del camino y no se salga»; advirtiendo de no desviarse del camino hecho, de seguir la traza, las huellas que marcan el sendero. Puede presentar un sentido figurado de uso coloquial cuando, por ejemplo, se pone en conocimiento de quienes acompañan al dicente de que este se retira a su casa o se marcha, a veces al improviso o apresuradamente: “Señores, ya es tarde. Yo cojo trillo” (con el significado de: ‘me voy para mi casa’); supuesto similar a “¡arranco!” o “arranco la penca” (o «arranco la caña»). Tiene, en tal caso, un valor informativo, de excusa o advertencia. Incluso puede ser entonado para despedir a alguien airadamente o sin demasiados rodeos –valga la expresión– invitándolo a marcharse o echándolo directamente; en tales supuestos podría ser intercambiable por la exclamación con valor imperativo: «¡Coja camino!», «¡arranche la penca» o «¡mándate a mudar!».

En la periferia de la expresión comentada existen una serie de frases de evidente sentido figurado como son: «No hay quien lo meta en vereda», cuyo valor semántico está implícitamente ligado a aquella otra que dice: «La cabra jala pa’l risco», y que puede complementar a veces a la anterior. Ambas locuciones, con mayor o menor fuerza, destilan una notable riqueza simbólica en el lenguaje. La primera de las frases: «No hay quien lo meta en vereda», se emplea cuando nos lamentamos y damos por imposible enmendar la conducta de alguien sobre el que hemos perdido toda autoridad (por ejemplo, un progenitor respecto a un hijo adolescente). Donde la vereda es símbolo del “camino recto” a seguir, como imagen de buena conducta y realización de propósitos. [De esta imagen han bebido las distintas tradiciones espirituales que se hacen eco de ello en alegorías similares basadas en la vía, el camino, el sendero, la vereda...]. Y cuando se da por perdido o por imposible este propósito, porque tal conducta no tiene enmienda, se exclama con resignación: «La cabra jala pa’l risco/monte» para expresar que, irremediablemente, “la oveja descarriada” o “la cabra de monte”, siempre tira pa(ra) (e)l monte, se desvía del camino o «se sale del trillo».

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