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CRÍTICA

Director y solista, por encima de la orquesta

Nancy Fabiola Herrera, durante su actuación con la Sinfónica de Tenerife. LP/DLP

Con todos los respetos y reservas, es grato leer con Schiller en sus Ensayos estéticos y filosóficos, que “La música de Schubert es abierta, frontal.

El placer que produce no requiere un esfuerzo especial ni exige un sacrificio que debamos pagar con arrepentimiento”. Es, más o menos, lo que debe pensar Fabio Luisi cuando dirige la Quinta Sinfonía schubertiana, en la que reinan el melodismo precursor del movimiento romántico y la estructura rítmico-armónica del Mozart maduro. Y todo ello con una generosa dosis de encanto que nos mueve a “perdonarnos” el placer de la escucha.

Dicho sea todo esto sin omitir la sensación de escaso entreno que reina cíclicamente en la Orquesta Sinfónica de Tenerife, a veces buena y otras no tanto, según sea su momento administrativo.

La querida OST vuelve a estar sin director titular ni gerente, circunstancia muy notoria en las calidades.

Y como suele suceder, sus conciertos son secuencias de placer y displacer : magníficos periodos, ensombrecidos por el descuido alternativo.

Se nota mucho en estructuras tan limpias, definidas y luminosas como la de Schubert, que deberían sonar sin una sola pifia.

A saber a quién se le ha ocurrido programar para la gran mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera la versión orquestal de las Cinco canciones negras de Montsalvage, repartidas entre una tierna cantabilidad como la de la nana del negrito y una orquestación desmadrada que busca los acentos expresionistas con tanto énfasis como para ahogar una tan voz grande y valiente como la de Herreta, intens, lìrica, idónea en la versión con piano.

En la orquestal tiene que luchar contra las masas que se le vienen arriba. No fue acertada esta elección, que nos privó del disfrute de a una de nuestras cantantes internacionales más famosas y menos necesitadas de vender género patrio.

Aceptable con reservas la Octava Sinfonía de Beethoven, grandiosa y divertida a la vez, catalizada por la anécdota del metrónomo y un tanto sofocada por la genialidad de sus homólogas vecinas.

El maestro Luisi, que merece sobradamente su dilatada fama, trazó sinfonismo de gran vuelo en los cuatro tiempos, empaste instrumental e hizo lucir todo el legado del autor.

Y ello a pesar de las impurezas instrumentales, los cuatro gallos de pelea de la trompa y el volumen excesivo, un tanto machacón, de los “fortes” y familia.

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