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Vivir en una cesta de huesos

La exposición ‘Para que haya fiesta tiene que danzar el bosque’ abarca Tenerife Espacio de las Artes (TEA) con un tejido continuo

‘Elementos de belleza’, Carla Zaccagnini. | |

‘Elementos de belleza’, Carla Zaccagnini. | |

Resuenan las palabras de Luisa Capetillo: «El único móvil que me impulsa a dar a la publicidad este tomo, es decir la verdad; la cual aun aquellos que están en mejores condiciones y con más talento para decirlo no lo hacen.»

Extraigo la cita de uno de sus libros, apilados sobre una mesa en Para que haya fiesta tiene que danzar el bosque, la exposición al cuidado de Michy Marxuach que se muestra en TEA hasta el 26 de septiembre.

«Esto implica [...] vulnerabilidad y provoca inseguridad. [...] Esto que comparto lo hago con pasión y compromiso, en forma nerviosa pero generosa», dice un papel amarillo, metros más allá. Y son estas palabras de la curadora, que bien podrían ser continuación de las de Capetillo, las que amansan mi impaciencia inicial ante el mar de textos desordenados y contradictorios de la que, diría, es la primera sala. Con estructura y coherencia solo se pueden hablar trivialidades.

Sobre mi cabeza cuelgan entremezcladas decenas de intervenciones en papel de tantas otras artistas. Con pinzas, de varias cuerdas, tendidas como prendas que necesitan airearse. En una mesa, ranas de papiroflexia. En otra, una vitrina sobre una caracola, pequeña como una moneda.

Ecofeminismo, tierra, brujería, y un imperativo contradictorio: «Cuidar, no dominar» —que extraigo de una ilustración de Diego del Pozo Barriuso. He aquí el nudo de una exposición que sucede en el entresijo: en los cantos de Cecilia Vicuña que se cuelan de entre los libros de la biblioteca; en la alfombra de enea con la que Jorge González interrumpe la dureza del suelo; en las cortinas con las que Carla Zaccagnini cubre las paredes de esos pasillos estrechos, usualmente vetados al público, para luego entrometerse en El Rectángulo —espacio de danza y performance— y cubrir las paredes con la pieza más ruidosa y monumental que encontraremos en toda la muestra: 29 espacios en blanco.

Hachas, cuchillos y mazas fueron las herramientas con las que las sufragistas atacaron las 29 obras

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Hachas, cuchillos y mazas, fueron las herramientas con las que las sufragistas atacaron las 29 obras. Muy diferentes de las baquetas y palos cubiertos de fieltro con las que Florian Dombois golpea, sin daño perceptible, obras de la colección de TEA. No es extraño precisar de cinco altavoces para percibir el ruido mínimo del acto.

Las historias de palos, lanzas, flechas, espadas; las historias de cosas largas y duras, pueden hacer mucho ruido, pero, si lo piensas bien, el primer invento del ser humano debió ser un recipiente. Parafraseo aquí a Ursula K. Le Guin, citada por Dominique Ratton en Viene de afuera y existe adentro. Y mientras me sumerjo en la escucha de L’Île Re-Sonante —de Éliane Radigue, otra recomendación de Ratton— acunada por una de las tantas hamacas de la exposición, me viene a la mente una cita de Allan Kaprow: «vivir en el museo es como hacer el amor en un cementerio». Parece que he desarrollado, entonces, una nueva parafilia.

Abro los ojos, que no sabía que había cerrado, y salgo por una de las cuatro puertas de la muestra. Puerta que me lleva al jardín, al Jardín Satélite del que Natalia Moreno escribe, acompañándome en estas páginas. «Tenemos que estar ahí fuera lo suficiente como para dejar de pensar en ello como el afuera», recuerdo a Cucú, protagonista del filme dirigido por Camila Marambio y Christy Gast. Y cuando confundo las dos exposiciones, separadas estas por poco más que aire, fantaseo que podemos conseguirlo.

Vuelvo a la biblioteca, y me mezo en otra hamaca, esta vez delante de Las estatuas también mueren. Hacer el amor en un cementerio. Contradictorio, pero de ningún modo incompatible, mucho menos inusual. Pero, ¿morir en un cementerio? eso sí que es extraño. Así que, o bien el símil de Kaprow tiene sus flaquezas, o, como tantas otras cosas, vivir en el museo es, al tiempo, tan disparatado como normal. Interrumpe mi pensamiento el filme de Chris Marker y Alain Resnais: «Nosotros ponemos piedras sobre nuestros muertos para impedirles que salgan. El negro los mantiene cerca de sí, para honrarlos y beneficiarse de su poder, en una cesta llena de sus huesos.» Este museo podría ser una cesta.

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