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Arte

José Martín, el pintor del barranco de Tenisca

El CAAM dedica la exposición central de su programación estival a la vida y obra de José Martín, un artista que transitó los márgenes del lienzo social normativo, y que puede visitarse hasta el próximo 24 de octubre

La exposición retrospectiva dedicada a la vida y obra del artista palmero José Martín en el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM). | | LP / DLP

Ojos esmaltados de deseo y éxtasis, vidriosos de delirio y marihuana, extraviados por la incertidumbre y el dolor del mundo: junto a los colores centelleantes, el trazo naíf y las atmósferas onírico-fantásticas, los personajes de José Martín (Tazacorte, La Palma, 1922-1996) comparten la mirada. ¿Se trata de una proyección de su propia mirada sobre el mundo y sobre sí mismo, o quizás refleje su percepción de la mirada de los otros sobre el enigmático mundo del pintor bagañete?

La escritora y gestora cultural palmera Elica Ramos, una de las mayores conocedoras de su obra, se refirió a esta mirada como: «algo así como la desazón máxima, unos ratos de tormenta, ratos de aventura quieta, ratos de paz, cosmos, los cosmos particulares de su ensueño». Así culminaba su obituario del pintor en el año 1996, donde el historiador y docente Celestino Celso Hernández formulaba en la página contigua «un adiós y, al mismo tiempo, una bienvenida», dado que la despedida del pintor significaba entonces -como lo sigue haciendo hoy- descubrir al mundo un legado plástico tan inmenso como desconocido.

La pieza audiovisual del cineasta Miguel G. Morales sobre José Martín. | | LP / DLP

Para reparar esta laguna en el mapa de la historia del arte del Archipiélago, el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) dedica la exposición central de su programación estival a un artista que transitó los márgenes del lienzo social normativo, con la primera muestra retrospectiva de la vida y obra de José Martín, comisariada por el antes citado historiador bajo un título homónimo, y que exhibe más de un centenar de obras, procedentes de colecciones públicas y privadas, hasta el próximo 24 de octubre.

Esta inmersión casi inédita en su imaginería artística es inherente a las revelaciones sobre un personaje singular, marcado por sus orígenes en la costa oeste palmera, sus bailes con las drogas y pulsos con la justicia, y una progresiva reclusión voluntaria en una casa-estudio semivelada en la desembocadura del barranco de Tenisca, junto al puerto de Tazacorte y los Almacenes Yanes, en la soledad acompañada de su pintura.

Si hubiera que nombrar corrientes como ríos, el caudal de Martín bebe de múltiples nacientes para conformar un cauce propio, con escasos afluentes y la asignatura pendiente de su sedimentación. Las líneas esenciales de este curso solitario y silencioso radican en sus formas figurativas y primitivistas, de naturaleza expresionista, con sus raíces en el folclore y las alas de lo onírico y simbólico-surrealista, que el mismo artista rebautizó como «pintura sintesicológica».

Su formación autodidacta, imbuida de las lecturas de perspectiva y dibujo que le brindaron los libros y manuales que trajo su padre de la emigración cubana, ejercitó una técnica en acuarela y dibujo que conformaría sus primeras obras catalogadas, fechadas en los años 50 y 60. Una década después, esta técnica derivó hacia el óleo como lenguaje definitivo, con experimentaciones puntuales con relieves en escayola y madera sobre tabla, que constituyeron, en conjunto, su carta de presentación con las primeras exposiciones en salas y galerías de las islas, como la sala Conca, de La Laguna, a finales de los 70.

Sin embargo, José Martín siempre pintó al otro lado de la membrana del mundo, lo que le valió el sobrenombre de Pepe Torres en su isla natal porque, ya desde su niñez temprana, observaba el mundo desde lo alto del torreón de su casa familiar -si bien siempre firmó sus cuadros bajo su nombre real-.

Esa mirada fija y curiosa, distante pero intensa y silenciosa, que espeja en las pupilas hechizadas y dolientes de sus pinturas, es la orilla donde desembocan todas las miradas de su entorno. Una vez más, los ojos que inquietan y evaden, que sueñan y condenan. La mejor aproximación al enigma de este pintor tan constante como huidizo reside en la pieza audiovisual creada por el cineasta independiente Miguel G. Morales, quien reconstruye el rompecabezas del pintor palmero a través de un exhaustivo trabajo de investigación y contextualización de sus luces y sus sombras, que incorpora materiales de archivo, planos de los paisajes estrechos de su microcosmos y los mundos abisales de su interior, así como valiosos testimonios de quienes le conocieron.

Uno de los cuadros de José Martín que expone el CAAM

Este viaje al centro de su existencia, de 28 minutos de duración, sitúa la impronta de Tazacorte como marco ideológico de tradición republicana y obrera, como simbolizaran los «alzados» de 1925 que se sublevaron por la independencia durante tres días al grito histórico de: «con bicheros, palos y cañas / gritamos con voz de calibre: / ¡Viva Tazacorte libre / e independiente de España!»; pero también remarca las suspicacias de un pueblo chico que rechazaba los andares libres de los convencionalismos sociales y artísticos del pasado medio siglo.

Aquel acervo cultural de izquierdas insufló un cierto espíritu crítico y rebelde en el discurso artístico de Martín y en su forma de estar en el mundo, tal como glosa Elica Ramos, narradora principal en el relato de Morales, quien destaca, en la misma escala, la búsqueda de espacios propios para cultivar una mirada subjetiva y ajena a la mirada de los otros. «Creo que José Martín era un espíritu conmovido y susceptible de ser herido por las distorsiones de aquellos que entendían el mundo de una manera reglada y desde el deber ser», reflexiona la poeta en la obra documental.

Así, a lo largo de 30 años de trayectoria creativa, los caminos de José Martín en el arte se trenzaron con sus desvíos a través de los campos de plataneras para evitar los ojos del rechazo y exploró, en múltiples rodeos y escisiones, los senderos del exceso de la marihuana y el delito. Y es que, una vez culminó el servicio militar en Argual, en Los Llanos de Aridane, a comienzos de los años 40, el pintor en ciernes se marchó de casa y se instaló en los Almacenes Yanes, emblema patrimonial del pasado agroindustrial de Tazacorte, con numerosos paréntesis de arrestos y condenas en el Depósito Municipal de Tazacorte, la Prisión de Los Llanos de Aridane, las prisiones en Santa Cruz de La Palma y de Santa Cruz de Tenerife, y el Penal Santa María, en Cádiz, por un delito de falsificación de billetes de 100 pesetas que pintó con acuarelas.

En esta ocasión, condenado a 12 años y un día de reclusión menor, se declaró insolvente y logró un indulto que le brindó la libertad condicional a los dos años, pero su regreso al pueblo recrudeció el juicio sobre el pintor, quien, a mediados de los 60, se trasladó a la casa-cueva colindante, sin luz eléctrica, en el barranco de Tenisca, en la denominada Finca Algodonero, donde vivió en solitario hasta los 74 años, con un pequeño reducto de cómplices pero, sobre todo, «acompañado por él mismo, transcurriendo hacia dentro», en palabras de Ramos.

Sin embargo, su interior se proyectaba hacia fuera entre pinceles y volutas en las postales de su infancia en Tazacorte, Los Llanos de Aridane, la Caldera de Taburiente y los volcanes de Fuencaliente, San Antonio y Teneguía, junto con ensoñaciones submarinas y paisajes nocturnos, con una acentuada presencia de la muerte y el deseo, el rito del enterramiento y la fábula de la huida, las reivindicaciones de la clase obrera y una mirada renovadora desde lo femenino y la androginia.

Su patrimonio es el legado de un artista que pintó su mundo como única manera de habitarlo; o acaso, de tender un puente hacia otro puerto, aunque solo fuera por un eco de belleza entre las resonancias del abismo, al que siempre regresaba cada vez que caía la tarde sobre el patio en sombras, como plasmó en sus escasos escritos que, sujetos a una investigación en curso por parte del comisario, arropan esta primera gran ventana expositiva a su universo en el centro de arte grancanario:

«La tierra ya se había perdido tras la convexidad del horizonte, y ahora no veía más que agua, que me hablaba de soledades, y presentía abismos marinos; y tras toda aquella terrible grandeza de la naturaleza, en mi alma florecía una ilusión, una ilusión de amor tal vez; yo la veía ahora a ella reflejarse en las aguas (...) pero en mí, todo aquello quedaba como ahogado, oscurecido por extrañas ideas, sentía en mi alma un ansia como una angustia, me parecía como oír el trueno de una lejana tempestad».

En diálogo


El Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) también acoge la exposición En diálogo con José Martín, en paralelo a la gran muestra retrospectiva dedicada al pintor palmero, conformada por una selección de obras de la Colección CAAM que alojan vínculos plásticos y conceptuales con su universo artístico.

Esta exposición reúne medio centenar de obras de 25 creadoras y creadores inscritos en el marco del panorama artístico canario, europeo, africano y americano: Among-Tea, Zoulikha Bouabdellah, Cándido Camacho, Hannah Collins, Teresa Correa, Carmen Cólogan, Pepe Dámaso, Paco Juan Déniz, Leopoldo Emperador, Alberto Gálvez, María Gómez, Juan Hidalgo, Mwangi Hutter, Juan Ismael, Vicente López, Martín y Sicilia, Masbedo, Carlos Matallana, Manuel Ocampo, Jorge Oramas, Yapci Ramos, Salvo, Ray Smith, Marina Vargas y Domingo Vega. 

Las obras seleccionadas para este proyecto expositivo, comisariado por Orlando Britto y Mari Carmen Rodríguez, director y conservadora del CAAM, trazan un itinerario paralelo y cercano al imaginario de José Martín, que pivotan sobre los distintos ejes temáticos que vertebran su trabajo, como la muerte, el deseo, el amor, los espacios oníricos, las naturalezas muertas o paisajes. La muestra incluye creaciones de distintas tendencias artísticas y soportes, como la pintura, la fotografía, la escultura y el vídeo. 

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