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Libros

Vietnam: voces desde el infierno

Se traduce ‘Nam’, la obra de Mark Baker con los brutales testimonios anónimos de excombatientes de EEUU en la guerra contra el Vietcong

Soldados y helicópteros en una operación contra el Vietcong, durante la guerra de Vietnam, en 1966. | | AGE FOTOSTOCK

Soldados y helicópteros en una operación contra el Vietcong, durante la guerra de Vietnam, en 1966. | | AGE FOTOSTOCK

«Hay cosas de las que te da miedo hablar, porque no sabes qué va a pasar si las cuentas. Como lo de darles patadas en la barriga a las embarazadas, o lo de pegarle un tiro a un bebé mientras mama-san lo acunaba en sus brazos y le cantaba y todo eso, o lo de volarle la cabeza a un papa-san con un revólver del 45 porque ya se estaba muriendo y así le echabas una mano. Te importaba una mierda, lo hacías, te dabas la vuelta y te ibas. Acabas perdiendo la cabeza. (…) No me da vergüenza reconocerlo. Sí, lo hice. Al cabo de un tiempo no me sentía muy orgulloso, pero el caso es que lo hice. Es lo que se hace cuando estás allí».

Es el testimonio oral, sincero y descarnado, de uno de los 150 combatientes y veteranos estadounidenses a los que en 1982 un compañero de generación, Mark Baker, dio voz, guardando su anonimato, en Nam. La guerra de Vietnam en palabras de los hombres y mujeres que lucharon en ella. Un libro que insólitamente estaba inédito en España hasta el pasado otoño, en que la editorial Contra rescató el que se convirtió en un referente sobre el conflicto.

Soldados estadounidenses evacuando a compañeros heridos hacia un helicóptero, en Vietnam, en 1966. | | AGE FOTOSTOCK

Baker (1950), a sus 71 años, lo presentó en Barcelona, en la librería Finestres, siendo el escritor Kiko Amat, uno de los artífices del nuevo local, quien firma el prólogo. En él, escribe: «Una de las voces de este libro nos explica que en el Cuerpo de Marines utilizaban la expresión asshole puckers: tenías tanto miedo todo el tiempo que se te arrugaba el ano. Literalmente. Algo así dice más de Vietnam que todas las explicaciones» de cualquier militar.

«Creo que hoy nos siguen impactando sus testimonios porque cuando yo les entrevisté la mayoría hablaban por primera vez con alguien sobre sus experiencias, tan duras y desgarradoras y dolorosas. Lo hacían sin filtros, con total honestidad. Antes, nadie les había dado voz y ellos no habían hablado de ello ni con sus familias porque no creían que nadie que no lo hubiese experimentado sería capaz de entenderlo», explica en entrevista Baker, quien atribuye el interés que aún despierta el libro al hecho de que «nos lleva a lugares donde nunca querríamos estar, porque aquello fue una carnicería, un horror tal que, aunque nos causa repulsión, no podemos evitar mirar».

Baker recogió desde 1972 las palabras de «hombres y mujeres corrientes en un infierno de vísceras y sangre» muchos de los cuales se convirtieron a la vez en víctimas y verdugos. «En Nam teníamos una costumbre: cortarles las orejas. Eran trofeos. Si tenías un collar de orejas quería decir que eras un buen asesino, un buen soldado. Se nos alentaba a cortar orejas, narices, los penes de los hombres. A las mujeres les cortábamos un pecho», recordaba un soldado. «Allí, la única forma de sacar tu frustración era echar un polvo o pegarle un tiro a alguien», evoca otro antes de citar a William Laws Calley Jr., juzgado por crímenes de guerra y condenado por la matanza de My Lai en 1968, que «masacró a todas las abuelas y los niños de aquella aldea» (más de 500 civiles). «Íbamos constantemente borrachos y colocados, dispuestos a pasar un buen rato y follarnos a todas las mujeres. Tuvieron miles de ocasiones de cortarnos el cuello, pero nunca lo hicieron. Y Calley fue allí y se los cargó a todos», explica el excombatiente. «Lo que pasa en el campo de batalla, se queda en el campo de batalla», zanjaba otro. «No creo que se sintieran culpables -reflexiona Baker-. La mayoría eran conscientes de que aquello estuvo mal, algunos lo explicaban como un chiste malo o de humor negro, hasta riendo, pero era una forma de autoprotección. Sabían que no podían negarse lo que hicieron».

Pero, ¿cómo se convierten unos jóvenes de apenas 20 años en asesinos y violadores capaces de crueldades y masacres gratuitas? «No puedo explicarlo. Escuché cómo se sumergieron en aquella violencia, en un entorno físicamente muy exigente y degradante, sintiéndose amenazados día tras día... eso rompe rápidamente el hilo que los une a la sociedad y surge el instinto de supervivencia». «Tengo que admitir que disfrutaba mucho matando -confiesa un soldado-. Era un subidón. Cuantos menos vietnamitas hubiera, más posibilidades tenía de sobrevivir, esa era mi actitud. Aunque eso, al cabo de un tiempo, se te olvida. Matar producía cierto placer, una euforia difícil de explicar».

«La primera vez que vi las palizas que le daban a la gente, dije: ‘¡Joder! ¡Habéis perdido la cabeza!’. Pero, entonces, algunos de tus amigos estallan en mil pedazos y todo empieza a importarte una mierda. Te da igual. Ves los cadáveres de los putos VC [vietcongs] por ahí tirados y no te provocan sentimiento alguno», relata un combatiente que se pregunta qué sentido tienen tantos americanos muertos y cuenta cómo otra compañía «atacó una iglesia llena de gente y mató a todo el mundo». El consejo: «Recuerda que los muertos no hablan. No traigas ningún prisionero».

«La guerra es el horror y la única manera de que hombres jóvenes salgan a luchar y a matar es hacer que se sientan diferentes y que crean que el enemigo es menos humano que ellos», plantea Baker. «En Nam tenías el poder de arrebatar una vida. Tenías el poder de violar a una mujer sin que nadie pudiera decirte nada. Esa sensación de ser como Dios la encontrabas en el frente. Sentíamos que éramos dioses», le contó otro veterano. De ahí escenas como la de un conductor de jeep que al ver a una anciana vietnamita por el arcén dio un volantazo y la atropelló tras decirles a los soldados que iban con él: «¿Quién se apuesta algo a que soy capaz de darle a esa vieja?».

Baker contó con algunos referentes antes de publicar su libro: de los Despachos de guerra (1978), del periodista Michael Herr, a El lago en llamas, de Frances Fitzgerald o las obras del excombatiente Tim O’Brien. Pero se implicó tanto con Nam que después no ha sido capaz de ver ninguna película relacionada con Vietnam, ni siquiera la referencial La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick, reconoce. «No estaba dispuesto a aceptar ciertas ficciones que podían exagerar la maldad e ignorar la compasión».

Aunque leyendo se hace difícil pensar que se podía exagerar la maldad ante testimonios como el de un soldado cuya patrulla se topó con un vietnamita y su hija, una niña de unos 15 años que transportaban peras. Al padre lo mataron, a ella la violaron por turnos. «Éramos como una manada de animales (…) Es lo que hacían el odio y la frustración. Después de violarla, desvirgarla y dispararle en la cabeza, pisoteamos literalmente su cadáver».

Según Baker, más allá del cóctel explosivo que implicaba el «sinsentido» de aquella lucha y el miedo a morir «ante un enemigo invisible, que no se dejaba ver», junto al alcohol y las drogas, fueron muy importante para aquellos hombres «los vínculos de amistad y protección que establecieron entre ellos y que les permitió encontrar un contexto de amor y compasión donde no había nada de eso». «Durante una entrevista, un soldado víctima de fuego de mortero en Khe Sanh se levantó de repente a rebuscar algo en un cajón -cuenta Baker-. Sacó un reloj destrozado. Pero para él era muy importante porque era de su mejor amigo, que había muerto allí y marcaba la hora exacta de su muerte».

La última parte de Nam se centra en la vuelta a casa, donde amigos, familia y desconocidos les preguntaban directamente cómo se sentían «después de matar a inocentes». «Me sentí como un marciano recién llegado a la Tierra -contaba un licenciado que llegó a Berkeley vestido con el uniforme de gala y las condecoraciones-. Todo el mundo me miraba; oía todo tipo de comentarios. La gente me escupía (…) En un bar me tiraron cacahuetes».

«Tuvieron un recibimiento horrible, se les culpó de la derrota y de las atrocidades que salieron a la luz. La sociedad les abandonó y no hay excusas para ese trato. Yo mismo, que no fui a la guerra, siento que podría haber hecho más por ellos», lamenta Baker. Muchos volvieron mutilados y con secuelas físicas y psíquicas. Otros se suicidaron antes de aterrizar en EEUU. «Muchos no pudieron reintegrarse y acabaron mendigando, sin techo, sin trabajo, en las drogas y el alcohol, con impulsos violentos, incapacitados para amar o rehacer sus vidas a causa de sus miedos. Algunos decían que echaban de menos Vietnam y querían regresar porque la sociedad había cambiado tanto que no encontraban su lugar. No encajaban».

No fue así con todos. «Otros habían enterrado sus experiencias y querían que yo explicase que no todos eran locos que podían subir un día a un tejado y empezar a disparar a gente, sino que tenían mujer, hijos, un trabajo». Baker apunta a «la resiliencia». «Es lo que les permitió sobrevivir a la guerra y a su regreso, con el estigma terrible que significaba ser excombatiente de Vietnam».

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