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Walt Whitman: Una hoja al aire libre

El poeta cumbre de los Estados Unidos expone cuál ha de ser el ideario poético de un artista y de qué modo ha de contribuir a la nación ideal

Walt Whitman. | | LA PROVINCIA/DLP

Walt Whitman. | | LA PROVINCIA/DLP

Walt Whitman es, sin duda, uno de los poetas más importantes y distinguidos del siglo XIX en los Estados Unidos de América. Hojas de hierba, su obra cumbre, llegó a alcanzar hasta nueve ediciones en vida del autor. En las reimpresiones que siguieron al texto original del cuatro de julio de 1855, el escritor, por otra parte, nacido el 31 de mayo de 1819, incluyó poemas de nueva creación, algunas cartas de Emerson, modificaciones en algunas composiciones ya publicadas, cambios sustanciales en determinados versos, fragmentos de sinfonías más largas y revisiones de todo tipo con el fin de manifestar su filosofía de la vida y de la humanidad. A modo de tratado estético, los poemas de 1855 venían acompañados de una serie de reflexivos pensamientos en torno a la épica de la poesía y la aparición esperanzada del poeta profeta americano que, entre otras de sus cualidades, se distinguiera por el rasgo de unir la tierra con el cielo y cantar no solo a sí mismo, sino a la creación artística, a la democracia, al individualismo, a la sociedad y a la naturaleza. Con un estilo escasamente convencional y reacciones contrarias a la elaboración de sus versos provenientes de la crítica y del mundo artístico en general, lo cierto es que el citado libro pasó de ser un volumen con tan solo doce poemas en la antigua edición de Brooklyn a otro manual con más de cuatrocientos títulos que él mismo denominó “edición del lecho de muerte” tres meses antes de fallecer en 1892. En el capítulo Prefacio de la primera edición, como decimos, Walt Whitman expone de manera precisa cuál ha de ser el ideario poético de un artista y de qué modo el poeta ha de contribuir a la creación de una nación ideal, cuál ha de ser la finalidad del arte en el ámbito de la realización plena del hombre, individual y colectivamente, cómo debería él mismo conjugar su propia identidad con el resto de la humanidad y cuánto debería acentuarse la importancia de la lírica y el papel indiscutible del bardo ante cualquier desafío. «Para todo ello», escribe, «la expresión del vate americano ha de ser trascendente y nueva… [El poeta] es un vidente… es individual… es completo en sí mismo… no se detiene ante ningún reglamento… es el presidente del reglamento».

Canto a mí mismo, uno de los poemas más esperanzadores en este sentido que forman parte de Hojas de hierba, trasluce un sentido de comunión entre la voz poética y el pueblo que, en unas ocasiones, se entretiene en señalar la belleza natural omnipresente y, en otras, traducir las sensaciones que se amontonan al vagar por el paisaje norteamericano con el fin de exaltar la existencia, reconocer que «el otro» es un igual y que la lucha por la vida es inevitable. La mejor poesía es la acción; «pensar es hacer», afirma. «La vida es la herencia de muchas muertes», continúa, advirtiendo que cada uno ha de tomar las riendas de su propio destino. «Me gusta besar», insiste en el segundo pasaje del citado poema, «abrazar / y alcanzar el corazón de todos los hombres / con mis brazos…»

El ‘Prefacio’ de ‘Hojas de hierba’ (1855) contiene sus valores democráticos unidos a la importancia de la libertad

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El poeta, entre otras cualidades artísticas y, ¿por qué no?, constitucionales en el modo de ser de los estadounidenses, ha de tener la función de configurar no solo una forma de hacer, practicar y difundir el amor propio, el respeto a la tradición y la política, sino también y a la vez un modo de concienciar a los ciudadanos de su unidad e identidad nacional participando de cultos y tradiciones comunes. Tanto en su primer Prefacio como en los versos que Walt Whitman va incorporando a Hojas de hierba en los años anteriores y posteriores a la Guerra Civil el compositor aboga por los derechos individuales protegiendo a los ciudadanos de su vulneración por parte de los gobiernos o el Estado a través del respeto universal de los poetas. «La libertad hace adeptos entre los héroes dondequiera que existan hombres y mujeres», escribe, «pero nunca hace más adeptos ni es mejor recibido por el resto que por los poetas». En la vida privada o en actos de trascendencia pública, el vate ha de explorar la complejidad del hombre intentando comprender antes que juzgar. Tanto si elige participar de la vida política como de la vida social o de la vida al aire libre en conexión con la naturaleza, el hombre ha de vivir con entusiasmo: no solo abriendo y cerrando conflictos sino hablándole de frente a la vida. Las palabras han de ser, por tanto, capaces de comunicar ideas y sentimientos al tiempo que administrar la valentía de la sociedad estadounidense: «La lengua inglesa es amiga de la gran expresión americana» escribe en los últimos compases del referido prefacio, «tan fuerte como hace falta y tan flexible y plena… Ninguna gran literatura ni ningún otro estilo similar de conducta u oratoria puede eludir mucho tiempo el instinto celoso y apasionado de los baremos americanos».

En diferentes lugares de la obra platónica, sobre todo, en los libros II, III y X de la República y VII de las Leyes, el filósofo griego se adelanta a una buena parte de las pasiones que motivan la vida literaria de los compositores románticos del XIX. Refiriéndose a la voluntad humana que, transformada en acción, ayuda a definir el «yo» ante los estímulos y las circunstancias del ambiente, la poesía, según escribe en el primero de los libros que indicamos, produce los mismos efectos en el alma, en la conciencia, en el ser…, es decir, «alimenta y riega estas cosas, cuando deberían secarse, y las instituye en gobernantes de nosotros, cuando deberían obedecer para que nos volvamos mejores y más dichosos en lugar de peores y más desdichados».

En términos de libertad y legalidad, no cabe duda de que la Constitución federal estadounidense de 1787 refrendaba no solo el surgimiento de un nuevo modelo de convivencia sino la libertad de expresión y pensamiento que los filósofos, esta vez en la Edad Moderna, deberían vigilar desde la sociedad civil con el fin de que los primeros gobiernos de los primeros estados de la unión norteamericana cumplieran con el imperativo moral de legislar y decidir como lo haría el pueblo si éste elaborase las leyes. En la línea de Hobbes, Locke y Rousseau, para Immanuel Kant, según explica en Conflicto de las Facultades, resulta indispensable -como comenzó a ocurrir en los Estados Unidos-, la creación de un pacto entre la sociedad civil y las leyes con el único fin de dotar al ciudadano de mayor racionalidad y certidumbre: una noción de libertad y progreso que, según sus palabras, solo puede darse en función del aumento de la legalidad y la suma de actos ajustados a derecho de gobernantes y gobernados. «La constitución civil», escribe, «es una relación de hombres libres que, sin menoscabo de su libertad en el conjunto de su unión con otros, se halla no obstante bajo [la salvaguarda] de las leyes». «Los americanos de todas las naciones y de cualquier época sobre la tierra», escribe posteriormente Walt Whitman como si de un pacto unionis civilis se tratara, «tienen probablemente la naturaleza poética más plena. Los propios Estados Unidos son esencialmente el poema más grande».

El «Prefacio»de Hojas de hierba en su edición de 1855 funciona, en este sentido, como la santabárbara que custodia la pólvora y demás explosivos en los alojamientos que bajo cubierta poseían los galeones del siglo XVIII. Todo lo que tiene que ver con su ideario poético está contenido en dicho pañol. Sus valores democráticos unidos a la importancia que concede a la libertad, le convierten en el versificador más estadounidense de la futura nación emergente. De educación autodidacta, Walt Whitman se rodea, siendo aún muy joven, de libros, horarios e información sobre charlas en los museos con el fin de debatir con otros escritores, periodistas y ponentes sus ideas. El cinco de marzo de 1842, Ralph Waldo Emerson ofrece una ponencia en Nueva York bajo el título Naturaleza y facultades del poeta en la que, entre otras disertaciones que apoyan o contradicen las doctrinas y principios de sus contrarios, dice: «A nuestros ojos, América es un poema. Su amplia geografía deslumbra a la imaginación, y no pasará mucho tiempo hasta que sea cantada en verso». Sentado entre el público asistente se encuentra un joven Whitman con tan solo 22 años que, a partir de entonces, tendrá en cuenta las palabras de quien se convertirá en el padre del trascendentalismo norteamericano. Trece años después, la percepción de la naturaleza cristaliza en Canto a mí mismo: «Somos naturaleza», escribe en el modo en que Arthur Shopenhauer dos décadas atrás había tomado conciencia del cosmos en cuanto a su representación espacial y temporal, «hemos estado ausentes mucho tiempo, pero hemos vuelto».

Las leyes del cosmos, según explica en varios momentos de su obra, superan a las del hombre para convivir

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El suelo americano -el territorio, la patria, el pueblo…- es claramente un motivo de exaltación. Walt Whitman siente cada una de sus cualidades como una obra de la divinidad. Las leyes del cosmos, según explica en varios momentos de su obra, superan con creces a las ideadas por el hombre para convivir. De ahí la vuelta, el regreso, la reanudación…, las claves para entender su poesía, la fuente de la que manan los principios de su obra y las causas que hicieron de Hojas de hierba un libro en constante revisión. «¡Oh naturaleza, oh madre mía!», exclama Rousseau en el quinto paseo de Confesiones y ensueño de un paseante solitario, «ora tumbado en mi barca, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando por entre el guijarral. ¿De qué se goza en semejante situación? De nada externo a uno, de nada sino de uno mismo y de su propia existencia; en tanto tal estado dura, uno se basta a sí mismo como Dios».

Apenas un siglo después, quizás, con el propósito de encontrar, al fin, la clave de la felicidad humana en la mitad del bosque, en el verdor de los campos, en los altos de la montaña…, y quitarle, así, al hombre cualquier sobreañadido, es el poeta de Long Island el que escribe: «Me gusta oír los ecos, / los zumbidos, los murmurios de la selva. / Me gusta sentir el empuje amoroso de las raíces / al través de la tierra, / el latido de mi corazón, La sangre que inunda mis pulmones, / el aire puro que los orea / en inspiraciones y espiraciones amplias… / Aprenderás a escuchar en todas direcciones / y dejarás que la esencia del Universo se filtre por tu ser».

Transcurridos doscientos dos años de su nacimiento en West Hills, una pequeña aldea situada en el condado de Suffolk, estado de Nueva York, el periodista, poeta y ensayista estadounidense continúa aún con su barba llenas de mariposas. La hierba también es inmortal: «no deja otra cosa más que semillas en el suelo», acostumbró a decir. «Mis versos ritman / la vida y su esplendor”, escribe Jorge Luis Borges en Camden, 1892». «Y tú, bello Walt Whitman», concluye años más tarde Federico García Lorca sobre el gran poeta del amor universal y de la democracia, «[aún] duermes a orillas del Hudson / con la barba hacia el polo y las manos abiertas».

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