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La irrupción de lo inesperado

La espera del acontecimiento es lo que otorga a la obra de Gabriel Ortuño su carácter eminentemente filosófico

‘Sala de espera’, Gabriel Ortuño, 2021.

‘Sala de espera’, Gabriel Ortuño, 2021.

Gabriel Ortuño es un artista canario, nacido en Las Palmas en 1961, que mantiene una ya larga y prolongada relación con la pintura. Su obra se ha presentado en ciudades europeas como Madrid, Berlín, Hannover o Varsovia, además de en Las Palmas y Tenerife, en donde ha expuesto en numerosas ocasiones. [Mañana se clausura su exposición Mundo líquido/Mundo sólido en la Lonja del Pescado de Alicante].

A pesar de esta trayectoria internacional, su vida se encuentra sin embargo profundamente marcada por la experiencia de la insularidad. Su madre nació en Cuba —otra gran isla— y su padre en Alicante, de modo que la presencia del mar y la sensación de aislamiento, de distancia y de soledad aparecen como una cierta constante en su trabajo. Desde sus primeras exposiciones, a principios de los años ochenta del pasado siglo XX, su lenguaje pictórico ha evolucionado considerablemente. Es cierto que, como artista, ha experimentado también con la instalación, con el vídeo y con la fotografía, pero es básicamente al observar la evolución de su pintura, en donde es posible constatar un cambio radical de sus planteamientos. Desde una inicial abstracción lírica, no exenta de elementos figurativos, pero caracterizada fundamentalmente por un cierto informalismo matérico, a la irrupción, a principios de la década de los dos mil, de un lenguaje figurativo aparentemente clasicista, muy limpio de composición y de dibujo, pero con la presencia inequívoca y reiterada del elemento líquido y acuoso. “Es quizás entonces, precisamente en torno al agua —ha escrito Ángeles Alemán—, cuando encuentra un camino propio y original, que lo aparta definitivamente de cualquier rastro o influencia del informalismo matérico y de la pintura gestual de sus primeros años”.

Y es curioso que sea “precisamente en torno al agua”, donde se produce este cambio radical de su lenguaje pictórico. Antonio G. González ha hablado al respecto de una especie de “Pop metafísico”, lo que sugiere una confluencia en su nuevo lenguaje pictórico de las tradiciones figurativas del pop warholiano, con la inquietante tradición escenográfica de un Giorgio de Chirico y de la llamada “pintura metafísica” italiana. Y también Jonathan Allen ha insistido en el carácter “metafísico” de su pintura, aunque relacionándolo más bien con la “inevitable filiación surrealista canaria”. Sea como fuere, es indiscutible que tanta referencia a la metafísica apunta inequívocamente al contenido filosófico de su trabajo pictórico.

A pesar de que el propio Gabriel Ortuño ha señalado que, ni el título ni el contenido de esta exposición, tienen una directa relación con el célebre libro de Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, publicado en inglés en el año 2000 y en español en el año 2003, hay sin embargo algunos motivos que siguen haciendo pertinente la referencia a este autor, para ocuparnos de la obra de este excelente artista.

El más evidente y el más elemental es el propio título (Mundo líquido / Mundo sólido), que parece sacado de la lectura del sociólogo polaco. Es cierto que la yuxtaposición entre lo sólido y lo líquido, lo permanente y lo fluido, lo inmutable y lo perecedero, etc., puede no ser más que una imagen manida para hablar de la fugacidad de la vida o, como en Heráclito, de la realidad cambiante de todo lo existente. Tal vez por eso, también Bauman parte en su libro de la relación entre lo líquido con la temporalidad, aunque eso le lleva a vincular lo sólido, sorprendentemente, con el espacio.

En los lienzos mayores de Gabriel Ortuño lo sólido y lo líquido gustan de confundirse en ese extraño reparto de sus mutuos papeles. Pues lo cierto es que sus habitaciones inundadas transmiten más bien la imagen de un tiempo detenido, como si se tratara de imágenes de espera, de soledad o de aislamiento. De hecho, algunos de los cuadros de esta exposición nos presentan directamente salas de espera o personajes aislados, rodeados de agua por todas partes, algunos de ellos —como en Embarcadero— también en situación de espera.

Se trata por tanto de una reflexión acerca del tiempo y de la espera. Los cuadros de Gabriel Ortuño parecen querer contemplar escrupulosamente el tiempo. Por eso en ellos todo aparece detenido. Por eso en ellos se insiste también mucho en la situación de la espera. Más que estancias, en las que no se puede habitar, sus cuadros parecen reflejar esos lugares de tránsito, en los que confluyen a la vez el tiempo y el espacio, a los que hemos dado en llamar “estaciones”. Estaciones en las que el pintor y el espectador aguardan de algún modo la irrupción de lo inesperado. Y es precisamente eso “inesperado” lo que vuelve su pintura tan sugerente e inquietante.

Alain Badiou hablaba de événement (acontecimiento) y Martin Heidegger hablaba del Ereignis (acontecimiento). Y es sin duda esta espera del acontecimiento lo que otorga a la pintura de Gabriel Ortuño se carácter eminentemente filosófico.

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