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CRÍTICA | Festival Internacional de Música de Canarias

Padre Bach en cuatro obras maestras

Padre Bach estaba el domingo de un humor excelente. La Orquesta Barroca de Friburgo (16 músicos, 12 de ellos mujeres) regaló dos horas de felicidad a un público ávido de su música y entusiasta en las ovaciones. Cuatro obras orquestales o de cámara formaban el programa monográfico que esperamos durante muchos años y al fin llegó en condiciones idóneas. La cultura, el refinamiento en volúmenes medios, la cuidadísima afinación previa (muchos instrumentos eran como sus antecesores históricos) el virtuosismo y los halagadores affetti proyectados sobre la audiencia, hicieron brillar de manera insigne el genio de Juan Sebastián (perdón por la confianza) cultivado en su última época a través de las formas instrumentales más complejas, más bellas y mejor concebidas. Fueron un aviso, tal vez involuntario, a las generaciones siguientes. No cabía, no era posible una mayor perfección en el atractivo temático, en el desarrollo de formas ni, por supuesto, la compleja diafanidad del contrapunto.

Los de Friburgo saben mucho y su dedicación barroca les permite descifrar, sin error textual ni capricho ornamental, las fabulosas arquitecturas de sonido creadas por Bach para cerrar una época y fecundar lo venidero. Hace tres siglos ya estaba su taller repleto de encargos y desafíos de los príncipes. Pero su música es puro presente, como hecha hoy mismo por la adhesión que despierta en sus fruidores, persuadidos de que esa afectividad, esa genialidad les (nos) pertenece. Deliciosa la Suite en si menor BWV 1067, para flauta y conjunto, desde la noble exclamación de alegría que la abre hasta la danza final, badinerie, pasando por el rondó, la zarabanda, las dos bourrees, la doble polonesa y el minué; piezas breves pero deslumbrantes de inmediato por su luz, ligereza y encanto.

El Cuarto de Brandemburgo, en sol, BWV1049, plantea mayor complejidad en sus tres movimientos para violín, dos cellos, cuerdas y continuo, con lo que el goce intelectual se hace inseparable del sensorial. Tiempos y ritmos aciertan en todo el programa las indicaciones que Bach no solía explicitar en sus manuscritos.

En la tercera pieza , Concierto para clave, cuerdas y bajo, en re menor BWV 1052 empieza a brillar el solo, muy notorio en el conjunto pero con un desahogo final que preanuncia el protagonismo del teclado.

Porque la cuarta y última obra del programa, el quinto brandemburgués en re sostenido BWV 1050, fue la apoteosis del cembalo en las manos del director de la orquesta (cuyo nombre no figura en el programa). Una exhibición de virtuosismo sencillamente portentosa.

Memorable velada, que el propio Bach disfrutaría sin duda con la mayor complacencia.

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