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AMALGAMA

Epstein y la cuestión moral

Juan Ezequiel Morales

Juan Ezequiel Morales

Decidirse por el club de fútbol de Madrid o por el de Barcelona, por los hooligans o los tifosi, por los nazis o los comunistas, siempre es cuestión de dónde estaba ubicado el decidido y si el vórtice del huracán lo pilló pro domo sua o no. No hay razones para la elección en un entorno en calma que empieza a polarizarse, y si las hay son particulares, pero en general, en grandes números, las decisiones ya están tomadas por el grupo y su entorno de influencia. Pues bien, lo mismo ocurre con el cambio climático, que en los años setenta se llamaba invierno glacial, hasta en los discursos de Nixon, y ahora calentamiento global de la mano del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático, galardonado, cómo no, con el Premio Nobel.

La lectura de informes como el de La cuestión moral de los combustibles fósiles, de Alex Epstein (Editorial Deusto, 2021), nos entrega varios datos que hacen pensar en cómo el pensamiento de los ciudadanos se adhiere acríticamente al mejor slogan, no a realidades: “En 1972, el Club de Roma, un laboratorio de ideas internacional, editó un libro que vendió millones de ejemplares, en el que se afirmaba que los modelos informáticos más avanzados habían demostrado que el mundo se quedaría sin petróleo en 1992 y sin gas natural en 1993 (y, por añadidura, sin oro, mercurio, plata, estaño, zinc y plomo en 1993, como muy tarde)”. La revista Life, recuerda Epstein: “anunciaba en enero de 1970 que, debido a las partículas emitidas por la quema de combustibles fósiles, los científicos cuentan con sólidas pruebas, tanto prácticas como teóricas, que respaldan… las siguientes afirmaciones: en una década, los habitantes de las ciudades tendrán que llevar máscaras de gas para sobrevivir a la contaminación ambiental… en 1985 la contaminación atmosférica habrá reducido a la mitad la cantidad de luz solar que llega a la Tierra”.

De hecho, el experto Ehrlich, antepasado climático de Greta Thunberg (que extasía a filósofos como Stiegler, Bruno Latour y Zizec), y catedrático de estudios poblacionales en el Departamento de Biología de Stanford, y presidente del Instituto Estadounidense de Ciencias Biológicas, llegó a decir en 1970 sobre la devastación climática que: “Si yo fuera jugador, creo que decir que Inglaterra no existirá en el año 2000 es una apuesta segura”. Alex Epstein entrega los gráficos que indican que hay una correlación estrecha entre el consumo de combustibles fósiles, la esperanza de vida y el nivel de ingresos, en particular en aquellas partes del mundo que se están desarrollando con mayor rapidez. China e India, los mayores beneficiarios, incrementaron el consumo de petróleo y carbón por cinco. Ir contra ello, postula Epstein, es ir contra el bienestar de casi tres mil millones de personas, una inmoralidad, contada en vidas (por ejemplo, la tasa de mortalidad infantil ha bajado un 70 por cien en China y un 58 por cien en India). Epstein se da cuenta de que, a la hora de criticar la tecnología de los combustibles fósiles, hay fijación en sus riesgos, y nunca en sus ventajas. Apunta Epstein a que llama más la atención la catástrofe, como ocurre con los profetas exitosos: si no se profetizan catástrofes, no interesan. Pero esto es un comportamiento psicosocial clásico. Es el efecto Nostradamus, con su libro pleno de catástrofes ambiguas, en las que siempre se podrá ver alguna que sea adaptable a los diversos tiempos, y que simbolizan el miedo ancestral colectivo. En estos tiempos, los agoreros son el IPCC o Greta o Greenpeace, con pátina de ciencia, pero no es ciencia, sino que es comunidad científica con posición burocrática exitosa.

Epstein sigue analizando la progresión del desabastecimiento, y de la contaminación, y a medida en que más se ha consumido, más reservas han aparecido, y menor contaminación atmosférica hay (datos EPA estadounidense), gracias a la tecnología. Las propuestas de Epstein son: Primero, “no existe ninguna otra tecnología energética, al margen de los combustibles fósiles, que por ahora pueda llegar a producir la electricidad que necesitamos (aunque algunas pueden ser un complemento muy valioso)”. Segundo, “igual que la energía mejora de manera espectacular nuestra habilidad para lidiar con todos los aspectos de la vida gracias al uso de maquinaria, también mejora enormemente nuestra destreza a la hora de convertir el medio ambiente en un lugar más saludable y seguro”. Tercero: “el consumo de combustibles fósiles no es insostenible, sino progresivo y gradual. Si hoy utilizamos la mejor tecnología energética y lo seguimos haciendo en las próximas décadas, estaremos allanando el camino para poder aprovechar la abundante cantidad de combustibles fósiles que aún hay bajo la tierra, de los que sólo hemos vislumbrado una mínima parte, y además estaremos creando los recursos y el tiempo necesarios para desarrollar la próxima gran tecnología energética”. Y cuarto: “estamos en uno de esos momentos de la historia en los que nos encontramos en una encrucijada entre un sueño y una pesadilla, y que, por ahora, la pesadilla lleva todas las de ganar tras décadas de desprecio hacia las ventajas de los combustibles fósiles y de enormes tergiversaciones sobre sus posibles inconvenientes”. Al efecto, Epstein reproduce un texto del biólogo David M. Graber, que se declara biocéntrico: “La felicidad humana, y desde luego la fecundidad humana, no son tan importantes como un planeta sano y salvaje. Conozco a sociólogos que me recuerdan que los seres humanos forman parte de la naturaleza, pero en realidad no es así. En algún punto del camino —hace mil millones de años o quizá la mitad— rompimos el contrato. Nos hemos convertido en una plaga para nosotros mismos y para el planeta Tierra. Es absolutamente imposible que el mundo desarrollado decida poner punto final a su orgía de consumo de combustibles fósiles y que el Tercer Mundo haga lo propio con su consumo suicida del paisaje. Hasta que llegue un momento en que el Homo sapiens decida reintegrarse en la naturaleza, algunos de nosotros sólo podemos confiar en que aparezca el virus adecuado”. Es decir: suicidémonos. Este pensamiento es el que dice Epstein que es la cuestión moral. No parece moral convertir a la naturaleza en el sujeto a proteger, en lugar de al humano. Mas bien parece suicida y patológico.

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