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Crítica

Lo difícil fue vivir

Una escena de 'Clara y el abismo'.

Clara y el abismo, primera producción escénica del Laboratorio Galdós Internacional, invierte el orden narrativo del camino de la vida, como una muerte a destiempo: su relato comienza bajo tierra y culmina con el despertar y los primeros balbuceos, porque quizás el abismo sea la vida que se abre entre medias. 

En realidad, el abismo de Clara nos revela que, a veces, la herida es la existencia y la muerte, su redención, aunque al mismo tiempo, «morir no revela nada», clama el personaje interpretado por Marta Viera, que se sustenta en un potente texto del dramaturgo uruguayo Gabriel Calderón. «La vida es el problema: lo difícil fue vivir».

El nuevo salto mortal del Laboratorio Galdós, proyecto de experimentación escénica coproducido por Unahoramenos Producciones, bajo la dirección de Mario Vega, y el Teatro Pérez Galdós, se asoma al mismo abismo que nos interpela a todos y desordena sus piezas para que cada espectador reconstruya el enigma de la soledad de Clara en su último aliento.

Como plantea la escena entre la paciente terminal y la doctora, esta última interpretada por Ruth Sánchez, quien se desdobla a su vez en una media docena de personajes, nadie sabe exactamente qué es la muerte y, sin embargo, es la única certeza que conocemos.

No parece casual que el tema más universal vertebre el debut internacional del proyecto de Vega, quien, una vez más, apuesta por el abordaje de los conflictos humanos en escena a través de un gran despliegue audiovisual que baila con la palabra en el espacio vacío. Este recurso de alta presencia tecnológica, asiduo de los montajes de Unahoramenos, engrandece la puesta en escena y la recontextualiza en la porosidad del arte contemporáneo que, en esta obra, además, se hibrida con una dimensión musical, con libreto a cargo de Coque Malla. 

Mientras quizás los puristas teman interferencias interlingüísticas, otros celebramos la transversalidad del diálogo, si bien, en cualquier caso, como recoge el texto, «no hay manera de distraerse: todo parece trivial ante la muerte».

El subtítulo de la obra reza Clara y el abismo o Las últimas cosas. Y a través de la última conversación con sus amigas, su doctora, su abogada, su hermano mayor, el último desprecio de su hija, los últimos miedos familiares -en el fondo, las últimas cosas son siempre las primeras-, el teatro nos invita a restituir el orden imposible de las cosas, donde quizás el perdón sea la única puerta de salida. 

 El duelo de Clara con el mundo, defendido con altura por estas dos actrices de cabecera, evocan esa frase de la joven escritora Almudena Sánchez en La acústica de los iglús, que dice: «El tiempo perdido, entre el llanto y la anestesia, era una manzana que yo iba mordiendo lentamente, hasta llegar al final». La escribo y me imagino la trayectoria de una flor amarilla en el aire como una nostalgia de Macondo, símbolo de lo que siembras y de lo que finalmente te desprendes, como un campo de flores de esperanza en la tumba de lo que callamos.

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